Tres secretos para comprar un vino
Tinto, rosado o blanco... Cada cepa tiene un estilo, un momento y un consumidor a medida. Conocer el efecto al paladar es una buena idea para certificar la elección correcta.
POR REDACCIÓN
Los primeros años en la producción y elaboración del vino tuvieron un claro denominador común: la búsqueda de identidad. La tierra de la uva y el lugar donde se producía el producto final influenciaban directamente en la bebida que se servía en la mesa. Esto llevó a deambular sin un estilo definido, abusando de la concentración de la fruta y la madera. Pero esos vinos importantes no reflejaban el verdadero espíritu argentino.
Las apariencias a veces engañan. Y todo lo que se intentó hacer -bien o mal- encontró la clara respuesta de sus consumidores. Luego de asumir que el camino era el de la calidad por sobre la cantidad, comenzaron a darse una serie de cambios estructurales que insinuaban el próximo paso.
Para ir a comprar una buena botella de vino se necesita conocer el producto que se va a elegir. Encontrar la revolución al paladar para sentirse satisfecho de que aquella elección valió la pena. A modo de guía genérica, hay una serie de detalles que distinguen a los buenos de los regulares.
Los tintos: un clásico en la mesa de los argentinos
El tinto, lógicamente, presentará una diversidad mayor. Pero el gran cambio está en el estilo. De vinos con cuerpo, pesados y muy estructurados, sabores maduros y maderizados, se ha pasado a vinos fluidos, con taninos vivaces, de paso ágil y notas que van desde lo herbal hasta lo frutal, pero sin tocar la madurez.
El vino tinto es el más consumido en la mesa de todas las familias
Esto quiere decir que los tintos revolucionarios suelen ser salvajes al paladar, algunos con ciertas rusticidades en pos de reflejar su carácter. Sin embargo, abundan los tintos elegantes que también forman parte de este flamante y selecto grupo. Porque a partir de una elaboración más cuidada y detallista, se logran pulir todas las aristas, alcanzando la elegancia y equilibrio, sin perder personalidad.
Los blancos: refrescantes y aromáticos
Al blanco se lo relaciona, de forma equívoca, únicamente con el gusto femenino
El blanco puede ser opalescente a la vista, con aromas tan agradables como desconcertantes y de paladar filoso. Porque su estructura estará basada en la acidez natural y no en el alcohol o la madera. Esto significa un vino más vibrante en boca, de ataque casi estridente pero poco profundo. Su efectividad en la mesa está garantizada porque al ser tan refrescante se adapta muy bien a diversos maridajes, al tiempo que resulta fácil de tomar.
Los rosados: sólo para paladares elegantes
Al rosado se lo utiliza, en muchas ocasiones, como aperitivo
Si es rosado, los cambios se pueden percibir a simple vista. Porque los colores rojos intensos (tipo frambuesa) quedaron en el olvido. Los de hoy son de aspecto muy pálido, como el de una rosa rosa, o a lo sumo color piel de cebolla. Claro que en aromas y en la boca estos cambios son más notorios. Hoy, esa fruta roja exagerada dio paso a perfumes mucho más austeros. De paladar elegante, con tensión y paso fugaz. Sin pretender que sea un gran vino, se puede servir en la mesa más allá de ser un buen aperitivo porque los rosados de hoy ya no son densos ni empalagan.
En general, los “vinos revolucionarios” no se apoyan en el alcohol para trascender en el tiempo, sino que lo hacen en la acidez y en una vinificación más precisa, desde la viña hasta la bodega, y con mayor respeto por la naturaleza.