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Creencias y costumbres sanjuaninas: la herradura

Leticia Victorio

POR Leticia Victorio SEGUIR
13 de julio de 2020

13 de julio de 2020

Hoy vamos a visitar a Don Zenón. 
Realmente era tan joven en sus maneras que nadie creía que tenía la edad que decía tener.
Todos gustaban de escuchar sus historias porque no eran cuentos, no era ningún cuentero. 

 

A uno de nosotros nos llamó la atención una herradura colgada en la puerta. 
Uno de los chicos le preguntó si había tenido caballos o donde estaba el dueño de la herradura. 
Entonces, el Don sonrió y le dijo:
–Esta noche cuando nos juntemos te lo explico–. 

 

A otro de los chicos le llamó la atención su nombre y que no se llamaba Kevin o de otra manera. 
Zenón le respondió también "esta noche te lo explico". 

 

Así fue que esa noche muy fría, alrededor del enorme brasero con brasas muy encendidas se reunieron los chicos y algunos grandes también. 
Todos dispuestos a escuchar. 

 

Don Zenón mirando al chico que preguntó de la herradura le explicó:
–Está allí porque trae suerte, es una costumbre muy vieja–. Se acomodó mejor sobre su sitio. –Según creo, es porque la herradura de metal funciona como un imán. Y al colocarla tras la puerta atraviesa la buena suerte. –
–¡Y sí! –. Contestó uno de los oyentes. –Ahora una herradura en la calle sí sería suerte–.
–Bueno, ¿y por qué me llamo Zenón? No es porque coma mucho. Es porque yo nací en el almanaque del día de ese santo. Me salvé de no llamarme Agapito, Torcuato, Basilio... Bueno, fue así–. 

 

Otro de los chicos le preguntó: 
–¿Qué es el mal de ojo? –.
–¡Ah! ¿estás ojeado? Alguien te miró mal y como su mirada era muy intensa hizo que te doliese la cabeza–. Contestó. –Son las mismas personas a las que no les prenden las plantas–. 

 

Una vecina le preguntó: ¿Por qué cuando se rompe un espejo, se tiene 7 años de desgracia?
Don Zenón sonrió y dijo:
–Porque los espejos eran muy caros y difíciles de conseguir, y porque se refleja quién se mira en ellos al igual que el aceite o la sal. Ello, traía desgracia al derramarlos. A la sal se le debe recoger una pizca y tirarla sobre el hombro izquierdo, donde no lo vamos a pisar–. 

 

Pronto, chicos y grandes preguntaron sin ningún orden. Cómo las brasas ya se apagaban y era tarde, Don Zenón nos dijo:
–Bueno, mañana les sigo contando historias. Tal vez la de los pollitos de oro de La Bebida, aquí nomás, ¿Vieron? –

 

Así, uno a uno se fueron retirando hasta la próxima noche donde seguro vendían más chicos y grandes a escuchar historias. 

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