Provinciales > Era digital
Cuando informar deja de ser un juego: la fake news sobre Jorge Messi y la crisis de credibilidad
La difusión de una falsa noticia sobre Jorge Messi volvió a poner en discusión los límites entre entretenimiento e información, y el valor del chequeo periodístico.
Por Ana Paula Zabala - Enviada especial en EEUU Hace 2 horas
La falsa noticia sobre la muerte de Jorge Messi, padre de Lionel Messi, difundida al aire en un programa de streaming, no fue un simple “error de vivo”. Fue una alarma. Una sirena incómoda en medio del ruido digital. Porque cuando una versión sin confirmar se convierte en noticia frente a miles de personas, el problema ya no es solo de quien la pronuncia: es de todo un ecosistema que confundió velocidad con verdad, popularidad con autoridad y viralidad con información.
En tiempos donde cualquiera puede tener un micrófono, una cámara y una audiencia multitudinaria, el periodismo vuelve a enfrentar una pregunta esencial: ¿qué diferencia a un comunicador de un periodista? La respuesta no está en el rating, ni en los seguidores, ni en la simpatía frente a cámara. Está en el método. En chequear. En esperar. En llamar. En contrastar. En saber que hay noticias que, antes de ser dichas, deben atravesar todos los filtros posibles porque detrás de cada dato hay personas, familias, dolor y consecuencias.
La muerte de una persona no puede ser tratada como un rumor de pasillo digital. No puede depender de una “cucaracha”, de un mensaje apurado o de una captura que circula en redes. Informar sobre la salud o la vida de alguien exige máxima prudencia. Y mucho más cuando se trata de una familia expuesta públicamente, perseguida por cámaras, tendencias y especulaciones permanentes.
El caso deja en evidencia un fenómeno cada vez más visible: la proliferación de programas conducidos por figuras famosas, influencers o celebridades que ocupan espacios de comunicación masiva sin necesariamente contar con formación, criterio editorial o responsabilidad periodística. No se trata de negarles voz ni lugar. El streaming abrió puertas, democratizó audiencias y renovó lenguajes. Pero una cosa es entretener y otra muy distinta es informar.
El problema aparece cuando el entretenimiento se disfraza de periodismo solo porque habla de actualidad. Cuando la mesa relajada, el chiste y la reacción instantánea reemplazan al chequeo. Cuando la lógica del clip viral empuja a decir primero y corregir después. En ese terreno fangoso, la credibilidad se hunde rápido.
Y el daño no queda encerrado en un estudio. Cada fake news erosiona un poco más la confianza pública. El ciudadano, cansado de versiones cruzadas, termina creyendo que todo da lo mismo. Que todos mienten. Que ningún medio merece confianza. Allí pierde el periodismo profesional, pero también pierde la sociedad, porque una comunidad desinformada es más vulnerable, más manipulable y más fácil de empujar hacia la indignación permanente.
Por eso, este episodio debe servir para algo más que para señalar culpables o alimentar otro escándalo de redes. Debe servir para reivindicar el valor del periodismo independiente y responsable. Ese que no siempre llega primero, pero intenta llegar bien. Ese que incomoda al poder, verifica antes de publicar, distingue rumor de dato y entiende que pedir perdón no alcanza cuando el error pudo evitarse.
El periodismo no es infalible. También se equivoca. Pero su diferencia está en asumir estándares, construir procesos y sostener una ética. No alcanza con tener audiencia: hay que estar a la altura de ella. No alcanza con comunicar: hay que hacerse cargo del impacto de lo comunicado.
En una época donde la mentira corre con zapatillas de fuego y la verdad suele llegar con los papeles bajo el brazo, el desafío es enorme. Pero también es urgente. Porque la credibilidad no se decreta, se construye todos los días. Y se puede perder en segundos.
Lo ocurrido con Jorge Messi no debería ser recordado solo como el papelón de un programa de streaming. Debería quedar como una advertencia para todos los que trabajamos con la palabra pública: informar no es repetir lo que circula. Informar es detenerse justo cuando todos corren. Es chequear cuando todos gritan. Es respetar la verdad incluso cuando la mentira promete más clicks.
En definitiva, el periodismo responsable no es viejo ni aburrido. Es necesario. Y en tiempos de influencers, algoritmos y noticias descartables, tal vez sea más necesario que nunca.