Sociedad > Día de la Bandera
De aquel Belgrano, pasando por Sarmiento, hasta este Messi
Por la euforia del Mundial, este 20 de junio agita el celeste y blanco como nunca. Legado del creador de la Enseña Patria y la escuela donde estudió el gran maestro sanjuanino.
POR REDACCIÓN
Antes que nada, una aclaración: nadie pretende equiparar con ligereza la estatura histórica de los padres de la patria con las hazañas de nuestros héroes deportivos contemporáneos.
Sin embargo, en fechas como hoy y con el Mundial de Fútbol en pleno desarrollo, resulta imposible no conmoverse al ver cómo el símbolo de identidad más sagrado que un prócer ideó en el siglo XIX para unir a un pueblo, es el mismo que los campeones hacen flamear ante los ojos del mundo, transformando aquellos colores en motor de una enorme alegría colectiva.
Cada 20 de junio, San Juan y toda la Argentina se toman un momento para conmemorar la vida y obra de Manuel Belgrano. La Historia lo recuerda como el creador de la Bandera Nacional (que hoy se la ve flamear en las panallas de todo el planeta), el abogado que se vistió de general, el estratega del Éxodo Jujeño y el hombre que murió en la pobreza absoluta.
Pero hay un hilo histórico, invisible y potente, que amarra el legado de Belgrano directamente a la tierra sanjuanina. Una conexión que cruza su destino con el de un nene inquieto y de ojos vivaces que, en 1816, caminaba por las calles de tierra de la ciudad: Domingo Faustino Sarmiento.
Dejemos de lado al deporte para confirmar que no hay registros directos de que Belgrano haya pisado San Juan. Y, sin embargo, Sarmiento aprendió a leer y a escribir gracias a él.
Oro cotizado en aulas
La historia empezó a tejerse lejos de Cuyo, tras las victorias de Tucumán y Salta. En 1813, la Asamblea del Año XIII premió a Belgrano con 40.000 pesos oro, una fortuna para la época. En un gesto que hoy parece de ciencia ficción, el prócer rechazó el dinero para su uso personal y lo donó para la construcción de cuatro escuelas públicas en el norte del país y en las provincias del interior.
Pero Belgrano no solo donó la plata. También redactó de su puño y letra el reglamento para esos establecimientos. Exigía que la educación fuera pública, estatal y que los maestros fueran respetados como altos magistrados de la Patria.
Ese impulso belgraniano, que tardó un par de años en materializarse por burocracias y falta de fondos, fue el que dio vida en San Juan a la "Escuela de la Patria", inaugurada formalmente hacia 1816.
Tinteros de cuerno y frío en el piso
Si hoy a veces nos quejamos de los problemas edilicios escolares, entrar a la Escuela de la Patria en la que estudió Sarmiento sería una experiencia extrema. Ubicada en las inmediaciones de la antigua Plaza de Armas sanjuanina, la institución era un reflejo de la precariedad de una provincia que ponía el pecho a las guerras de la Independencia.
Allí no había manuales ilustrados, ni pantallas, ni siquiera bancos para todos. Los registros históricos y los relatos locales de San Juan describen un panorama casi antropológico: entre 200 y 300 chicos de todas las edades (desde nenes de 4 años hasta adolescentes de 17) amontonados en un par de salones de adobe.
Los alumnos más chicos pasaban horas sentados directamente en el suelo de tierra, tiritando en invierno, esquivando el calor en verano, raspando papel de lija o usando tinteros fabricados con cuernos de vaca.
El propio Sarmiento pasaría nueve años de su vida en ese búnker de alfabetización, bajo la rigurosa pero admirable tutela del maestro Ignacio Fermín Rodríguez, un hombre que aplicaba a rajatabla el espíritu del reglamento de Belgrano.
El veredicto de Sarmiento
Mucho tiempo después, en su libro *Recuerdos de Provincia* (1850), un Sarmiento ya maduro miraría hacia atrás para rescatar el valor de aquella escuela pública y precaria que Belgrano había ideado en su mente y que los hermanos Rodríguez sostuvieron a pulmón en San Juan.
Sarmiento recordaba con orgullo haber permanecido en esa escuela desde los 5 hasta los 14 años, siendo testigo de cómo esa "Escuela de la Patria" igualaba a los hijos de las familias patricias con los niños más humildes de la provincia.
Fue en ese piso de tierra donde se sembró la semilla del hombre que, décadas más tarde, traería a las maestras norteamericanas y declararía la educación pública, gratuita y obligatoria en toda la Argentina.
Este 20 de junio ha llegado justo con la euforia y la pasión argentinas por el Mundial de fútbol. La Selección Nacional agita como nunca el celeste y blanco. Es un buen momento para recordar a quien nos dio esos colores como arraigada identidad.
Así las cosas, la gratitud a Belgrano será doble: la bandera que nos legó y su obsesión por la educación de un hombre que, sin saberlo, le armó el aula al nene sanjuanino que terminaría de educar a todo un país.
Ese paño celeste y blanco que Belgrano izó por primera vez a orillas del Paraná, y que luego inspiró las bases de la escuela pública donde se crió Sarmiento, es el mismo que hoy cruza generaciones.
Es el manto que Lionel Messi enarbola en cada cada jugada magistral, en cada gol, transformando aquellos colores en emblema de alegría popular. Pasaron más de dos siglos, pero la bandera sigue estando en el mismo lugar: el pecho de cada argentino.