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La ciencia reconstruyó el rostro de Jesús y mostró cómo fue en realidad
Expertos de la Universidad de Manchester revelan una imagen inédita basada en cráneos semitas del siglo primero.
POR REDACCIÓN
Un grupo de investigadores británicos logró recrear lo que habría sido el aspecto físico más aproximado de Jesucristo, alejándose por completo de las imágenes tradicionales del arte occidental. El equipo de científicos utilizó metodologías avanzadas que suelen aplicarse en la resolución de crímenes para devolver la identidad a restos óseos no identificados. Este esfuerzo interdisciplinar combinó la historia antigua, la arqueología y la biología molecular con un rigor sin precedentes.
El pilar de esta investigación consistió en el análisis detallado de tres cráneos semitas bien conservados, hallados previamente en la región de Jerusalén por arqueólogos locales. Mediante tomografías computarizadas, los expertos recrearon modelos tridimensionales exactos de las estructuras óseas para evaluar el grosor de los tejidos musculares y la piel. Gracias a estos datos, el equipo pudo diseñar una base anatómica precisa que respeta las características étnicas de los habitantes de la Judea del siglo I.
Los resultados finales muestran a un hombre de rasgos muy diferentes a los del estereotipo clásico de tez pálida y cabellos claros. El retrato definitivo presenta a un individuo de piel profundamente bronceada por el sol del Medio Oriente, con una nariz prominente, pómulos anchos y una mandíbula robusta. Además, los factores históricos determinaron que el cabello debía ser corto y rizado, en estricto cumplimiento de las normativas estéticas y religiosas vigentes entre el pueblo judío de aquella época.
Con respecto a su contextura física, los antropólogos sugieren que su vida activa como carpintero modeló un cuerpo fuerte y acostumbrado al trabajo físico demandante. Se calcula que su estatura promedio oscilaba entre 1.50 y 1.60 metros, con un peso aproximado de 50 kilogramos. Estas dimensiones físicas coinciden plenamente con los registros antropológicos de la población masculina que habitaba los territorios de Galilea durante ese período específico del Imperio Romano.
Esta reconstrucción facial no pretende ser el retrato exacto de un individuo en particular, sino el reflejo fiel del grupo humano al que perteneció el nazareno. Ante la ausencia total de restos de ADN o descripciones físicas detalladas en los textos evangélicos, la ciencia ofrece su mejor aproximación histórica. La imagen obtenida derriba mitos centenarios y abre un debate profundo sobre cómo la iconografía religiosa ha moldeado la percepción histórica a lo largo de las distintas épocas.