Provinciales
La vida de Rubén Castro lejos del uniforme: su familia, su gran legado
Su esposa y sus hijos recuerdan a Rubén Castro como un hombre dedicado, humilde y profundamente familiero, dentro y fuera de casa.
Por Maximiliano Maldonado Hace 3 horas
Rubén Castro, quien fue jefe del Departamento de Bomberos de la Policía de San Juan, murió a los 52 años a fines de julio de 2026 en el trágico accidente aéreo que ocurrió en una zona de difícil acceso del Parque Provincial Ischigualasto, mientras participaba de una misión de capacitación en combate de incendios forestales. Detrás del uniforme y del cargo había un hombre que esperaba cada fin de semana para volver a Jáchal y reencontrarse con su familia.
Allí estaban los mates, los asados, los partidos de River, las bromas y las conversaciones que para sus hijos y su esposa hoy tienen un valor imposible de medir. En su casa, Castro es recordado por la entrega con la que ejerció su profesión, pero también por el hombre que construyó su vida alrededor de ellos y que siempre encontraba en sus seres queridos el lugar al que quería regresar.
El amor que comenzó a los 16 años
María Celia Aciar conoció a Rubén cuando ambos tenían 16 años. Una casualidad en la terminal de Jáchal y la intervención de una hermana terminaron cruzando sus caminos. “Me encantaron sus ojos, para mí siempre han tenido sus ojos muy bonitos”, recordó María Celia sobre aquel primer encuentro.
Desde entonces comenzaron una historia que duró más de tres décadas. El trabajo hizo que Rubén pasara gran parte de su vida lejos de Jáchal, pero cada regreso tenía algo de celebración. “Él venía a disfrutar la familia, a disfrutarnos a nosotros”, dijo María Celia.
Ella lo esperaba con mate, tortitas fritas, sopaipillas, pasta frola y las comidas que más le gustaban. Para los hijos había una explicación sencilla: cuando llegaba papá, la casa se convertía en una fiesta.
El padre que dejó enseñanzas para toda la vida
Rocío Castro lo recuerda con una frase que resume el vínculo entre ambos: “Para mí era el mejor papá que me pudo tocar y también lo elegiría ahora y en 100.000 vidas más”.
Compartían los partidos de River, los asados y hasta una particular cábala frente al televisor. De niña, Rubén también encontraba tiempo para llamarla por las noches, leerle cuentos y después preguntarle qué había entendido. “Siempre fue un ejemplo para mí, el más estudioso, el más profesional, el mejor”, afirmó.
Exequiel conserva otros momentos: las partidas de PlayStation, los juegos en la pileta, los asados y las tardes en familia. También recuerda una promesa que quedó pendiente.
“Me decía que cuando se jubile íbamos a comprar la Play 5 para jugar tranquilos”, contó. Después de la tragedia, decidió transformar aquella promesa en un homenaje: “Lo vamos a hacer en honor a él”.
Un hombre que convirtió el esfuerzo en ejemplo
Rubén insistía con sus hijos para que estudiaran, trabajaran y buscaran su independencia. Sabía que su propia carrera había sido fruto del esfuerzo y quería que ellos aprovecharan cada oportunidad. “Él siempre decía: estudiá, tenés que tener tu título, trabajar y ser independiente”, recordó María Celia.
Su vocación profesional también era parte de su identidad. Aun cuando ya podía pensar en el retiro, continuaba capacitándose, leyendo y preparando charlas. “Es impresionante cómo amaba su trabajo”, sostuvo Rocío.
Sin embargo, cuando estaba en casa, el uniforme quedaba en segundo plano. Era el hombre que hacía bromas, se sentaba a tomar mates, miraba fútbol con sus hijos y disfrutaba una picada o un asado.
Las palabras que hoy parecen una despedida
En los últimos meses, Rubén había hablado con su familia sobre la vida y la muerte. Después de una pérdida cercana, les dejó una reflexión que hoy María Celia recuerda con especial emoción. “El mundo no se para por la muerte de alguien. Lamentablemente hay que seguir”, le había dicho.
También le hablaba de la familia, de seguir adelante y de que algún día volverían a encontrarse. Ahora, esas palabras son parte de la manera en que ella intenta afrontar su ausencia. “Él me debe decir: seguí adelante. Sabés que el mundo no se para”, expresó.
Rubén murió mientras hacía aquello que había convertido en una misión: capacitarse, trabajar y estar preparado para ayudar a los demás.
Pero en Jáchal su legado tiene otra dimensión. Está en los consejos que repitió hasta el cansancio, en las comidas que esperaba compartir, en los partidos que ya no serán iguales y en los proyectos que quedaron a mitad de camino. “Era el amor de mi vida”, resumió María Celia. Y para sus hijos, seguirá siendo el hombre que los enseñó a estudiar, trabajar, ser humildes y disfrutar de lo que tenían.
El jefe de Bomberos quedó en la historia de la Policía de San Juan. Rubén, en cambio, quedó para siempre en la historia de su familia.