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Cultura > Crítica

Moliendo a Molière recuerda qué es el teatro en el aniversario 10 del Bicentenario

Con elenco, música, coreografía y vestuario producidos íntegramente en San Juan, Moliendo a Molière discute la idea de que las grandes producciones necesitan mirar hacia afuera.

Hace 0 horas
Una obra para chicos que no necesita moraleja. FOTO: Gentileza

A pocos días de sus nuevas funciones, sábados 12 y 19 de septiembre, 18 horas, Sala Principal del Teatro del Bicentenario, Moliendo a Molière vuelve a poner en escena algo más que una comedia: una declaración de intenciones sobre lo que la producción sanjuanina es capaz de sostener en escala grande.

Talento sanjuanino en lo artístico y técnico. FOTO: DIARIO HUARPE

Con libro y dirección de Emiliano Dionisi, la obra se define ante todo como una comedia, pero lo que la vuelve interesante no es solo el humor. Hay un despliegue notable: el teatro entero se transforma en escenario, y los actores no se limitan al espacio tradicional, sino que toman también los pasillos, moviéndose entre el público durante buena parte del espectáculo. Esa decisión de puesta rompe la frontera habitual entre sala y escena, y construye una cercanía física que pocas veces se ve en producciones de esta magnitud.

Temáticamente, Dionisi vuelve a un territorio que atraviesa buena parte de su obra: la identidad y el juego de máscaras. La historia, una compañía teatral que se prepara para recibir a un productor y así conseguir financiamiento, habilita un dispositivo metateatral: el teatro hablando de sí mismo, actores interpretando actores que interpretan. Ese pliegue es el motor de la comedia.

En el plano de la construcción escénica, la obra trabaja con el humor físico sin abandonar el texto. No se trata solo de gags y exageración corporal,aunque los hay, y funcionan, sino de un uso consciente del espacio, el cuerpo y la risa como herramientas narrativas. Hay un detalle particular en la concentración de la mirada: pese a tratarse de un escenario grande, la reunión de los cuerpos en ciertos momentos logra un efecto de acentuación que dirige la atención del espectador con precisión. 

Vale destacar además que, siendo una obra dirigida también al público infantil, Moliendo a Molière es más graciosa que educativa. Tiene su subrrayado al final, pero se entiende como obra pedagógica y esto es poco habitual dentro del universo de producciones para infancias, donde el mensaje suele imponerse sobre el juego. 

Lo que distingue a esta puesta, más allá de sus méritos dramatúrgicos, es su carácter integralmente sanjuanino. El Ensamble Barroco, bajo la dirección musical de Manuel de Olaso, ocupará el foso de la Sala Principal; la coreografía es de Margarita Fernández; y los protagónicos, Ana Luz Torras como Madeleine y Mati Puig como Poquelín, surgieron de una audición que convocó a más de 200 inscriptos. El vestuario y la utilería, diseñados y confeccionados en los talleres del propio Teatro del Bicentenario, terminan de cerrar un circuito productivo que involucra a trabajadores y especialistas de distintas etapas de la puesta.

En el marco del Bicentenario, la obra funciona como una carta de presentación: teatro, canto, danza y música en vivo articulados por talento local, con una promoción del 50% para familias con el código FAMILIA en entradas Roja y Azul, y opciones de financiación a través de Banco San Juan o Mercado Pago.

Antes de subir el telón, Moliendo a Molière ya deja una certeza: San Juan puede producir a gran escala sin resignar identidad propia.

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