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País > Turismo gastronómico

Santa Inés, de antigua panadería a una experiencia gastronómica única en CABA

En La Paternal, MN Santa Inés combina la cocina viajera de Jazmín Marturet con la historia de una antigua panadería que todavía vive en sus paredes.

El viejo horno de la panadería que se conservó como parte de la historia del lugar. (Fotos: DIARIO HUARPE).

Buenos Aires tiene lugares donde comer también permite conocer una parte de la ciudad. En La Paternal, una antigua panadería se transformó en MN Santa Inés, un restaurante donde el enorme horno, las viejas herramientas de trabajo, los muebles recuperados y los recuerdos familiares conviven con una cocina que viaja por distintos rincones del mundo.

Ubicado en Ávalos 360, el espacio es comandado por la chef Jazmín Marturet y el mismo fue distinguido por la Guía Michelin con un Bib Gourmand, reconocimiento que destaca la relación entre calidad y precio. Sin embargo, para entender Santa Inés alcanza con mirar alrededor antes de sentarse a comer.

Frente a las mesas todavía permanece el antiguo horno de ladrillos. Por encima, largas palas de madera recuerdan los años en los que allí se amasaba y horneaba pan. Hay máquinas, balanzas, utensilios, una vieja Singer, estanterías cargadas de objetos y enormes canastos de mimbre que dejaron de transportar productos para convertirse en lámparas.

Una de las obras de Pablo: recuperó canastos de mimbre y las convirtió en lámparas.

Durante una visita de DIARIO HUARPE, esa mezcla entre restaurante, casa familiar y antigua panadería apareció en cada rincón. No se trata de una decoración armada para parecer antigua: buena parte de esos elementos ya estaban allí o pertenecen a la historia de la familia que recuperó el lugar.

Una panadería que nunca terminó de irse

Antes de que llegara Jazmín Marturet, allí funcionó durante décadas una panadería conocida primero como La Carreta y posteriormente como Santa Inés. El negocio pasó por distintas etapas hasta su cierre y el inmueble permaneció durante años prácticamente detenido en el tiempo.

Cuando Marturet encontró el lugar en 2019, buscaba un espacio para desarrollar su proyecto gastronómico. Adentro encontró mucho más que un salón vacío: estaban el horno, máquinas, canastos, herramientas y buena parte de la estructura que había acompañado durante años el trabajo de los panaderos.

La elección fue conservar.

Cosas que quedaron y se cuidan como historia viviente: el papel de la primera panadería.

Así, el viejo horno se convirtió en una de las imágenes centrales del restaurante y las herramientas pasaron a contar silenciosamente qué había sucedido allí antes de que llegaran los nuevos platos.

También sobrevivió el nombre. Santa Inés quedó unido a MN, siglas provenientes de Mercado Negro, el proyecto gastronómico anterior de Marturet.

El libro que publicó la chef que se convirtió en un recuerdo de todos los que pasaron por allí.

Una carta hecha para viajar

La historia del edificio explica una mitad de Santa Inés. La otra aparece cuando llega la comida.

Marturet se formó en gastronomía y trabajó en Argentina y en países como México y Estados Unidos. Ese recorrido aparece directamente en una carta que evita encerrarse en una única cocina.

En la pizarra que recibió a los comensales podía leerse una definición que resume bastante bien la propuesta: “Bienvenidos a este menú de ingredientes viajeros, como nosotros”.

Durante este mes de septiembre, el recorrido comenzaba con platos como riñoncitos a la provenzal y sopa de cebolla con tostada, sardo, muzzarella y queso brie. También aparecía un fritto misto con chipirones, langostinos, mejillones y calamares, además de cavatelli con tomates cherry, brócoli y champiñones.

Algunas de las delicias que se pueden degustar en Santa Inés.

Más adelante, la carta viajaba todavía más lejos: chili con carne y hush puppies, un plato definido con humor como “casi un shawarma de pollo”, goulash con spaetzle y un tajine de cordero acompañado por cous cous, garbanzos, membrillos y hierbas.

Para cerrar, la propuesta incluía pavlova, key lime pie y tiramisú.

La pizarra también deja algo claro: no hay demasiada solemnidad. Entre ingredientes y descripciones aparecen frases como “pica!!” o directamente “sin comentarios” para presentar el goulash. Esa manera relajada de contar la comida también forma parte de la personalidad del lugar.

La chef Jazmín Marturet que impuso a base de esfuerzo su impronta. (Foto: gentileza).

La carta cambia, por lo que la experiencia no necesariamente será la misma para quien vuelva poco tiempo después. La cocina se mueve junto con los productos, las ideas y los recorridos de su chef.

Jazmín cocina y Pablo construye

Pero Santa Inés tampoco se explica únicamente desde Jazmín.

Su padre, Pablo Marturet, artista plástico, acompañó de cerca la recuperación del inmueble y continúa siendo parte de la vida cotidiana del restaurante. Tiene su taller en el fondo y buena parte de los muebles, reparaciones y soluciones que aparecen en el lugar pasaron por sus manos.

Pablo Marturet hace de anfitrión, siendo un contador de anécdotas profesional.

Padre e hija fueron recuperando el espacio sin borrar las marcas anteriores. Una pieza se transforma en mueble, un viejo objeto vuelve a tener utilidad y aquello que originalmente perteneció a la panadería encuentra una nueva función dentro del restaurante.

Pablo también se convirtió, casi naturalmente, en uno de sus anfitriones. Es quien puede detenerse frente al horno y explicar cómo funcionaba, señalar para qué servían las viejas herramientas o contar qué encontraron cuando comenzaron a trabajar en el inmueble.

La máquina de coser Singer que decora el lugar.

Ahí aparece uno de los costados más humanos de Santa Inés: mientras Jazmín construyó una identidad desde la cocina, su padre ayudó a construir físicamente el lugar que la contiene.

Mucho más que sentarse a comer

Santa Inés está lejos de la imagen clásica del restaurante sofisticado asociado a una guía internacional. Las paredes muestran el paso del tiempo, los objetos tienen marcas de uso y el viejo horno sigue ocupando el lugar que tuvo cuando allí todavía se hacía pan.

Precisamente ahí está buena parte de su atractivo.

Parte de la magia porteña: la puerta de ingreso, que si uno no sabe que ahí es, puede pasar de largo.

Para quien visita Buenos Aires, acercarse hasta La Paternal permite sumar una experiencia diferente a los recorridos tradicionales de CABA. Se puede comer una cocina influenciada por distintos países, conocer una antigua panadería porteña y descubrir una historia familiar que continúa escribiéndose entre mesas, platos y herramientas recuperadas.

En Santa Inés, el pasado no quedó detrás de la cocina. Está sentado alrededor de la mesa.

Dato

MN Santa Inés está ubicado en Ávalos 360, en La Paternal, CABA. El restaurante recibe comensales para almuerzos y su propuesta gastronómica cambia periódicamente. Para conocer la carta actual, días y horarios o realizar reservas, puede consultarse su Instagram oficial, @mnsantaines. El contacto telefónico es 11 5848-6888.

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