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Una noche para la memoria: Divididos, el Indio y un Cantoni rendido al rock respondió con una ovación inolvidable
Ante más de 5.000 personas, la banda liderada por Ricardo Mollo ofreció tres horas de música, homenajeó al Indio Solari, reivindicó causas ambientales e incorporó al percusionista sanjuanino Ramiro Soler en uno de los momentos más celebrados de la noche.
El reloj avanzaba hacia la noche del sábado y las inmediaciones del estadio Aldo Cantoni comenzaban a transformarse en una peregrinación rockera. Familias, grupos de amigos y seguidores de distintas generaciones confluyeron en un mismo punto con una certeza compartida: volver a encontrarse con Divididos, una de las bandas más influyentes y convocantes de la música argentina.
Cuando las luces se apagaron y los primeros acordes irrumpieron en el estadio, la respuesta fue inmediata. Más de 5.000 personas se pusieron de pie para recibir a Ricardo Mollo, Diego Arnedo y Catriel Ciavarella. La llamada "Aplanadora del Rock" confirmó desde el inicio que las cuatro décadas de trayectoria no han disminuido ni un ápice su potencia sobre el escenario.
Durante casi tres horas, el Cantoni vibró al ritmo de clásicos que atravesaron generaciones. Cada canción fue acompañada por un coro multitudinario que convirtió al estadio en una sola voz. Entre riffs filosos, pasajes instrumentales y una puesta austera pero contundente, la banda mostró una vez más por qué sigue ocupando un lugar central en la historia del rock nacional.
Pero la noche tuvo también espacio para la emoción. Apenas un día después de conocerse la muerte de Indio Solari, Mollo detuvo por un instante la intensidad del show para rendir homenaje a una de las figuras más trascendentes de la música argentina. Antes de interpretar "Mejor no hablar de ciertas cosas", una imagen del músico apareció en las pantallas gigantes. El aplauso fue inmediato y prolongado. No hizo falta demasiado más: el estadio entendió el mensaje y acompañó el recuerdo con respeto y emoción.
El gesto tuvo además una carga simbólica especial. Durante años se alimentó el mito de una rivalidad entre Sumo y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Sin embargo, los propios protagonistas se encargaron en numerosas oportunidades de desmentirlo, recordando vínculos de amistad y colaboraciones artísticas que trascendieron las etiquetas y los relatos construidos alrededor de ambas bandas.
La conexión con San Juan también tuvo momentos destacados. Mollo agradeció los presentes recibidos durante la estadía del grupo en la provincia, especialmente vinos y aceite de oliva, a los que definió como "todo lo que está bien". Entre tema y tema también pidió disculpas por algunas dificultades vocales que atravesaba, aunque el público pareció no advertirlas: cada intervención fue recibida con la misma devoción que las canciones.
Uno de los capítulos más celebrados de la noche llegó con la aparición de un invitado especial. El percusionista sanjuanino Ramiro Soler subió al escenario para acompañar a la banda en "Qué tal" y "La rubia tarada". Su presencia sorprendió a los asistentes y provocó una ovación inmediata.
Con sus característicos instrumentos construidos a partir de objetos cotidianos y reciclados, Soler aportó una identidad propia a dos de los momentos más festivos del concierto. La invitación, realizada por Catriel Ciavarella tras un vínculo artístico forjado tiempo atrás en Buenos Aires, terminó convirtiéndose en uno de los recuerdos imborrables de la velada.
La noche también dejó lugar para los mensajes. Como es habitual en sus presentaciones, Divididos expresó su compromiso con distintas causas ambientales. Sobre el escenario se exhibieron banderas en defensa del agua y de los glaciares, reafirmando una postura que la banda sostiene desde hace años y que encontró eco entre buena parte de los asistentes.
Cuando llegó el final, el público demoró varios minutos en abandonar el estadio. Afuera, todavía se escuchaban fragmentos de canciones, comentarios sobre el homenaje al Indio y la sorpresa por la participación de Soler. Había algo más que la satisfacción de haber asistido a un recital. Quedaba la sensación de haber compartido una ceremonia colectiva donde convivieron la memoria, la identidad rockera y la celebración de una banda que, lejos de convertirse en una pieza de museo, sigue demostrando una vigencia extraordinaria.
En San Juan, Divididos no solo ofreció un concierto. Construyó una noche de esas que permanecen mucho después de que se apagan los amplificadores.