PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Cultura > Recitales

Dillom llevó a San Juan de la oscuridad a la celebración de la vida

Con La Nueva Violencia como eje, el músico recorrió su discografía ante un público de adolescentes y treintañeros, entre la desesperanza, la euforia y la emoción.

Hace 1 hora
El artista repasó su recorrido musical, desde sus pasajes más sombríos hasta la celebración colectiva. FOTO: DIARIO HUARPE

La escena tenía algo de contradicción, como buena parte del universo de Dillom. Adolescentes que cantaban cada palabra junto a treintañeros que parecían conocer de memoria las distintas mutaciones de su música. Distintas generaciones, una misma necesidad de encontrarse en esas canciones que pueden hundirse en los rincones más oscuros de la experiencia humana y, unos minutos después, convertirse en una celebración desbordada de estar vivos.

La presentación de La Nueva Violencia en San Juan fue mucho más que la llegada de un disco nuevo. Fue también una oportunidad para recorrer la identidad de un artista que hizo de los contrastes una marca propia. La oscuridad, el humor incómodo, la desesperanza, la provocación y la euforia convivieron en un espectáculo que encontró en el público a su mejor interlocutor.

Desde los primeros temas, quedó claro que no se trataba solamente de escuchar canciones. Había una comunidad que reconocía los códigos, que respondía a los cambios de clima y que acompañaba cada giro del repertorio. La mezcla de adolescentes y treintañeros le daba al encuentro una particularidad: la obra de Dillom no parecía pertenecer a una edad específica, sino a distintas maneras de atravesar las mismas emociones.

El repaso por su discografía permitió recorrer ese camino. Desde Ola de suicidios hasta Cirugía, el repertorio recuperó distintas etapas de una obra que nunca se mantuvo quieta, mientras que el nuevo álbum ocupó un lugar central en la noche. Las canciones recientes convivieron con las anteriores sin que el espectáculo se sintiera como una sucesión de épocas separadas. Había un hilo que las unía, una sensibilidad capaz de pasar del desasosiego a la euforia sin necesidad de justificar el cambio.

En ese recorrido apareció una de las características más interesantes de su música: la capacidad de hacer convivir sentimientos que, en principio, parecen incompatibles. Hay momentos en los que sus canciones se instalan en un territorio sombrío, desesperanzador, casi asfixiante. Pero esa oscuridad no constituye un destino definitivo. También hay lugar para la alegría, para el movimiento y para una celebración que no necesita negar el dolor para existir. La música podía hablar de un mundo hostil y, al mismo tiempo, hacer que miles de pequeñas experiencias individuales se encontraran en un mismo presente.

Dillom también construyó esa intensidad desde su propio cuerpo. Su presencia escénica fue mutando a medida que avanzaba el espectáculo. Por momentos, adoptó la actitud de un galán, con una seguridad calculada y una gestualidad que parecía controlar cada movimiento. Pero esa imagen fue perdiendo rigidez con el correr de los temas. La entrega se volvió más visceral, menos preocupada por sostener una pose.

Hacia el final, con la camisa desprendida, mostrando los tatuajes y desplazándose con muletas, la figura sobre el escenario era otra. La transformación no necesitaba explicaciones: estaba en el contraste entre aquel personaje que parecía dominar cada detalle y el artista que terminaba exponiéndose sin demasiados filtros. La entrega física acompañaba la intensidad musical y reforzaba una sensación que atravesó toda la presentación: Dillom no parecía interesado en permanecer dentro de una única versión de sí mismo.

Entre tanta energía, también hubo lugar para el reconocimiento hacia el público sanjuanino. El músico se detuvo para referirse a su última visita, en 2022, y expresó: "Perdón por no haber venido de nuevo, la última visita fue en 2022. Y el recuerdo que tengo es que fue mucha buena energía. Los quiero".

La frase tuvo la sencillez de un gesto afectuoso, sin necesidad de convertirlo en un gran discurso. Después de cuatro años, el recuerdo de aquella visita seguía presente y encontró una respuesta en la gente que había llegado para acompañarlo. En un espectáculo marcado por los extremos, ese momento introdujo otra dimensión: la cercanía entre el artista y una audiencia que había esperado su regreso.

Al final, la presentación de La Nueva Violencia dejó la impresión de que el universo de Dillom no se agota en sus zonas más oscuras. Su música puede detenerse en el desencanto, explorar el absurdo o insistir en la desesperanza, pero también encuentra la manera de salir de allí y transformarse en movimiento, alegría y celebración colectiva.

Quizás esa sea una de las claves de su vínculo con un público tan diverso. No hace falta elegir entre la oscuridad y la euforia, entre la vulnerabilidad y la provocación, entre el personaje y la persona. Todo puede convivir en una misma noche. Y mientras las canciones pasan de un extremo al otro, queda la sensación de que estar presentes, compartir ese instante y cantarlo junto a otros también puede ser una forma de celebrar la vida.

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Más Leídas

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD