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Entradas gratuitas del Mundial para marines de Estados Unidos
Ante los aumentos desmedidos de entradas a “precios dinámicos” para presenciar los partidos, la FIFA y Bank of America hicieron un convenio para regalar tickets a veteranos de guerra y militares activos. Privilegios exclusivos para unos pocos.
POR REDACCIÓN
En la Copa del Mundo de los boletos prohibitivos y la reventa legal, la FIFA de Gianni Infantino se alió con el Bank of America para obsequiar miles de tickets a los soldados que combatieron bajo la bandera de Washington. Rigor migratorio para el extranjero y alfombra roja para el cuartel.
El sol abrasador del verano californiano rebota sobre las estructuras espejadas del Levi’s Stadium. Afuera, miles de fanáticos de los rincones más diversos del planeta caminan a paso lento, masticando la resignación de haber pagado los tickets más caros de la historia del fútbol moderno, o buscando desesperadamente alguna de las 180.000 entradas que el libre mercado de la reventa legal todavía ofrece a precios prohibitivos. Sin embargo, en medio del murmullo multicultural y las camisetas de colores estridentes, una fila paralela avanza con una parsimonia diferente. No llevan banderas de selecciones, sino gorras con insignias bordadas y cicatrices invisibles. Son los marines norteamericanos, los hombres de las mil invasiones, que este año ingresan al show de la FIFA con pase de protocolo y costo cero.
Ser militar activo o veterano de las fuerzas armadas en la principal potencia global siempre ha conllevado un generoso paquete de beneficios estatales. Desde facilidades hipotecarias inaccesibles para el ciudadano de a pie hasta aceleraciones exprés para conseguir la ciudadanía en el caso de los inmigrantes dispuestos a empuñar un fusil ajeno.
Pero la Copa del Mundo de los 48 seleccionados y los 104 partidos decidió ir un paso más allá en su genuflexión local. A través de un peculiar convenio tripartito entre la federación internacional que conduce Gianni Infantino, el Bank of America y la Veteran Tickets Foundation (Vet Tix) —organización comandada por un exmarine—, la casta militar norteamericana recibió una inyección de dos millones de dólares traducida directamente en miles de localidades gratuitas, con acceso garantizado incluso para la gran final del torneo.
La estrategia no es un experimento de última hora; sus raíces se hunden en el Mundial de Clubes celebrado en 2025, un ensayo general donde la FIFA repartió unas 53.000 entradas entre uniformados y familiares directos. La respuesta de Zurich ante el éxito logístico fue institucionalizar el agasajo patriótico, justo cuando el país anfitrión conmemora el 250º aniversario de su independencia. Un aniversario que, visto a través del espejo de la historia, encuentra a la nación habiendo pasado la mayor parte de su existencia soberana librando guerras en los cinco continentes.
Desde los palcos de la comodidad, los discursos oficiales fluyen con la plasticidad habitual del marketing deportivo. "En la FIFA creemos que el fútbol es una poderosa herramienta para generar cambios positivos", declamó Infantino en sus últimas apariciones públicas, exhibiendo su sintonía fina con la administración de Donald Trump y mostrándose flanqueado en el sector VIP por figuras de la diplomacia continental como Marco Rubio y el mandatario paraguayo Santiago Peña. Para el mandamás del fútbol global, los engranajes del torneo giran a la perfección, inmunes a los sutiles contrastes que agrietan la narrativa idílica de la hospitalidad estadounidense.
Porque el reverso de la alfombra roja extendida a los cuarteles de Vet Tix es la crudeza con la que el aparato de seguridad trata al visitante indeseado. Mientras los pilotos que bombardearon con napalm en Vietnam o los veteranos que demolieron Bagdad bajo la falsa premisa de las armas de destrucción masiva reciben sus pases de cortesía, la selección de Senegal fue recibida en la pista de aterrizaje de Texas por agentes de migraciones que obligaron a los jugadores a descalzarse bajo el sol, olfateando sus valijas con perros rastreadores como si se tratara de un traslado penitenciario. Horas antes, el arbitraje internacional sufría su propio golpe de realismo con la deportación del referí somalí más prestigioso de África, devuelto a su tierra natal por las severas restricciones migratorias de la frontera norteamericana.
La contradicción se palpa también en la economía del evento. Mientras el Financial Times detalla el remanente de miles de boletos sin vender para los cruces de la selección de Irán —condenada por la logística geopolítica a concentrar en México y viajar de forma intermitente a Los Ángeles y Seattle—, el Bank of America celebra el financiamiento de los esparcimientos militares. "Es un gran honor brindar esta oportunidad única a las personas que se han sacrificado sirviendo a nuestro país", argumentó Larry Di Rita, directivo de la entidad financiera.
El fútbol, aquella "indiscutible obscenidad de masas" que alguna vez diseccionó con crudeza el periodista Dante Panzeri, ratifica su condición de fenomenal pieza de mercado y diplomacia corporativa. En los pasillos del estadio de la Bahía de San Francisco, el contraste de la tribuna es la foto perfecta del siglo XXI: hinchas comunes vaciando sus ahorros por noventa minutos de distracción, inmigrantes deportados que miran el certamen por televisión desde el desarraigo, y un contingente de marines sonrientes cruzando los molinetes gratis, cortesía de una FIFA que hace tiempo aprendió a rendirle pleitesía al dueño de casa.