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De Hemingway… a aquella cotidianeidad

Miguel Montoya Jamed

POR Miguel Montoya Jamed SEGUIR
15 de septiembre de 2020

15 de septiembre de 2020

Eran las once de la mañana y Mario, sentado en una silla amplia y con apoyabrazos, en la orilla norte de su casa, que es el frente, oculto para miradas desde la calle por un árbol frondoso y después por una pared que tiene la puerta de entrada al pequeño jardín. Sosteniendo con su mano izquierda, un libro que lo había apoyado sobre el pecho. Tenía un señalador un poco antes de la mitad de las quinientas páginas. Estaba leyendo la última novela de Hemingway. Bueno, ahora no leía, había estirado las dos piernas y la mitad de sus pies estaban al Sol, y el codo de su brazo derecho lo apoyaba en el costado de la silla para tocarse la cabeza con la mano. Hacía un movimiento leve, como si frotara las yemas de los dedos por encima de la oreja, o había cerrado el libro para ponerse a pensar, o tal vez, desde un rato que lo hacía sin darse cuenta y andaba muy lejos del pequeño jardín, muy lejos de ese árbol frondoso y tal vez, muy lejos de la silla con apoyabrazos. Anterior a esa situación de ensoñación o de descanso, Mario había leído, después de las doscientas primeras páginas y durante dos o tres capítulos. Cuando el protagonista, que es un pintor que vive en una isla, y al principio del verano recibe la visita, como todos los años de sus tres hijos varones. El mayor de su primera esposa y los dos más chicos de la segunda, y que fue su segunda separación. Temporalmente en la casa, está un amigo del padre, un escritor que los muchachos conocen, admiran y quieren mucho, y va y viene durante el día otro amigo, nativo experto en la navegación y conocedor de los secretos del arrecife, es el que maneja el bote en las salidas y que por cariño y amabilidad cocina para todos. Muchas horas del día están todos juntos, los muchachos requieren a su padre y requieren e indagan al escritor, son cariñosos y amables con el experto en las aguas del océano y este cuando salen a navegar se siente responsable por los muchachos casi como si fuese el padre. Todo el tiempo, hay una comunidad de conciencias, de singularidades, de experiencias y de sentimientos que se atraviesan, se suceden, se mimetizan en aspectos, que se oponen en otros, que se familiarizan. Y Mario es un habitante más de ese Ambiente, observando en silencio, con “la ventaja”, que cuando algo no entendió de la situación, como no puede preguntar, vuelve al comienzo del párrafo anterior. Los muchachos cuentan sus anécdotas, preguntan hechos de los mayores, ríen, se abrazan, juegan entre ellos. A veces involucran a algún mayor, o a todos.  El mayor de los muchachos, ya puede tomar cerveza, los otros dos, aun se satisfacen con jugos de algunas frutas de la isla. Van los seis, a hacer pesca submarina y ya en el agua, quedan al cuidado del amigo escritor, que tiene experiencia en eso. El padre y el amigo experto esperan en el bote. Vuelven y la preparación de la comida y la tertulia con los comentarios de los hechos recientes, los involucra a todos… también a Mario. Los dos muchachos más chicos expresan la admiración que tienen por el amigo del padre. El padre escucha con necesidad, cada cosa que cuentan, pregunta y tiene comentarios con admiración, con mucho amor, porque en sus expresiones van acumulados los cariños de los meses que no están juntos. Mario se da cuenta de eso. Cuando se van a dormir, el padre piensa que pronto se terminaran esos días, cuando sea la víspera de la navidad, porque regresaran a sus casas maternas…”

Lo que Mario hace hasta la página doscientos es habitar una cotidianeidad, claro contada por Hemingway, de hombres comunes con actividades particulares, como todos, que viven en un lugar donde han construido, seguramente, su contexto de salubridad. Porque así miran la Vida, porque así consideran el tiempo y las relaciones. Y en cada página, asiste a la estadía de los hijos del pintor en su casa, Mario busca ubicarse en un lugar donde no se debilite en él, lo que provoca el encuentro, de padre, hijos y amigos del padre. En una geografía y en un clima y costumbres que antes de la primera página de la novela no conocía. Ahora le es familiar. Antes… cuando salía de la casa, en su cartera siempre llevaba el libro que estaba leyendo. Ahora, desde hace un tiempo, no lleva su libro en la cartera, porque desde hace un tiempo no sale de la casa. Mario sigue los diálogos, los hechos, las preguntas y las respuestas, de uno a otro, sin olvidar los nombres puestos por el autor. Pero tampoco puede pasar a otro capítulo y a otro y a otro sin detener la lectura. Y la detiene cuando la situación que muestra el autor se le acumula. Se le acumula en el cuerpo, en la necesidad de hablar, se le acumula en el Deseo… pero sólo puede quedarse en silencio. Y a veces, reacciona antes, como ahora, que está sentado en la orilla norte de su casa, bueno, hace tiempo que sólo está en su casa, lo dije. Ahora tiene las dos piernas estiradas y los pies al Sol. Ahora que leyó estas últimas páginas cerca de las doscientas, él también tiene los nombres de quienes extraña tenerlos juntos y que después de una segunda lectura al capítulo más reciente, fue poniendo esos nombres donde él los necesitaba. Pero el padre era un abuelo… para ser él, y los muchachos fueron niños y dos, sus amigos íntimos si estaban e ignoraba la separación de dos mujeres. En otro silencio mirando las páginas, pero sin distinguir el texto de los renglones, el sí era el padre y los muchachos eran tres, pero dos varones y una niña, y sus amigos íntimos si estaban e ignoraba la separación de dos mujeres. Y pudo hablar de pintura en aquellos diálogos, porque pinta y hablar de literatura porque es escritor. Con los nietos pintaron juntos, y con los hijos no habla de sus libros. De cualquier modo, o de todos los modos, tiene necesidad de abrazarlos, de mirarlos, de escucharlos.  Y la casa de la Isla, es la casa que tiene el frente, oculto para miradas desde la calle por un árbol frondoso y después por una pared que tiene la puerta de entrada al pequeño jardín. Y él, que es el padre o es el abuelo, cuando se enderece en la silla y apoye el libro sobre sus piernas recogidas, hará silencio, que él dice que tiene que ver con la Palabra, y del nudo en la garganta dirá que es un gesto con un sentido inefable. Y lo que está anudado y en silencio, es la ausencia dolorosa de aquella similar comunidad de conciencias, de singularidades, de experiencias y de sentimientos que se atraviesan, se suceden, se mimetizan en aspectos, que se oponen en otros, que se familiarizan, que él extraña. Mario se adueña de lo que ha leído, después de las doscientas primeras páginas y durante dos o tres capítulos. Porque es lo que necesita, porque lo tiene negado… sin saber por quienes o sin saber por qué.  

Mario no duerme ni descansa sentado en esa silla amplia y con apoyabrazos.  Está sosteniendo con su mano izquierda, un libro que lo ha apoyado sobre el pecho. Tiene un señalador un poco antes de la mitad de las quinientas páginas. Está leyendo la última novela de Hemingway. Bueno, por ahí no lee, porque Mario es el padre y enseguida Mario es el abuelo, eso: cuando apoya el libro cerrado sobre su pecho, tomado con su mano izquierda, y ha estirado sus piernas, como si tuviese una ensoñación o como si descansara de algo, y al codo de su brazo derecho lo apoya en el costado de la silla para tocarse la cabeza con la mano. En silencio…

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