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Juego con el miedo

Miguel Montoya Jamed

POR Miguel Montoya Jamed SEGUIR
31 de julio de 2020

31 de julio de 2020

Por las noches, cuando me acuesto y antes de dormir, a veces, escucho la radio. En la intimidad de mi pequeño receptor individual. Como si fuese un secreto. El aparatito debajo de las frazadas y conectado con un cable muy fino, un pequeño adminiculo puesto en uno de mis oídos. Si me pongo los dos auriculares, tengo la sensación que me aíslo de mi situación de descanso y de tranquilidad.

Afuera mío, hay silencio. O algunos ruidos que entran a la habitación, de la gente que todavía no se acuesta.

Prefiero un programa que tenga palabras, fundamentalmente. Y si lo musicalizan, mejor si es con blues o con jazz.

Me gusta escuchar la radio por la noche.

Pero, a veces.

Porque  algunas noches prefiero escuchar la noche.

La noche en el campo, yo vivo en el campo, tiene un silencio que se escucha. Y expande.

Y ese silencio cada tanto tiene el sonido de una criatura, que habita la noche.

Casi todas las noches, los teros que van de un lugar a otro, con un grito áspero y agudo. Se enciman en la manifestación, como si argumentaran con énfasis o como si se contaran novedades. Y cuando se asientan se callan.

O a lo lejos se escucha algún zorro, con un grito, que suena a lamento. O los pájaros que se acuestan después que yo. O el viento que es frecuente y más fuerte. Porque, parece, que sople de donde sople rebota en la montaña, que está muy cerca, y hace mucho ruido en los árboles y en las galerías de la casa.

Me gusta… Y algunas noches prefiero escuchar la noche.

 

Cierro los ojos y las paredes de la habitación se diluyen. Yo quedo en el centro de ese silencio.

A veces escucho la radio y a veces, escucho la noche.

Y a veces suelo repetir un juego que hacía cuando era niño.

 

De niño vivía en una casa muy grande. De adobes. Con varias palmeras, frutales, al costado de la calle principal.

Con patios y muchas habitaciones.

Y además de “la puerta de calle”, un zaguán para salir hacia el Sur. Que después de unos perales estaba la casa del contratista. Una familia como de la familia.

Hacia el Oeste, se salía a un callejón que entraba a la finca, hacia el Sur o se iba por otro a “las higueras del fondo”, donde había una pileta, que se llenaba con el agua del turno. Cuando hacía falta, de ahí se traía el agua en baldes. Estaba como a tres cuadras de la casa.

No había electricidad, así que de noche mis tíos encendían faroles a nafta, que daban bastante luz blanca. Creo que se llaman: “radiosol”. Se colgaban donde eran necesarios. En las habitaciones había un gancho, en uno de los palos del medio del techo.

Pero afuera la noche era oscura.

De día no tenía límites para correr ni para mis caballos de palos de escoba ni para mis camiones que tiraba con una piola ni para mis amigos imaginarios con los que hablaba mucho. Y que no sabía dónde iban por la noche o dónde se quedaban con tanta oscuridad. Oscuridad que se quedaba solo en las sombras cuando había Luna llena y todo el campo y la casa tenía por encima una luz muy blanca y muy serena. Si era verano, sacábamos las sillas al patio. O yo podía ir solo, por el zaguán, a la casa de mis amigos, los hijos del contratista. Que era como mi otra casa.

No tenía una pieza para mí solo. Los dormitorios tenían más de una cama, siempre. Salvo las piezas de mis dos tíos, que cada uno tenía su dormitorio. Donde yo no entraba sin que me mandaran ahí. O, sin pedir permiso.

Cuando me acostaba me gustaba taparme hasta la cabeza, para cerrar los ojos en la oscuridad. Y en esa oscuridad, a esa hora de la noche, solo, recorría alguno de los lugares donde había estado durante el día.

Sentía que los recorría.

Sentía, que estaba en el lugar que decidía estar. Me iba animando a lugares más lejanos o más solitarios o con mayor vegetación.

Me iba animando o no.

La representación que lograba, era casi con detalles. De lo contrario, no me situaba en el lugar

Me daba miedo.

Si me daba mucho miedo, me destapaba la cabeza y abría los ojos. Siempre jugaba mientras en la habitación no hubiesen apagado el farol.

En invierno, yo me acostaba antes que mis tías, que se quedaban a conversar y a tejer, alguna de ellas, alrededor de un brasero, en la pieza. Siempre tenía un largo rato para jugar, antes de dormirme.

Terminaba el juego antes que mis tías se dispusieran a acostarse, para que a mí se me saliera el miedo del cuerpo antes que apagaran la luz.

Era un juego que repetía todas las noches, con distintos lugares. A veces suponía otros lugares, de afuera de la casa, lejos, el cerro por ejemplo. Que de la casa queda a unas diez cuadras y yo no lo conocía. Lo suponía por las conversaciones que escuchaba en la casa y porque lo miraba todos los días, de lejos. Ahí era mayor el miedo, por ahí no me demoraba, ni iba muy seguido.

Tampoco era lo mismo que con los lugares que yo conocía bien.

Era un juego frecuente, de todas las noches.

Terminaba el juego antes que mis tías se dispusieran a acostarse, para que a mí se me saliera el miedo del cuerpo antes que apagaran la luz.

Y me tranquilizaba para dormir. Sentía como si un fluido saliera de todo mi cuerpo y se me iban aflojando los músculos y el corazón.

 

Yo disponía de aquel miedo.

El juego era tener miedo, que yo podía controlar. Que yo podía concluir.

A veces lo concluía, y después volvía de nuevo, a otro lugar. A veces volvía al mismo. 

Yo disponía de aquel miedo.

Ahora me doy cuenta de eso… ahora de grande.

Ahora de grande en que tengo otros miedos de los que no puedo disponer ni decidir cuándo se me salgan del cuerpo.

 

Ahora repito ese juego.

Como dije: con lugares muy lejanos y muy solitarios y que conozco, porque anduve por ahí, de día.

Pero claro: los miedos de ahora, los de la vigilia, los que no son en el juego, no son de lugares lejanos y con oscuridad.

Son los miedos de ser-en-el-mundo.

Y  unos cuantos de esos, y tal vez los más dolorosos, sé que yo los dispongo.

Miedos armados por mí, dispuestos y construidos por mí y para mí.

Cuando repito el juego, por las noches, el miedo de ese juego es débil, es casi, sólo una sensación de:… no andar solo por ahí…

Los de la vigilia son dolorosos.

Y no puedo, aunque debo, determinar en qué momento los termino.

¿Cómo destaparme la cabeza, antes que apaguen la luz y que el miedo fluya como un fluido que salga de todo mi cuerpo?

Sé, que: “dispongo”, “armados por mí”, “dispuestos”, “construidos por mí”, es en el dominio de lo irracional.

¿Cómo en el dominio de lo irracional es posible la Voluntad?

Y si no: “dispongo”, “armados por mí”, “dispuestos”, “construidos por mí”; es involuntario.

Y si es involuntario: “dispongo”, “armados por mí”, “dispuestos”, “construidos por mí”; no es posible.

 

Debí apropiarme de la técnica de aquel juego de niño, cuando: terminaba mis paseos por los lugares donde me asustaba, antes que mis tías se dispusieran a acostarse, para que a mí se me saliera el miedo del cuerpo antes que apagaran la luz.

Yo disponía de aquel miedo.

 

Claro: yo podía ir o no ir, que era jugar o no jugar, a los lugares donde me provocaba el miedo.

Ahora sé que: soy-en-el-mundo. Y ser-en-el-mundo, tiene miedo inherente.

Y debo disponer que ese miedo no se me quede en el cuerpo.

Como en el juego.

Aunque aquellas noches que buscaba la oscuridad o buscaba la luz, no tenía un fin; porque era un juego.

 

Y ahora debo disponer del miedo, con un fin: la salud, la tranquilidad.

Hasta que la tranquilidad diluya en ella el fin y yo recupere ese disponer como un juego.

Otra vez el juego.

 

Ahora el juego. 

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