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Maestro... mayor de sesenta y cinco

Miguel Montoya Jamed

POR Miguel Montoya Jamed SEGUIR
16 de julio de 2020

16 de julio de 2020

Don Osvaldo, entre nosotros le decíamos “Don”, por el cariño que le teníamos, y que le tenemos, y además sentíamos necesidad de expresar la familiaridad que sentíamos con él. Osvaldo era un “viejo” anarquista, profesor de Sociología Política en la Universidad. Hasta que llegamos a sus clases, Evita no era Evita y el Estado éramos todos. No era peronista, pero reconocía que, quien tiene sensibilidad social no puede ser antiperonista. Decía ser, él, dialécticamente peronista, la dialéctica es negar para incorporar, en conceptos hegelianos. Hacía cinco años que habíamos terminado nuestros estudios universitarios y hacía más de tres años, que una vez por semana, entre las 9.30 y las 10 de mañana, generalmente los viernes, con algunas excepciones por tareas del Maestro, nos juntábamos en un bar, ya medio café, ya medio confitería, pero, aun, tenía dos mesas de billar y en el cartel de la calle, decía: Bar El Alemán. “Bar” era una nominación, que resistía a la posmodernidad, ya que al más sur-americano y provinciano de los lugares de reunión se le decía “Café” y desde ahí, los nombres ya iban en inglés.

Éramos cinco, y a veces seis, quienes nos juntábamos con Don Osvaldo. Cuatro hombres y dos mujeres, ellas estaban en todas las “tertulias para el Darse cuenta”, como decía el viejo anarquista. No todos teníamos la misma especialidad. Don Osvaldo era un intelectual muy conocido, se metía a las calles y a las discusiones en las mesas de café, desde una columna que escribía en un semanario nacional. Cada juntada, alguno llevaba un pequeño texto, y les decía a los demás, que era para usarlo de separador en el libro que estuviésemos leyendo. Y desde ahí arrancaba la discusión de ese día. Yo guardé, desde entonces, uno de los papelitos que dice: La vocación y la Voluntad pagadas por el mercado. Lo llevó Don Osvaldo y luego fue un ensayo escrito por él.  Siempre teníamos la misma mesa, redonda, contra la pared, intermedia entre la entrada y la primera mesa de billar. La cubierta, redonda, de la mesa nuestra, era el reflejo del suceder de las mujeres y de los hombres que cada día hacíamos las calles y que con esas calles hacíamos la ciudad y que desde esa ciudad se proponía la cotidianeidad de las mujeres y de los hombres que caminábamos las calles donde estaban los trabajos, las universidades, los puestos de revistas, los ministerios, el congreso y muchos de los trabajos, que sustentaban aquel trajín de todos los días. Y en esas mismas calles, por las noches hombres y mujeres tendían su cama de cartón de media plaza, para dormir hasta un mañana más amanecido en la contingencia, que otros. Tenían que levantar sus trapos cuando los otros madrugaban. Todo estaba escrito, ahí en la cubierta de la mesa que nos juntaba, era una inmensidad de Palabras en negritas, dispuestas aleatoriamente, que podíamos disponerlas o confundirlas con nuestra ignorancia y con nuestro conocer. Tenía un límite, porque las que se volcaban las perdíamos. Un límite físico dado por el radio de la tabla donde apoyábamos los codos, un cuaderno y las tacitas con café, y el límite de nuestro conocer y de los conceptos que podíamos construir de esa cotidianeidad colectiva hecha de particularidades, que necesitábamos explicarnos para proponer, conceptualmente, una Sociabilidad distinta. La cubierta de la mesa sería de madera hasta que nos sentábamos y comenzábamos a hablar, hasta que leíamos lo que habíamos escrito o lo que llevábamos señalado en un libro. Desde ahí, ya no era opaca, tampoco podíamos mirar nuestros rostros, ayudados por una ley de la Física, como hacíamos con el espejo de la mañana. Aquí íbamos y veníamos con el movimiento de la Duda y con la similitud que podíamos señalar, de nuestro suceder, de nuestros sueños, de nuestros miedos, de nuestra búsqueda. Esa superficie estaba llena de huecos que no nos fastidiaban, habíamos aprendido a buscar con Serenidad las Palabras, y a fortalecernos con la emoción que nos provocaba la construcción de un concepto. Tal vez sería, por el tiempo que ese concepto, durase indemne, pero era la ayuda necesaria, para llevar unos cuantos tramos más la Duda que hacía y hace nuestro oficio. Bueno, al menos, el de uno de los compañeros y el mío. El otro amigo y las dos chicas tenían una mirada rigurosa de la Sociedad y con facilidad ponían su carácter en palabras. Don Osvaldo resumía, ambas necesidades, y muchas veces su texto del “buen día” era un Poema, suyo o de uno de los autores que leía. “El texto del Poema es el más cercano al texto filosófico, nos decía. Y a veces nos contaba una anécdota, que concluía con un claro análisis sociológico. Cada mañana que llegábamos, si estábamos todos los que iríamos, era posible el mundo que nos importaba. Se hacía posible ese territorio de los Hombres (uso el vocablo “Hombre” como una generalización, ya que “Sujeto” e “Individuo”, también ponen en masculino la referencia) o, mejor dicho: el Territorio de los Seres Humanos. Ese territorio de la Palabra, es de hecho “de propiedad social”, esa propiedad que no se privatiza. Una referencia recurrente del viejo anarquista. Decía: debe ser poblado por los Hombres y como una señal de eso sería que no haya hombres y mujeres durmiendo en las calles, ni niños que mueran por hambre. Ahí estaban las Palabras, ahí estaba todo escrito entonces estaba todo lo que existía si es que estaba significado. Lo que no existe es porque no está escrito. Y esas dos o tres horas que rodeábamos al mundo, que mirábamos al interior del territorio que caminábamos, que nos deteníamos y podíamos meter las manos hasta la mitad de los brazos, si queríamos, y levantarlas juntas y haciendo un cuenco lleno con significados. Claro se iba cayendo la arena fina, del color de nuestra piel, en una cortina atravesada por el Sol. Una cortina que tenía la geometría de nuestras manos, extendida en una continuidad que era la sucesión desde que andábamos por ahí. Muchas veces, cuando todos se levantaban y se iban, yo me quedaba sólo, sentado, con alguna escusa, muchas veces en silencio. Me quedaba unos minutos y miraba en silencio y metía mis manos hasta la mitad de los brazos y sentía el regocijo de la Palabra y unas cuantas veces las iba sacando durante el tiempo que le agradecía a mi madre haberme animado en la vitalidad de la lectura. Eso resumía todo el aprendizaje de mi infancia. Y ahora me situaba en el centro de mi Voluntad. Era un tipo feliz, en el concepto de felicidad de Don Osvaldo: “El concepto, la esencia de eso que nombramos “felicidad”, es “Tranquilidad”. Tranquilidad: conformada por objetos esenciales de la Vida, como: Salud, Relación: con el Otro y con el otro, Trabajo -no en el concepto capitalista- o al menos teniendo esto en disputa. Felicidad, es un sinónimo, que se relativiza, se frivoliza, se desgasta y confunde, se utiliza. Es objeto de intercambio del mercado. Es un vocablo debilitado en los discursos del poder político”. Este texto del viejo maestro lo tengo escrito, también, en angostos papeles que uso de señalador en mis libros, este y otros.

Un día de juntarnos, llegué al bar un poco más temprano que la hora de la cita. Los tres mozos de la mañana estaban en la puerta de calle, como si hubiesen decidido no entrar. Me acerqué con el cariño de siempre, y noté que sus sonrisas, tenían una manera de reconocimiento o de asombro o de tristeza o de las tres emociones a la vez. Ya hacía una hora y media de la apertura, y no había nadie adentro. Uno por vez, me contó lo mismo, con pequeñas variantes en los detalles, que no se contradecían, sino que se agregaban. Al rato de abrir y sacudir y limpiar las mesas y encender la máquina del café y las otras tareas de rutina. En la mesa “de nosotros” hubo como una explosión. Y dicen “como”, porque no hubo un ruido de explosión. Los tres tiene la sensación de “una explosión”, que reventó debajo, las sillas se corrieron sin volcarse, la mesa no se rompió, cambio de color la cubierta, todo lo del bar tuvo una modificación inexplicable. Revisaron el lugar y todo funcionaba modificado. La máquina del café hervía, dos de ellos habían puesto las bolas de los billares en las mesas, y como siempre ensayaban dos o tres tiros, antes de acomodar los tacos en el mueble correspondiente, y decían que el choque de las bolas era imposible, que no era el choque que conocían. Después de golpear, la que taqueaban, con otra, ambas no tenían una trayectoria rectilínea, uno dijo, que después del choque, la naturaleza del movimiento no era vectorial. Recordándonos con ese concepto que él era estudiante de ingeniería en el turno noche de la Universidad Nacional. Quiso decirnos algo de la “energía cinética” y no lo dejamos. Ya teníamos bastante con la confusión. Yo iba más temprano al bar porque había terminado un trámite, a dos cuadras en las oficinas de la obra social. Después de la novedad, repetida más de tres veces, habíamos superado la hora en que nos reuníamos y no había llegado Don Osvaldo. Uno de los mozos, dijo que no vendría el maestro porque tenía más de sesenta y cinco años de edad y no debía salir de su casa. Como el dueño del bar, que generalmente atendía la caja, y que no debía salir de su casa por la “edad de riesgo” en la que andaba. Que alguien dijo eso, supone que alguien que pasaba. Lo de “edad de riesgo” me sonó parecido a lo de la “energía cinética” del otro mozo. La gente que circulaba por la calle era muy poca. Una calle de tránsito peatonal, con dos o tres personas paradas en las puertas de los comercios donde trabajaban. Los mozos tuvieron y tenían, cada uno, y según su personalidad, una sensación de una explosión adentro del local y debajo de la mesa nuestra. Yo me había sentado en la silla de siempre, y no estaba el mundo de Palabras en la cubierta. Pude ver un desparramo de cosas que ignoro y después, otro desparramo de Palabras que no me significaban algo. Las palabras y las cosas se despertenecían. Mejor dicho: las cosas y los significados que hablaban las Palabras se despertenecían. Se despertenecieron las Palabras y las cosas, quiero y necesito repetir esto, porque es la única manera que tengo de expresar lo que siento. Y lo siento con fuerza para seguir pensando que estoy situado...  ¿adónde?... no sé. El mundo reside en el lenguaje, lo que no está escrito no existe, ya lo dije, y lo repito y repetiré cosas que dije, por una necesidad profunda que tengo para sostenerme. Necesito estar, eso es... necesito estar. No existe en ninguna cotidianeidad y si no hay cotidianeidad no hay individuos en movimiento, entonces no se manifiesta la Vida. Lo que no se significa perturba la Sociabilidad y debilita la Existencia... ¿cómo no voy a tener miedo? Y esto es porque el lenguaje, y me refiero al lenguaje con Palabras, el que no es en lo inefable, reside en el mundo, en cada cosa, en cada suceso, en cada hecho. Es la proximidad entre las cosas y el efecto de cada cosa sobre otra. Las cosas y las Palabras se despertenecieron, entonces hay un caos, distinto al que leímos en los libros, una confusión, un desasosiego, porque hay una amenaza de algo sin significar. Ese es el origen de nuestro miedo. Y digo “nuestro”, porque sé que es colectivo, totalmente. Hay una amenaza de algo sin significar. Eso nos acucia. Y con lo que contaron del billar, entonces: las leyes de la Física se diluyen en la nada y esto es el fin del mundo. Si está la nada, está el absoluto. La mierda... es un límite, que dejó de ser inalcanzable por el pensamiento. Las Palabras y las cosas se despertenecieron, entonces: se perdió la Verdad, las Palabras y las cosas no se pertenecen. Entonces, no es posible la Sociabilidad. Y, ¿esto será, realmente la Soledad?

Se hizo el medio día, uno de los mozos casi toda la mañana estuvo en la puerta de calle, como si esperase alguna novedad, cada tanto entraba y los otros le preguntaban, “¿y?”, y él levantaba los hombros y arqueaba las cejas, abriendo grandes los ojos. Cada vez que entraba yo lo miraba atento, yo también esperaba alguna novedad. Yo estaba sentado en el mismo lugar de siempre. Bueno... yo pensaba que era el mismo lugar de siempre, pero me costaba diluir la sensación de extrañeza. Los otros dos mozos apoyados en el mostrador, como si observaran cada rincón del salón, hablaban con frases cortas. Yo sólo escuchaba un pequeño murmullo. Dos veces se sirvieron té, y dos veces me sirvieron, como una invitación, como si yo estuviese de paseo en su lugar. La relación entre ellos, y la relación entre ellos y yo, tenía como anclada entre nuestras miradas y nuestros cuerpos, otra necesidad de seguridad. Como que ocupaba el lugar de otros tantos sentimientos. Ninguno de ellos sabía por qué no cerraban y nos íbamos. Como si quedarse en el bar, era necesario porque era necesario no alejarse de lo conocido... de lo poco o único conocido que nos quedaba. Le hablaron al dueño, dos o tres veces, y no les fue posible comunicarse, la línea tenía un ruido que el que tenía el tubo en la mano, lo describía como un soplo.

A la una de la tarde decidieron que nos fuésemos. Salimos juntos, muy cerca de la puerta nos miramos en silencio. El aspecto de la escena que hacíamos, era como que salíamos por obligación. Salimos. En la calle encontré una o dos personas, caminando muy apuradas, mirando con insistencia a los costados. A las dos cuadras llegué al auto. Subí y no bajé los vidrios.

Al día siguiente, nos comunicamos por teléfono con el Profesor Osvaldo y entre los compañeros. Nadie podía salir de sus casas.

Me apoyo en la ventana que da a la calle. A unos diez metros, no pasan autos, ni personas caminando. Pienso, y los conceptos de mi filosofía no me ayudan a explicarme algo.

Estoy en el centro de un desparramo de cosas que ignoro y después entro a otro desparramo de Palabras que no me significaban algo. Las palabras y las cosas están despertenecidas. Mejor dicho: las cosas y los significados que hablaban las Palabras se han despertenecido... me quedo cómodo en un silencio, muy mío...  tal vez saliendo de un cansancio... tal vez, es lo único que siento mío.

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