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Opinión > Mensaje dominical

Mamá Ternura

Si decimos “mamá”, ¿qué palabras se vienen a la mente? Muchos dicen primerito “ternura”. ¿Por qué será, no? Con el andar de la vida valoramos a cada paso esas enseñanzas, ejemplos cotidianos, cesiones tan amorosas como generosas de madres que conocimos, que nos rodearon, a las que tuvimos cerca.

Me contaba un amigo que su mamá, cuando servía el pollo al horno del domingo, siempre daba las mejores presas a sus hijos, y ella se quedaba con las más magras. Y que cuando había que elegir a quién comprarle medias en la familia, elegía siempre a los hijos. Quizás algunos puedan ver resignación en estos gestos. Yo veo generosidad.

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Muchas mamás muy jóvenes que la luchan todos los días y hacen malabares con su tiempo para repartirse entre la casa y el trabajo —las conozco— logran el mayor bien que puede desear un corazón materno: mucho intercambio de amor familiar. Y el momento del juego aparece una y otra vez para ensayar la vida misma.

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¿Miraste alguna vez la mirada sin fisuras entre una mamá y su hijo cuando está lactando? Qué conexión construida con ternura infinita. ¿Y una mamá embarazada, que acaricia su panza? Todo el universo tiene una expresión ahí. El cuidado de la vida, la esperanza en el futuro, la apertura a las sorpresas de un nuevo ser que está llegando a este mundo para dejar su huella única.

Nos dice el Papa Francisco sobre las mamás: “Toda persona humana debe la vida a una madre y casi siempre debe a ella mucho de la propia existencia sucesiva, de la formación humana y espiritual. (…)Yo recuerdo en casa, éramos cinco y mientras uno hacía ‘una’, el otro pensaba en hacer ‘otra’ y la pobre mamá iba de un lado para el otro. Pero era feliz. Nos ha dado tanto.Las madres son el antídoto más fuerte a la difusión del individualismo egoísta. ‘Individuo’ quiere decir ‘que no puede ser dividido’. Las madres, en cambio, se ‘dividen’, ellas, desde cuando acogen un hijo para darlo al mundo y hacerlo crecer. Son ellas, las madres, quienes odian mayormente la guerra, que mata a sus hijos. Muchas veces he pensado en aquellas madres cuando han recibido la carta: ‘Le digo que su hijo ha caído en defensa de la patria…’. ¡Pobres mujeres, cómo sufre una madre! Son ellas quienes testimonian la belleza de la vida”.

Conozco muchas mamás de varios hijos y recuerdo un comentario que hizo una de ellas en una parroquia: “Sabe, padre, me preguntaron el otro día si me iba a dar el corazón para querer a todos mis hijos [estaba esperando el quinto hijo]. Casi que me enojo, pero respondí que el amor se multiplica con la llegada de cada uno de los hijos”.

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Reconozco tres situaciones en las que tenemos que poner más fuerza al amor: ante los hijos inesperados, los hijos adoptivos y los niños en situación de pobreza en sus propios contextos familiares o de desamparo. No les traslademos a ellos los problemas del mundo adulto. Todos los niños del mundo necesitan y se merecen ternura y alegría para lograr desplegar su potencial humano y espiritual. Como Iglesia, seamos esa familia que recreará con sus recursos y creatividad nuevos modelos de familia que abrazan y enseñan a estas nuevas vidas que irrumpen. La Iglesia, por vocación, también es madre acogedora que sale al encuentro de sus hijos, especialmente de los que más sufren. La pobreza genera mucha angustia: ayudemos a que incluso (y particularmente) ante esas realidades pueda surgir la ternura materna. Seamos facilitadores de amor en todo ambiente. No ensombrezcamos el futuro de quienes encarnan el futuro hoy.

Queridas mamás: sépanse acompañadas por un Dios que sostiene y alienta todos los días. Y tengan por seguro que cada una de ustedes es el mejor regalo para cada uno de sus hijos.

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