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Opinión > Análisis

Nuestros hijos, esos monstruos

"En mi país, qué tristeza, a pobreza y el rencor" (Adagio a mi país, de Alfredo Zitarrosa).

Daniel Bosque

POR Daniel Bosque SEGUIR
13 de noviembre de 2019

13 de noviembre de 2019

"¿Qué hicimos mal?". La pregunta carcome, te quema por dentro. Resulta que mientras mamá se reía cómplice con sus amigas de las verdades ingeniosas de Pilar Sordo y papá levitaba con el Teletón o sufriendo con el Colo Colo, en el cuarto de al lado se estaba incubando un tierno monstruo.

Un presidente ojeroso y gris no para de ensayar recetas inútiles para detener la locura en las calles. La onda destructiva, que comenzó incluso cobijada con simpatías diversas en sectores del país y del mundo, a esta altura es dueña y señora. La molotov ya marcó la cancha y aterroriza porque ayer se confirmó que saqueos, incendios y otros aquelarres no conocen límites.

"Chuuuu, concha de tu madre, huevón de mierda", gritan los gallos en videítos mientras derriban estatuas, queman autobuses y pelan supermercados antes del fósforo final. Sin miedo alguno, se silfean con porro y capucha, con lo ardido detrás. Esta marabunta de guasones chilenos pasará a la historia porque en este fin de década son, en el mundo, la primera muestra a escala industrial de puesta en arena de un nuevo sujeto social desclasado y sin referentes. 

En la comodidad de poltronas allende cerros y mares, millones de televidentes, ahora azorados, arriesgan que "si se va Piñera, se  acaba la joda", pero aquí santiaguinos,  antofagastinos, serenenses o atribulados ciudadanos de decenas de ciudades, no están tan seguros de que "la cagada pare" con esa noticia. Porque han visto en 3D cosas que dan pavor por la ausencia total de piedad y cordura. Triste es la destrucción hipermillonaria un mes de desmanes,  pero más lamentable es ponerse a tiro de la imbecilidad de derechas e izquierda. Cada tribu tiene lo suyo: los sectores conservadores no supieron interpretar el despertador que los sobresaltó en medio de la plácida noche: el personal estaba insatisfecho, viejamente aburrido, como se dice en Chile. Y creyó que con palabras bonitas y promesas etéreas en La Moneda ésta sería una gripe que pasaría.

El progresismo revolucionario, por su parte,  a veces pareciera que no aprendió nada 30 años después de la caída del Muro de Berlín. Porque amagó, persistió y muchos aún insisten alegres en su sinapsis entre vandalismo y justicia social. Su dilema ética e práctico es no saber donde está lo correcto o no. Seguramente porque no pasaron ni cerca de "El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo". (Lenín, 1920)

A un signo ideológico y otro los une hoy el mismo cáncer, hasta ahora sin cura. No es que sean viejas sus ideas y visión del mundo.  El tema es que no pueden penetrar en el alma recóndita de millennials y  centennials desmadrados, que no son mayoría demográficamente pero que le están haciendo polvo la vida cotidiana a la sociedad desde hace cuatro semanas.

Millones de chilenos que esperaron streaming desde La Moneda se quedaron anoche con gusto a poco. Después de una jornada de terror en la que pacos y milicos parecieron esconderse o cuando menos jugar a la defensiva (o lo hicieron, según sugirieron CNN y otros medios con menos ataduras domésticas), el público parecía resignado al inminente anuncio de una remake estado de sitio y toque de queda.  Pero los uniformados mandados por Sebastián Piñera no parecen convencidos de salir a repartir palos, gases y balas. Todo es pérdida, personal y política, a la hora de reprimir.

¿Porqué en Caracas o Managua las cosas se arreglan cambiando sangre por sangre y aquí te cuesta trabajo hacerte respetar? se lamentan los más recalcitrantes. En rigor no es que allí tengan la fórmula de la Coca-Cola, sólo pasa que Nicolás Maduro y Daniel Ortega no arreglan nada,  sólo le ponen una lápida al reloj de la historia con paramilitares, patotas, tortura institucional y exilio en cantidades industriales. (Hay mucha imbecilidad en la izquierda, como se vio en el Grupo de Puebla ayer nomás, que entiende que la dignidad humana es cuestión de colores, como un Boca-River, pero eso sería motivo de un manual). 

Increíble este Chile que arde, como un castillo de cristal que no tenía matafuegos. La economía ha comenzado desplomarse, el peso se derrumbó y unas cuantas empresas se preguntan qué hago aquí. No tanto por lo que ocurrió sino, peor, por lo que temen que pueda venir. Ya nadie se acuerda en los grandes titulares de la terrible crisis del agua que asoló al campo, complica a la minería y que este verano podría traducirse en restricciones de consumo para los ciudadanos y actividades productivas. La cosa es donde está el switch para desconectar a decenas de miles de locura. Cómo poner la casa en orden para poder a conversar de un futuro que millones reclaman más digno.

Los vándalos de Chile, movidos por tenebrosos hilos y a los que el sistema político no puede domar, no son extraterrestres ni un invento de la industria nacional. Si el dron viaja a Bolivia podrá grabar para tu android como los pro y anti Evo asolan las calles buscando sus presas. El cocalero perenne se da a la fuga diciendo que de quedarse lo mataban los que venían con la Biblia. Dadas las salvajadas vistas de uno y otro bando, es temor certero. Golpe o no, fraude o no es otro análisis, para foros y café de cápsula.  OEA, Puebla, Lima, todas las franquicias de autos blindados y custodios con walkie talkie saben de este infierno. Lo sufren o alientan según el destinatario de las llamas.

Mientras tanto todas las noches vuelven a dormir con papá y mamá esos jóvencitos, muchos sub-20, a los que la tele y cámaras de seguridad han mostrado encapuchados, haciendo puré todo objeto a mano.

- "¿Cómo te fue hijo, comiste? mira que te veo flaco".

- "No gracias, mami, hasta mañana". Y el pibe cierra la puerta y desaparece en su pantalla. En las redes encontrará el camino, la verdad y la vida que no le supimos conseguir

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