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Originalidades comparadas en la literatura sudamericana

Denise Sabino Villanova

POR Denise Sabino Villanova SEGUIR
01 de junio de 2020

01 de junio de 2020

Muchos críticos creen que es necesario “explicar”, es decir, analizar la obra de un escritor a través de su vida - no obstante la vida de un escritor o artista en general puede despertar la curiosidad de los lectores o espectadores, pero no es condición sine qua non para entender su obra. Sin duda, la vida de algunos artistas ayuda a la creación de mitos, a la trasformación de la existencia en leyenda, instalada en el inconsciente colectivo. Esa leyenda, que normalmente gira sobre el mito del artista rebelde, quien no acepta convenciones impuestas por la sociedad, puede catapultar las ventas de sus obras, lo que es una paradoja para un artista al que no siempre le importan las convenciones o el éxito capitalista. Así, la imagen de “marginal” (que se sitúa al “margen” de las convenciones sociales) es un fenómeno que fascina a la sociedad, y a veces puede ser sugerida o exacerbada por el propio artista o por sus agentes, para la explotación comercial o por propia vanidad. 

En algún momento, impulsado por esa explotación, es posible que el artista se sienta confundido por la dualidad “vida/obra”, por ese personaje fragmentado, ya sea éste creación suya o figurada por el imaginario colectivo. 

La construcción - consciente o no - del mito del artista “raro, rebelde, marginal” no debe ser la clave para disfrutar de su obra. La disconformidad con la sociedad es una expresión de su ser y, aunque le otorgue una identidad diferenciada, no es el único matiz de sus creaciones.

Comparemos dos escritores sudamericanos que fueron elevados a la posición de leyenda. Ningún crítico logró otorgarles una categoría literaria, por eso son llamados “únicos”.

El primero es Felisberto Hernández (1902-1964), escritor y pianista uruguayo quien, en palabras de Italo Calvino en el prólogo de la edición italiana (1974) de Nadie encendía las lámparas (1947), “no se parece a nadie: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos, (…) desafía toda clasificación y todo marco, pero se presenta como inconfundible al abrir sus páginas”.

La segunda es Alejandra Pizarnik (1936-1972), argentina, también más idolatrada que leída - escribe como movida por “un pedido de ayuda”, incitando al lector a descifrarla. Ella admite escribir por vanidad, y no solo por pasión literaria: “No tener para quien escribir desemboca en dos formas poéticas: la del exorcismo, inteligible o no, y la detenida, asfixiante, esteticista que consiste en un pequeño poema mil veces corregido. Se pueden hacer las dos sólo que en mi caso la segunda forma es social, obedece a mi vanidad, a mi deseo de estima y admiración”, (Diarios, 2013).

Ese aspecto, en el caso de Felisberto se da sin notas de vanidad, sin escribir de manera consciente, sino inconsciente. Como los críticos parecen querer que el autor diga que escribe de manera consciente y planificada, él decidió escribir la Explicación falsa de mis cuentos, a modo de respuesta, brindando explicaciones, aunque falsas: “Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Esto me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida”, (La Licorne, 1955).

Por su parte, Pizarnik sabe que no se parece a nadie, lo cual sería una fatalidad, como ella afirma. La escritora asegura que fue libre, por eso pudo hacerse de la forma que quiso. Admite su falta de adaptación a la vida adulta en una de las cartas que intercambió con León Ostrov, su psiquiatra. Sabe que está dentro de un personaje, el suyo propio, al que llama “alejandrino”: “No obstante me siento aún adolescente pero por fin cansada de jugar al personaje alejandrino. De todos modos no hay ante quien jugar, a quien escandalizar, a quien conformar (…)”, (Mackintosh, 2003).

Con respecto a Felisberto, los críticos acentúan su falta de madurez y consideran que pasó de la niñez a la adultez sin haber abandonado la adolescencia. Se casó varias veces y al divorciarse volvía siempre a la casa materna ya que, según algunos críticos, no tenía dinero suficiente para pagar un lugar para sí mismo. En sentido contrario, hay una entrevista concedida el 19 de febrero de 2018 por el nieto mayor de Felisberto, presidente de la Fundación Felisberto Hernández, Walter Diconca-Hernández,

y por la hija mayor del escritor, Mabel Hernández, donde él cuestiona “¿por qué no podría volver a la casa de su madre?”. Complementa esto el hecho de que Hernández y su madre se llevaban solamente diecisiete años de diferencia en edad. Además, cabe mencionar que los críticos europeos parecen desconocer que en Sudamérica es normal que los hijos vuelvan a la casa de los padres después de un divorcio, costumbre mucho más usual a inicios o mediados del siglo pasado, aunque se mantiene incluso actualmente. Este fenómeno social implica un “choque cultural” entre prácticas europeas y sudamericanas. Madurez, para los críticos, sería vivir solo, ¿pero no es también una forma de tejer contenido literario, estar con otras personas?

Así, Felisberto escribe sobre recuerdos que vienen de manera inconsciente y sobre la falta de madurez en Manos Equivocadas (1946): “Si es cierto que en el recuerdo quedan algunas cosas, por la intensidad con que el pensamiento ha hecho jugar a los sentimientos, también es cierto que quedan otras cosas en las cuales el pensamiento ha tenido poca intervención. Eso ocurre con los recuerdos de la niñez, y precisamente porque yo creo que en mí algo se quedó niño, es que busco con una sencillez especial”, (Obras Completas, 1983).

De cualquier manera, sentirse adolescente cuando ya se es adulto es “perdonado”, a veces “preferible”, para las mujeres, puesto que se vincula a la antigua costumbre de “pasar de las manos del padre a las del marido”, que estuvo instalada hasta mediados del siglo XX. La misma situación es diferente cuando se trata de hombres, estimulados a sentirse “maduros” desde muy temprana edad. Existen ejemplos en la vida, en libros o películas, donde un padre de familia muere y se le dice al hijo varón: “Ahora tú eres el hombre de la casa”, a pesar de que sea un niño.

Ahondando en el tema de género, hay que fijarse que los valores masculinos fueron los dominantes en la sociedad hasta el siglo pasado. La falta de madurez y/o solidez para los hombres sería considerada como “extravagancia”, a veces como locura, como una especie de “estigma social”. Eso sucedió con Felisberto, cuando su suegro, Román Guerra, le preguntó cómo iba a mantener a su hija, María Isabel Guerra, la primera esposa del escritor, aquel respondió "con los dedos", pues era concertista de piano, y se echó a reir. La respuesta no fue bien tomada por la familia de María Isabel, que empezó a llamarlo "el desquiciado”, “el desequilibrado", pensando que no sería un esposo y padre responsable. 

Con relación a Pizarnik, al hecho de ser rebelde en un mundo proyectado para hombres se añade su extremo descuido con la imagen física, lo cual es interpretado por la sociedad como “falta de madurez”. Dice ella: “Las miro o mejor dicho no las miro porque yo cuando camino no miro nada ni a nadie, sino que las intuyo o las veo de alguna manera, y sólo yo sé cuánto y cómo me fascinan los rostros bellos, y qué culpable me siento, inexplicablemente, de andar con mi ropa vieja, toda yo desarreglada, despeinada, triste (…)”, (Pizarnik, 2003).

Desafortunadamente, la actitud y la visión anticonvencional de las vidas y las obras de artistas como Hernández y Pizarnik tienen como resultado la incapacidad de estos autores de mantenerse económicamente a través de sus creaciones, teniendo en cuenta que la sociedad vincula el éxito, la popularidad y la productividad con logros económicos. En el caso de estos escritores, no hubo tal logro, pero sí son considerados íconos exitosos a través de su forma de escribir, su unicidad.

Ser visto a través de este lente negativo de la sociedad puede llevar a una autopercepción fragmentada y melancólica. Muchas veces, ese sentimiento lleva a la autodestrucción, a la mutilación, ya sea física o psíquica, consciente o inconsciente. La auto-desaprobación es automática, combinada con una gran dosis de ironía. Podemos notar esta peculiaridad en ambos autores.

Es cierto que tanto Pizarnik como Hernández son vulnerables a la vida, en una sociedad con innumerables reglas. Esto se nota en las eternas dualidades: “actividad/pasividad”, “realidad/fantasía”, “salud/enfermedad”, es decir, la unicidad del lenguaje en una sociedad que tampoco acepta maneras distintas de escribir y que exige a los autores lo que se conoce por “tradición poética europea”. Estos modos  sociales de pensar también tienden a imponer una “escuela” en el sur sobre realismo, a la que no se puede llamar de “sur realismo”, sino de “realismo sur”. De este modo, se ve el lenguaje de ambos autores localizado, regional, incluso cuando sus obras no tienen exactamente una localización, pueden bien ser universales. Como afirma Pablo Rocca (2000): “Felisberto se forma en este contexto: campo y ciudad, vanguardia y criollismo, realismo y formas de lo fantástico, modernización y conservadurismo. Su obra circuló, originalmente, de un modo en extremo marginal”. 

Asimismo, Pizarnik se identificó como nómade, eligió como “su lugar” París, donde creía sentirse más “como sí misma”, como escribe en Diarios (edición 2013):“Por mi sangre judía, soy una exiliada. Por mi lugar de nacimiento, apenas si soy argentina (...). No tengo una patria. En cuanto al idioma, es otro conflicto ambiguo. Es indudable que mi lugar es París, por el solo hecho de que allí el exilio es natural, es una patria, mientras que aquí duele.”

Felisberto tenía padre español y, al igual que Pizarnik, vivió en París desde 1946 hasta 1948. Escribió sus textos sin una identificación particular con un lugar o tiempo específicos. El lector puede leer y sentir como si el autor estuviera en cualquier lugar, esa es una de sus características. 

En el caso de Pizarnik, las batallas internas y externas que tenía con la dualidad lenguaje narrativo/poético y género, la llevan a colocarse como objeto de su obra. Felisberto escribe de manera distinta, a pesar de que se coloca en la mayor parte de sus obras, nunca se (de) muestra como el propio objeto.

Si consideramos que las elecciones que se toman determinan el propio entorno, significa que una persona es el resultado de lo que hace. Felisberto y Pizarnik, con sus elecciones, construyeron su propia realidad, expresándose con otras formas, a través de sus sentimientos escritos. Ambos escritores sacuden las (in)certidumbres de los lectores. 

Pizarnik tenía la etiqueta de desquiciada, mentalmente desequilibrada. Felisberto, con la inquietante excentricidad cotidiana, con su originalidad, también puede verse como desequilibrado a través de sus personajes fragmentados. Todo lo que se percibe “diferente” al orden establecido socialmente conlleva esa conclusión: son los “desequilibrados” quienes desafían al orden, siendo originales y únicos.

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