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Del terremoto en San Juan a Eva Perón

Félix V Lonigro

POR Félix V Lonigro SEGUIR
15 de enero de 2020

15 de enero de 2020

Eran las 8,48 hs. del 15 de enero de 1944: en 25 segundos un terremoto destruyó la ciudad de San Juan. Fue el peor desastre natural ocurrido en la Argentina y uno de los peores producidos en América. Las vibraciones del fenómeno, que provocó casi diez mil muertos, se hicieron sentir hasta en Buenos Aires, que está a 1006 kilómetros de distancia en línea recta, de la capital de la provincia.

          En ese momento la Argentina era gobernada por el presidente de facto Pedro Pablo Ramírez, de cuyo gobierno Juan Domingo Perón formaba parte como Jefe del Departamento Nacional de Trabajo, que luego se convertiría en la Secretaría de Trabajo y Previsión Social. Desde ese cargo Perón se hizo popular, y el terremoto referido lo ayudó a posicionarse políticamente, utilizando el departamento que dirigía como centro para recibir alimentos, ropa y dinero, con el objetivo de ayudar a las víctimas sanjuaninas. El emblemático Perón, entre otras cosas, pidió a los actores y actrices del país que colaboren en la recolección de fondos, organizando presentaciones artísticas para tal fin.

            Libertad Lamarque, Blanca Podestá y muchas otras figuras, algunas de renombre y otras de menor envergadura, acudieron al llamado. Pues entre esos otros personajes artísticos de menor envergadura, había una joven y veinteañera actriz, oriunda de Los Toldos, llamada Eva Duarte.

          El 22 de enero de 1944 se llevó a cabo, en el estadio Luna Park, una función de gala a beneficio de las víctimas del terremoto. Allí fue cuando se produjo el encuentro de los integrantes de la pareja más influyente en la vida política del país. Los siguientes ocho años y medio los encontrarían definitivamente juntos.

            Eva Duarte había nacido el 9 de mayo de 1919; era la quinta hija de Juana Ibarguren y Juan Duarte, quienes eran concubinos. Juana había sido empleada en la estancia que Duarte tenía en Los Toldos, y si bien Juan reconoció a todos los hijos que tuvo con Juana, a la vez  mantenía su familia legal en Chivilcoy. Pero la situación económica de Juana se tornó muy angustiante cuando Juan Duarte perdió la vida en un accidente automovilístico ocurrido en enero de 1926. A partir de entonces a Juana comenzó a resultarle muy difícil mantener a sus hijos en Los Toldos, motivo por el cual, en 1931, decidió instalarse en Junín, ciudad en la que pudo aliviar sus dificultades económicas.

          Mientras tanto Eva era una adolescente que soñaba con ser actriz. En 1935, con ese sueño a cuestas, teniendo apenas quince años de edad y de la mano de Agustín Magaldi (un popular cantante de tangos), viajó a Buenos Aires a probar suerte. En esos nueve años previos al encuentro con Perón fue intentando crecer en su actividad artística, haciendo algo de teatro, probando con el cine y aceptando cualquier “papel” que le ofrecieran; pero Eva no despegaba; no pasaba de ser una actriz mediocre a la que le era difícil destacarse en su actividad.

          Así fue la vida de esta, por entonces, ignota adolescente, hasta que llegó aquella mágica noche del 22 de enero de 1944. Como lo adelanté, el Luna Park fue el escenario del encuentro promovido por el entonces Director Nacional de Correos y Telégrafos, Aníbal Imbert, funcionario que presentó a quienes serían los protagonistas políticos de la década siguiente en la Argentina.

Desde ese instante la vida de Eva cambió para siempre. Artísticamente se le abrió un horizonte laboral promisorio y hasta se dio el lujo de mantener una ácida disputa personal con la gran Libertad Lamarque, quien al poco tiempo desapareció de las pantallas argentinas. Políticamente, como primera dama del presidente Juan Domingo Perón, se convertiría en un enorme polo de poder. Sin embargo su vertiginosa vida se apagó a los 33 años de edad, como consecuencia de un cáncer de cuello de útero con metástasis agresivo. Fueron apenas ocho años de una carrera política meteórica, pero que dejaron una huella profunda en el escenario político de la Argentina

          En efecto, otro día de enero (el 9), pero del año 1950, había casi cuarenta grados de temperatura en la agobiante Buenos Aires. El programa de actividades de Eva Duarte, ya por entonces casada con el presidente Juan Domingo Perón, incluía concurrir a la inauguración de la sede del sindicato de taxistas. Así lo hizo, pero en pleno acto sufrió una descompensación a raíz de un fuerte dolor en la ingle.

          El entonces ministro de Educación, Dr. Oscar Ivanissevich, la revisó y diagnosticó apendicitis aguda, motivo por el cual la intervino quirúrgicamente el 12 de enero de 1950, en el Instituto Argentino de Diagnóstico, estando presente en la cirugía el mismo Juan Domingo Perón.

          La sorpresa de los médicos fue grande cuando advirtieron que la paciente no tenía su apéndice inflamado, sino algo más grave. Ante la novedad decidieron explorar el abdomen abierto de Eva Duarte, después de lo cual concluyeron que podía existir un cuadro cancerígeno.

          Evita fue dada de alta, pero la orden emanada de las autoridades nacionales era informar que la operación había sido un éxito. Sin embargo, a raíz de la presunción que se tuvo luego de la intervención quirúrgica, Ivanissevich le pidió a la Sra. de Perón que se sometiera a una nueva revisación para confirmar el diagnóstico (que luego se le ocultó a la paciente), y eventualmente proceder a una urgente operación de útero. La posibilidad que ese fuera el diagnóstico real era alta porque la madre de Evita, Juana Ibarguren, padecía el mismo mal, y está comprobado científicamente que el cáncer es susceptible de ser hereditario.

  “Usted a mí no me toca porque yo no tengo nada. Lo que pasa es que me quieren eliminar para que no me meta en política, pero no lo van a    conseguir”

          Eso fue lo que Eva le gritó al desconcertado Ivanissevich, al tiempo que le propinaba un soberbio carterazo. Cuatro meses más tarde el médico renunciaba a su cargo de ministro de Educación como consecuencia del maltrato al que comenzó a ser sometido por parte de la primera dama y su entorno.

          En el más estricto secreto, el nuevo ministro de Educación, Dr. Armando Méndez (también médico), le requirió la opinión a un prestigioso ginecólogo, el Dr. Jorge Albertelli, a quien en la Casa de Gobierno se le mostró la biopsia realizada al tumor de Eva Duarte, de la que se desprendía que la paciente presentaba un cáncer de cuello de útero con posibilidad de metástasis a distancia, verificándose la existencia de células enfermas que se reproducían a ritmo acelerado y que ya habían alcanzado e invadido la vagina, los ganglios y la pared pelviana.

          Analizados los estudios, el Dr. Jorge Albertelli le dijo al Gral. Perón:

  “Lamento mucho ser el vocero de noticias que le han de resultar penosas, pero me veo obligado a decirle la desencarnada verdad que Ud. debe conocer en su carácter de esposo y Jefe de Estado, en lo referente a la salud de su esposa”.

          Se inició entonces un tratamiento de cien días que se puso en conocimiento de la paciente, pero ocultándosele la palabra “cáncer”; mientras tanto, para el pueblo, la salud de Eva evolucionaba a las mil maravillas. Sin embargo era tan imperiosa la necesidad de negar la verdad, que lo que el elenco gobernante quería, era escuchar a un médico que informara lo que se deseaba creer: que Albertelli estaba equivocado. Por eso, en el máximo secreto se convocó a un médico de EE.UU., el Dr. George Pack.

          El galeno norteamericano confirmó la hipótesis del Dr. Albertelli, y por eso se decidió que ambos, en forma conjunta, intervinieran quirúrgicamente a Eva, sin que ella supiera de la presencia del médico norteamericano.

          La operación se llevó a cabo en el Policlínico Presidente Perón, en Avellaneda, cuyo director era el Dr. Ricardo Finochieto. Del resultado de la operación surgió que el cáncer de Eva Duarte había hecho metástasis y que las células tumorales habían llegado, a través de los vasos sanguíneos, a los ovarios, con lo cual era esperable que el mal se ramificara más aún y a toda velocidad, sobre todo teniendo en cuenta la juventud de la paciente.

          En medio del drama se desarrollaron las elecciones presidenciales para el período 1952 a 1958, en las que las mujeres votaron por primera vez, merced a la ley 13.010 que la misma Eva había impulsado cuatro años antes, y que el Congreso de la Nación sancionara en el año 1947.

          Los días que siguieron fueron un calvario para la esposa del presidente: pérdida de peso, dificultades respiratorias y dolores en el pecho. El cáncer había llegado al pulmón y en breve terminaría devorándola.

          El 26 de julio de 1952, un mes y medio después de que Perón asumiera su segunda presidencia, la primera dama fallecía en el crudo invierno de Buenos Aires. La intrépida joven había vivido apenas 33 años de edad. Si cuando después de haber sido operada por un supuesto cuadro de apendicitis, Eva Duarte hubiera aceptado el diagnóstico que de allí surgió, y seguido los consejos del médico ministro que la operó (Dr. Ivanissevich), tal vez hubiera podido vivir varios años más, tal como ocurrió con su propia madre Juana Ibarguren, quien con la misma patología sobrevivió a su hija casi veinte años, falleciendo el 11 de febrero de 1971, a los 77 años de edad.

          Pero claro, después de haberle hecho la primera operación, creyendo que se trataba de una simple apendicitis, el Dr. Ivanissevich había tenido la “osadía” de diagnosticar un cáncer en una persona a la que se creía proveniente del Olimpo. Lejos de aceptar la realidad, que no podía ser tal frente a la omnipotencia de la paciente, se optó por remover al desdichado médico de su cargo de ministro.

          Paradójicamente fue el mismo Perón quien divulgó hasta el cansancio aquella frase que acuñara el magnífico filósofo Aristóteles, y que luego también utilizara el filosofo alemán Imannuel Kant: “la única verdad es la realidad”. Se advierte que ni el mismo Perón creía en los apotegmas que recitaba. Efectivamente, contra la realidad no pueden, ni siquiera, los que han caído en el engaño de creer que están por sobre la muerte misma.

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