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Es junio en el refugio

Miguel Montoya Jamed

POR Miguel Montoya Jamed SEGUIR
23 de julio de 2020

23 de julio de 2020

Es junio, mediado de mes y aquí cerca del río el frío es mayor o se siente más por la intemperie que rodea a la casa. Los vecinos están distantes. Bueno, así es desde antes, remarco esto porque “distante”, ahora dispara sensaciones diferentes. En las zonas rurales es posible lo distante entre las casas vecinas, y eso sólo es un poco más de silencio, un poco de espacio para la huerta y un poco más, para la comodidad de los animales. Lo distante al otro, no era la protección por alguna amenaza de alguna peste o enfermedad desconocida. Tal vez, sería sólo una pretensión pequeño burguesa de los que regresábamos de la ciudad a habitar algún espacio con más árboles, con más Sol sobre los cuerpos, y con mayor disposición del silencio. Y hablábamos de “refugio”, porque, entonces, la mudanza era una, pequeñísima, diminuta, acción en contra del sistema.

A cuatro o cinco cuadras hacía el noreste, cruzando la calle, con boulevard, que va y viene de la ciudad, ya está la orilla del río, por la que se puede caminar, en verano pasear descalzo, y por ahí, cruzar el cauce con los pantalones, para no mojarlos, arremangados, apenas, pasando la rodilla. Eso es: la casa, cerca del río, y con un vecindario esporádico. En la casa, durante estos meses del año, la comodidad está asociada a la leña encendida en el fogón y a las estufas eléctricas de las habitaciones. El invierno le fortalece el carácter de “refugio” a la casa, y si sale el Sol, también al jardín que la rodea. El piso está colmado con las hojas, amarillas, de los árboles, que señalan que es época de quietud, y que el otoño no espera ningún veintiuno para cruzarse con el invierno. Pero ahora, desgraciadamente, vale más, lo que digo de “refugio”, ahora lo siento como “refugio” ……sí, con otro carácter. Y con toda la confusión, mezcla de temor, abundancia de dudosa información, turba de negadores manifestándose en las calles en un estúpido ejercicio de política partidaria, seguramente con el miedo simulado en las pancartas, sin darse cuenta que son movilizados por ese miedo y buscando “seguridad”, nombrando un responsable por ese sufrimiento que les radicaliza el reclamo. También fortalezco lo de “refugio en contra del sistema”. La ignorancia enarbolada por la turba manifestante, es la expresión del sistema. Del capitalismo que al “Hombre” lo obnubila con el cálculo y la acumulación, que contrata las inteligencias como personal de servicio, y para el que la vida es vida, sólo, en el seno del mercado. Mercado que los esclaviza, a estos a-gentes que sobreviven recogiendo las migajas que les sobran del banquete de los dueños de los laboratorios y de la industria farmacéutica, de los gurús de la tecnologización de la cotidianeidad, de los que mandan pasajeros al espacio buscando otros dominios, de los que hacen la guerra por el poder, por el petróleo y por el agua, los gerentes de las sectas que invaden y matan hombres y mujeres en el Pueblo Palestino y en otros pueblos… esa in-humanidad es “el sistema”.

He anunciado derivados de “refugio”, he anunciado algunas de sus provocaciones… el “Hombre” es el Tiempo… el Presente es inextenso…

¡Qué soledad… me seduce el Misterio de la Vida…  

Sí, mi casa cerca del río, con toda la intemperie que la rodea, es un “refugio anti-sistema”.  Desde hace cuatro meses el marco de seguridad, que construí en el lugar que decidí vivir, se me ha constreñido al perímetro de la casa. Hay un otoño y un invierno con pandemia, entonces hay una inquietud, que cada tanto se asoma por debajo del silencio para incomodarme. Un “refugio”, entonces: tiene una asociación, un nexo con la urbanidad que llevo encima, eso es en las marcas de mi carácter, en algunas de mis costumbres y la necesidad de volver a caminar por la ciudad, cada tanto.  Esa urbanidad construida en otra cotidianeidad, con el trabajo, con los amigos, con una comunidad en la que esa cotidianeidad se iba configurando, aun aquí, cerca del río, se muestra en mi oficio. Hace unos meses, aquella urbanidad, a la que yo volvía, cada tanto, a caminar las calles, a comprar un libro, a la media mañana quedarme en el café con un amigo o a escribir o leer, un día quedó en suspenso. Desde entonces, todo está en suspenso, aunque yo lo simule, a veces, aunque de a ratos yo lo olvide, a veces. Cuando en las noches me dispongo a dormir, se me presenta ese suspenso en apariencia de vacío, como si el otro día fuese a ser una jornada de espera, espera que, en las noticias de los diarios, que leo por internet, y después un noticiero de la televisión al medio día, tengan una o dos noticias de expertos, que digan que esta amenaza se debilita, que esta amenaza termina. Entonces, para fortalecer las sombras, me llevo a la cama, parte del argumento de lo que estoy escribiendo, sólo me ocupo de eso, y lo voy componiendo hasta que me lo diluye el sueño, y si me despierto después de algunas horas, suelo retomarlo. Cuando amanece es diferente, después de caminar hay que hacer algunas cosas en la casa y después tengo que escribir y tengo mis lecturas necesarias, así fue siempre, y ahora esa necesidad se profundiza. Día a día mi urbanidad sólo está en mi oficio. Claro, aquí en el pueblo, por algún prejuicio que puso sólo en la ciudad a la tarea de escribir. Ahora, también en la ciudad, las tareas están metidas en las casas. Me detengo frente a la pantalla de mi máquina de escribir, donde estoy contando algo, sigo las imágenes, necesito ir detrás de ellas porque en su caminar no hay límites. Y voy por la profundidad del texto, a veces solo, a veces detrás de alguno de los personajes que habitan mi relato. No es una fantasía que me sirva de placebo, eso que hay ahí es ficción. Siempre fue necesario, por saludable, leer ficción. Hay que leer ficción. Esto, lo digo pensando en las épocas de “normales” desasosiegos y confusiones, provocados por las propuestas del poder político y del poder económico, que atraviesan el suceder de la cotidianeidad de los hombres y mujeres que la hacemos. La ficción es un cobijo, es un amparo. Nos proporciona tranquilidad y hasta puede mostrarnos un criterio exterior de comparación, de crítica para nuestro modo de vida. O tal vez, nos muestra: un mundo alternativo completo, un mundo soñado para descubrir los rasgos del mundo en el que habitamos. Y, ahora, en esta época de amenaza y de tal conmoción por lo inexplicable, es más saludable. Ahora, cuando no tengo donde poner comillas similares a las que puse anteriormente, porque lo que no tenemos es la normalidad. Ahora, cuando necesitamos alivios, sosiegos y no confusiones. No confusiones porque ya no nos caben, seguramente. Siempre estuve a salvo cuando escribo. Mientras tanto no hubo amenazas, no hubo dolor por mi Ser-en-el-mundo. Ahora el refugio, que me protege de no renovar la urbanidad, de esa sensación de espera, de la incomodidad que se asoma, de la incertidumbre inmediata, de los miedos y que me pone a salvo, está en la prosa, o en el poema, o en la novela que retomo, en la ficción que leo. Siempre hubo un tránsito entre la ciudad y el lugar donde vivo, entre otras ciudades y el lugar donde vivo. Ahora, nadie sabe si lo hay. Y el “no saber” de ahora es la sumatoria de muchos “no saber”, que se van adhiriendo, que se van pegando al no saber de lo que amenaza, al no saber hasta cuándo. Miro por la ventana, y el tránsito es escaso. Pero, ¿quién es el que pasa? ¿Quiénes son esos que hablan? El otro es la amenaza ahora miro por la ventana. Cuando leo, me seducen, especialmente, el relato de las relaciones, la descripción de los lugares con gente. Me detengo, me voy detrás, a mirar de cerca esas imágenes… similares a las de antes. Me seduce el diálogo de cerca y el tocarse las manos de los personajes. El caminar juntos. Me detengo en la amistad de cerca, de los personajes… leer ficción, ahora es más saludable.

Miro por la ventana, y juego con las distancias. Grito, “río”… río”… Me seducen las actitudes de niños que tenemos los grandes… río… río…

Cada casa es un “refugio” contra la pandemia…

Es posible refugiarse del sistema.

¿Cómo construyo un refugio en contra del sistema?

¿Dónde construyo un refugio en contra del sistema?

Hago una pausa, llevo el mate en la mano y miro por la ventana… juego con las distancias, en el lugar hay cientos o miles de pájaros, van y vienen, de a pocos, cada tanto, comen en mi jardín… vuelan, los pájaros no envejecen…

Miro por la ventana y grito… río… río…

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