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Los tuyos y los míos

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

Mons. Jorge Lozano

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19 de enero de 2020

19 de enero de 2020

Hay preguntas ante las cuales nos cuesta encontrar las respuestas adecuadas. A veces porque se corresponden con situaciones difíciles de explicar. Otras porque por más que entendamos la situación, el cuestionamiento obedece a misterios muy hondos del espíritu humano.

Ante los interrogantes más profundos no hay respuestas de manual. Cuando somos visitados por el dolor, por la muerte de alguien muy cercano, por la enfermedad incurable de un niño… nos quedamos sin palabras, y nos damos cuenta de que decir algo a medias empeora las cosas. ¿Qué palabras podemos expresar ante el sufrimiento del inocente?

Algo semejante podemos experimentar ante la felicidad, el reconocernos amados, una vida nueva que empieza en la familia, un hijo que regresa a casa después de larga ausencia.

Sea por la alegría o por el dolor, comprendemos claramente que no llegamos a expresar con palabras lo profundo de una experiencia. Por eso nos animamos a decir que cada ser humano es un misterio. La luz de la fe nos mueve a la oración que busca crecer en comunión con Dios y solicitar su consuelo.

En algunos momentos nuestra plegaria se hace apenas un suspiro, como una exhalación que pobremente puede balbucear a modo de oración un “Dios mío” con lágrimas en los ojos.

Varias experiencias de estas las he palpado en los santuarios, lugares sagrados en los cuales los hombres y mujeres de fe, a veces quebrados por la vida, experimentan el alivio de la mirada tierna de Dios en los ojos de Jesús Crucificado, la Virgen María, o alguno de los Santos.

Como si allí resonara el Testimonio de Juan el Bautista señalando a Jesús: “Ese es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Yo vi al Espíritu Santo descender del cielo y permanecer sobre Él”.

Juan señala el camino, da testimonio. Se involucra, no desarrolla una teoría y menos una hipótesis… “Yo lo he visto y doy testimonio de Él.”

¿Qué significa esto? Qué Jesús es la respuesta a los interrogantes más profundos de la humanidad. Acerca de la vida y la muerte, el dolor y el gozo. No siempre es una respuesta verbal y mucho menos instantánea. No es un concepto expresado en una frase; es una persona. A veces viene por medio de amigos o anónimos que nos confortan o nos dan palabras de aliento y sus oraciones. En otras oportunidades es una sensación de paz interior en medio del desasosiego. Recuerdo una canción que dice: “Hay momentos que las palabras no alcanzan…”.

Volvamos, para concluir, al título de esta columna. Cuando en la oración del credo rezamos que Jesucristo descendió a los infiernos, sabemos que se refiere también a que llega a tocar los infiernos de toda la humanidad, y por eso, los nuestros de mayor sufrimiento. Tus infiernos. Mis infiernos. Los de todos. ¿Qué se dice ante el dolor del hermano? Poco, casi nada. El otro te habilita a decir algo si sos capaz de descender con él a sus infiernos y hacer desde allí un camino juntos. La respuesta es decir claramente “aquí estoy”. Sin esa disponibilidad de cercanía que nos arrime al misterio personal, cualquier palabra que digamos, incluso una cita bíblica repetida de memoria, puede sonar hueca, vacía, hasta irreverente.

El dolor del inocente (¿y quién no lo es después de la Pascua?) guarda un misterio que solamente se esclarece desde la oscuridad del Viernes Santo (el sufrimiento del inocente) y la luz de la Resurrección, el triunfo de la vida. Dolor del Hijo y del Padre, amor del Espíritu Santo derramado. La vida nueva.

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