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Segunda Dosis

(Compartir mis escritos, tiene el carácter de la historia que en “El libro de los abrazos” cuenta Galeano, en "La función del Arte/1", cuando el niño, ante la inmensidad del mar, dice: - ¡Ayúdame a mirar! - )

Miguel Montoya Jamed

POR Miguel Montoya Jamed
19 de julio de 2021

19 de julio de 2021

Una multitud o un pueblo o una muestra de todos los mundos o la representación de la intersección de todos los mundos de la Tierra, o sea “la Mundaneidad” total y absoluta. Hombres, los buenos y los malos, los zurdos y los diestros, los diversos y los homofóbicos, los carnívoros y los vegetarianos, los mudos y los que tienen incontinencia oral, los atceteras y los solipsistas…  Mujeres, las buenas y las malas, las zurdas y las diestras, las diversas y las homofóbicas, las carnívoras y las vegetarianas, las mudas y las que tienen incontinencia oral, las atceteras y las solipsistas…  a la diestra de algún señor las protegidas y los protegidos y en lo que queda de la libertad, los y las que llevan una Utopía.

Pero nada de esto se distinguía, no llevaban señales ni distintivos y los que los tendrían habían ocultado sus tatuajes. No había “onda” para las caricaturas. La cumbre de la sensación estaba en un solo pinchazo…  un orgasmo con la “única posibilidad”, volátil, de aspecto inaprehensible, lejana y sorprendente. Sorprendente cuando llega, multisexual o necesariamente indefinido en los manuales, atemporal, como si demostrara que la edad es esa mierda de torta con velitas inventada por los que no tienen mucho que hacer, por los que no son creadores y la Vida les va por etapas, por fines y carreras. Etérea, con el sexo Infinito…  como quiera, y como necesite sentir, el que se desnuda en público, que hace más de un año, tiró su ropa al fuego de Heráclito, y después corretea con su sexo y su coraje y sus miedos y su aprehensión a sus vigilias y a sus sueños, estados atados unos con otros en cadena, y lo único que muestra esa desnudez es el hombro de uno cualquiera de sus brazos, “el que usted prefiera” “relájelo” “vuélquelo hacia el costado” “respire profundo”, y la multitud desnuda corretea a los gritos diciendo “muerte puta” “muerte puta”, morite muerte de mierda, “que muera la muerte como dijo Joaquín Sabina”. O, en el otro extremo del comportamiento de Oliverio, el Poeta, en “El lado oscuro del Corazón” que lo coqueteaba una muerte sexi hermosa, con la que no “hacia el amor” porque él prefería “las mujeres que supieran volar”. Pero esto de Oliverio es ficción, una hermosa película de Eliseo Subiela, y lo que yo cuento, y que existe porque lo escribo y porque estuve ahí, y tengo la experiencia…  para diluirla en aleatorias preguntas sin respuestas, es realidad, realidad de mierda. “Aleatorias”, porque hace mucho que son las mismas, desordenadas, que se intercambian. Realidad estúpida de mierda…  con todo lo que tenemos que amar, si…  con todo lo que, aun, tenemos que amar, y con todo lo que, aun, tenemos que soñar. Y…  nada es nada…  inaprehensible la nada como lo es el absoluto…  entonces: esto es “ni nada” …  .una multitud o un pueblo o como una muestra la proximidad de mi pueblo o como una muestra de la “Mundaneidad” que tiene mí Mundo, y similar de perturbada es la “Mundaneidad” de todos los Mundos de todos los hombres y mujeres de la Tierra. Todos con un tranco similar, de espera de algo, que no es “algo”, porque esperamos si es que esperamos, lo que tuvimos y tenemos en el Inconsciente, en la Palabra, en la geometría de las manos, en la humanidad, con el rostro de ir yendo hacia “el tal vez” ¿cómo o voy a saber que eso nos hacía mover los pies y hasta simular una sonrisa? En esta multitud, y camino detrás de un hombre que conozco desde hace mucho mucho tiempo, es mi amigo, fuimos juntos unos años a la Secundaria, sólo eso: ni la misma edad ni parecida ni virgo ni sagitario ni fiestitas de cumpleaños, voy detrás de él y no le hablo ni me habla, yo no quiero hablarle a nadie y él tal vez no quiere hablarle a nadie. Caminamos y llevamos adentro la Palabra para cada uno solo. No quiero poner en voz alta ni un diptongo ni un adverbio, no llevo picos de euforia en los que podría gritar “cerro” “cerro” o “viva Perón carajo”, que son gritos metafóricos, y los grité mil veces, unos en el solipsismo de algún paseo en la montaña y el otro apedreándonos con los milicos hijos de puta cuando nos ocupaban las calles, las plazas y los libros…  lo veo al Tito, va delante mío, con su cabeza casi blanca, las cejas gruesas, con la ropa ajada y adentro una bondad que reconozco en su mirada, la misma de antes…  no tengo picos de euforia, llevo tristeza, mi tristeza…  Mi hijo mayor fue a buscarme , lo veo y levanto una mano, me ríe…  Vi su risa acompañante en sus ojos, porque todos llevamos medio rostro tapado de martirio o, puede ser de una vergüenza de mierda que nos achacamos por tanto hijo de puta que sostiene el capitalismo, o es por miedo a contagiarnos de lo inexplicable, de lo absurdo…  para que mierda tanto ensayo con la inteligencia de hombres y mujeres, la academia y las teorías…  tanta inteligencia de hombres y mujeres alquilada, conchabada, esclavizada…  No llevo picos de euforia llevo “mi tristeza” en la carne, se me anuda en la garganta. Tengo la imagen nítida, con detalles de ellos adelante, voy a dos o tres trancos del Tito, no quiero que me hable, ni él ni dos mujeres que me conocen y llegaron de vestido largo y tacos altos, como si esta ronda absurda de la desnudez fuese un festejo con alfombra y vino tinto, hablaban con ademanes y miraban a sus alrededores, yo estaba ahí y me puse contra una pared para esconderme. Nadie hablaba con otros. Bueno, también había imprudentes, como esas mujeres vestidas de cumpleaños. Mi esfuerzo fue evitar saludos y reconocimientos. “Borrar la historia personal”, como le dice Don Juan Matus a su discípulo Castaneda. Eso es, no llevar la carga de pensamientos ajenos. No estar en los reflejos hechos por alguien. Soy el que soy. La incompartible singularidad. La “Singularidad” en su concepto. Del mismo modo, iban todos…  pienso. Me distraigo y puedo describir algunas ropas llamativas, para aliviar el tedio de la espera cuando la marcha de la multitud se detenía, la desnudez de los cuerpos no era llamativa, se difumaba confundida, y como un juego se tapaba con el verde de los árboles. ¿Dónde vamos todos? …  ¿Dónde íbamos todos? Tal vez, ahora mismo, en este instante que escribo, ahora mismo en este instante que lees, hay una dispersión de la multitud, espantada por la angustia, por el miedo, por la negación. Unos hacen canje de una duda por una alegría espontanea, doméstica y asustada. Y eso no está mal, está bien. Si no ¿cómo hacemos con el encuentro del Devenir? …   “Devenir”, ¡Que concepto precioso, inherente, indispensable, primitivo, vital…! Bueno: refiere a la Existencia, por lo tanto: refiere la Manifestación de la Vida. Todos completamente desnudos, sin una pizca de pudor, todos con la desnudez concentrada en uno de los hombros.  Vuelvo a caminar detrás, no al último, detrás, de una multitud de hombres y mujeres, no amontonados, ni indiferentes…  Caminamos ¿desde dónde? …  ¿hacia dónde? …  aquí en esta ronda que ronda y rondara no sabemos hasta cuando, fuimos convocados…  El amanecer nos convoca a la salida del sueño, que es una convocatoria a movimientos, alegrías, penas, dudas, risas, llantos…  todo lo que hace la  Vida. Y luego, la noche nos convoca al sueño y a los Sueños, a esa estadía en el Inconsciente…  Los Sueños que son indispensables para estar vivo. Había comentarios y mujeres preguntonas…  talvez para aliviarse. Los hombres no hablaban, no preguntaban…  seguramente porque tenemos más miedos que las mujeres que pueden parir. Tenemos una debilidad masculina en la exposición del dolor y de lo contingente. Por eso: sólo hay “Madres de Plaza de Mayo”, “Abuelas de la Plaza…  ” “Madres del paco… “ Las mujeres salieron a la calle y rondaron la Plaza, exigiendo y confrontando a los asesinos de lesa humanidad de la dictadura criminal, y los padres de los hijos de aquellas Madres , murieron de tristeza.

En la multitud que caminé esa mañana, los hombres no hablaban ni preguntaban…  si el Tito o alguien me hablaba, solo le hubiese respondido un movimiento de cabeza o le adelantaba la palma de una de mis manos. Que nadie me salude, ni me muestre simpatía por algo que yo les represente. Que usen la simpatía que les salga de ellos, del interior, aun, de alguna de sus costumbres, de su educación democrática, o de restos que tengan por ahí, en alguna necesidad sociable, pero que no me comprometan. Que no me asocien su parecer de mi…  eso: que no se acerquen ni me pregunten. Voy detrás de esta multitud, igual de agachado, por el fastidio del martirio y la extrañeza. Por mis hermanos hechos haciendo la Vida, tengo tristeza y extraño su proximidad, tengo nostalgia y lloro por la ausencia de sus abrazos…  Pero, ahora vamos yendo en una multitud comunizada y convocada, susurrada y convocada…  

Segunda dosis…  segunda dosis…  no lo grito, lo pongo en un murmullo, lo rumeo, llegó a mi casa y lo decimos casi a coro con mi compañera…….”segunda dosis”, ella lo reafirma y yo lo digo como una conclusión…  ¿hacia dónde vamos? Y ¿hasta cuándo?

¿…Cómo una conclusión...? Segunda dosis.

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