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Vencer el miedo y la vergüenza

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.

Mons. Jorge Lozano

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31 de mayo de 2020

31 de mayo de 2020

Las situaciones de injusticia persistentes en el mundo están relacionadas con el abuso de los poderosos. El uso de la violencia, las amenazas, las complicidades con grupos de presión, el soborno, son sus metodologías para impedir los verdaderos cambios que hacen falta en el Planeta.

Esto que podemos señalar a nivel global, sucede en los diversos niveles de las relaciones humanas. Muchas veces me he preguntado si los mayores impedimentos para tener un mundo mejor no son el miedo y la vergüenza. Y me parece que sí.

El miedo nos paraliza y nos impide decir y hacer lo que corresponde. Nos atemoriza el riesgo de perder el trabajo, ser descalificados, que suframos consecuencias nefastas. Nos sumerge en el silencio, la ceguera y la sordera, como la representación gráfica de los tres monos. Martín Luther King, Pastor Bautista asesinado en abril de 1968, decía: “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”.

El poder mete miedo y, a menudo, la desproporción de fuerzas acobarda. Preferimos el dicho “soldado que huye sirve para otra batalla” en lugar de jugar el pellejo y “poner toda la carne en el asador”.

Otro gran impedimento asociado al primero es la vergüenza de hacer el bien. Se nos puede presentar en el momento de ayudar a un compañero que viene atrasado, dar una limosna, o cruzar la calle a una persona no vidente. Solemos mirar para varios lados para constatar que nadie nos está mirando. Nos cuesta la espontaneidad de una respuesta que surja del corazón si no es cuidadosamente analizada por la razón. Nos quita la pasión, la cual es ofrecida en sacrificio en el altar de “la razonabilidad”, la sensatez, la conveniencia.

Tal vez por eso nos conmueven los testimonios de personas capaces de vencer ambas barreras. Pensemos en los Santos que con valentía derribaron los obstáculos que enfrentaron y fueron asesinados pero no callados: los mártires. También los que apasionadamente (desvergonzadamente) entregaron su vida para dar testimonio del amor de Jesús, como San Francisco de Asís, Santa Teresa de Calcuta, el Cura Brochero, Mama Antula.

Hombres y mujeres que no se achicaron. Y tantas otras personas que conocemos, a los que el Papa llama “los santos de la puerta de al lado”, testimonios bien concretos y cotidianos. Lo constatamos aun en personas de otras religiones o no creyentes que manifiestan en la vida jugarse por la verdad, el bien, la vida. Lo comprobamos en las respuestas creativas y audaces a los sufrimientos provocados por la Pandemia en diversos lugares del mundo.

Este domingo celebramos la Solemnidad de Pentecostés, la Gran Fiesta del Espíritu Santo.

En la Biblia se lo representa con varias imágenes que nos acercan a comprender su obra: agua, viento, fuego… Son maneras de mostrar la potencia, la fuerza su impulso. La Pascua de Cristo es el momento de la efusión del Espíritu.

Nos dice el Evangelio de San Juan que en el atardecer del mismo día de la Resurrección Jesús se apareció a los discípulos, los cuales estaban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Les dijo “¡La Paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “reciban el Espíritu Santo…” (Jn 20, 21-22). Sabemos que a partir de esa efusión del Espíritu los Apóstoles salieron por todos los lugares posibles a predicar sobre Jesús, y a dar testimonio de su Muerte y Resurrección. No desapareció el miedo como por arte de magia, sino que fueron fortalecidos para responder a los desafíos que se les presentaban. Debían renovar cotidianamente la confianza en la presencia de Jesús que los sigue acompañando con la fuerza que Él mismo había enviado.

Tan importante es esta fiesta que también se la llama Pascua del Espíritu Santo. Ese mismo Espíritu es derramado en todos nosotros desde el día de nuestro Bautismo, para que venzamos al miedo y la vergüenza.

Cada 31 de mayo se conmemora el momento de la Visitación de la Virgen María —recién embarazada de Jesús— a su prima Isabel que transitaba el sexto mes del embarazo de Juan el Bautista. El alegre encuentro de dos mujeres con la vida creciendo en sus vientres. Esta fecha se toma como celebración de Grávida, un servicio de ayuda a la vida por nacer. Es un  equipo de personas que acompañan situaciones de embarazos en condiciones de crisis y riesgo de aborto. Cada vez que veo fotos de los bebés que han logrado nacer pese a las dificultades, me conmueve y llena de alegría. Queremos y necesitamos sumar más jóvenes en esta hermosa iniciativa.

También forma parte de este servicio el “Proyecto Raquel”, un camino de sanación post aborto, para quienes enfrentan las heridas emocionales que deja el haber eliminado la vida del hijo en camino. Jesús nos enseña a no le soltarle la mano a nadie, y que la Iglesia abrace a todos con ternura de madre.

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