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El pase a la inmortalidad del gran educador

Pocos días después de haber terminado su gestión presidencial (12 de octubre de 1868 al 12 de octubre de 1874), la Legislatura provincial de San Juan designó a Domingo Faustino Quiroga Sarmiento, senador nacional por dicha unidad federativa, en reemplazo de José María del Carril (hijo de Salvador María del Carril, vicepresidente de Urquiza entre 1854 y 1860), quien renunció a la banca por una enfermedad que lo condujo a la muerte en diciembre de 1874.

Félix V Lonigro

POR Félix V Lonigro SEGUIR
11 de septiembre de 2019

11 de septiembre de 2019

Pocos días después de haber terminado su gestión presidencial (12 de octubre de 1868 al 12 de octubre de 1874), la Legislatura provincial de San Juan designó a Domingo Faustino Quiroga Sarmiento, senador nacional por dicha unidad federativa, en reemplazo de José María del Carril (hijo de Salvador María del Carril, vicepresidente de Urquiza entre 1854 y 1860), quien renunció a la banca por una enfermedad que lo condujo a la muerte en diciembre de 1874.

Sarmiento ocupó esa banca hasta finalizar el período correspondiente, en 1880, y fue en esa época cuando comenzó con algunos problemitas de salud. El primero que se le manifestó claramente fue el de su creciente sordera.  Fue por eso que, cuando le preguntaron cómo hacía para desarrollar su mandato de senador nacional, teniendo en cuenta que no podía oír bien y que la actividad de los legisladores es netamente deliberativa, con la “humildad” que lo caracterizaba, el ilustre educador contestó:

         “No vengo aquí a oír a nadie, sino a que me oigan a mí”.

Cinco años más tarde comenzó a padecer dificultades respiratorias, hasta que una delicada bronquitis adquirida en 1887 lo obligó a viajar a Paraguay, en busca de un clima más benigno que lo ayudara a superar su dolencia.

Sarmiento viajó en el año 1888 acompañado de su única hija biológica, Ana Faustina, y de su nieta María Luisa, alojándose en un hotel campestre ubicado a dos kilómetros del centro de Asunción, llamado “Cancha Sociedad”.               Allí dedicó su tiempo a despachar correspondencia y a escribir en el periódico paraguayo denominado “El Paraguay Industrial”.

Si bien durante su estadía en el país vecino, el expresidente logró una sensible mejoría en su estado de salud, hacia el mes de agosto de 1888 tuvo un desmayo que significó el comienzo del final de su vida, porque a partir de ese episodio inició un paulatino proceso de deterioro pulmonar que le provocó serias dificultades respiratorias de las que no se pudo recuperar.

El 8 de septiembre de 1888 el emblemático educador tuvo un pico altísimo de fiebre que demacró extremadamente su rostro. Su creciente cansancio lo obligaba a estar sentado en un sillón, de cuyos apoyabrazos apenas podían despegar los propios. Sobre ello escribía Martín García Merou (embajador argentino en Paraguay que solía visitarlo):

“Veo apagarse lentamente la vida de ese gran hombre, y me desespera la inutilidad de los esfuerzos con que la ciencia trata, en vano, de reanimar aquel organismo minado por el sufrimiento”

El 10 de septiembre Sarmiento ya lucía una mirada empañada y un rostro pronunciadamente demacrado. Sus manos frías contrastaban con el calor reinante en la inminente primavera paraguaya. En un momento determinado el anciano miró a su nieta, y con voz apagada le preguntó la hora. Ella le contestó que eran las 11 de la mañana, pero él se ofuscó dando a entender que preguntaba por la hora de tomar el remedio que imperiosamente necesitaba.

Podría decirse que Sarmiento se preparó para morir. Ese décimo día del mes de septiembre, pidió que lo sentasen en el sillón “para ver el amanecer”. La realidad es que no llegó a verlo. Se le escuchó decir: “siento que el frío del bronce me invade los pies”.

Ya agonizante, sus allegados llamaron al sacerdote Antonio Scarella para que lo auxilie espiritualmente. No está claro si fue el mismo Sarmiento quien solicitó esa presencia, intentando amigarse con la religión sobre el final de su vida, o si fue voluntad de su entorno. Esta última pareciera ser la hipótesis más probable, al menos a la luz de lo que escribió más tarde el médico y escritor Aníbal Ponce, relatando lo que Sarmiento había manifestado a sus familiares:

          “Yo he respetado sus creencias sin violentarlas jamás. Devuélvanme ese respeto. Que no haya sacerdotes junto a mi lecho de muerte. No quiero que por un instante de debilidad pueda comprometer la dignidad de mi vida”.

Lo cierto es que el sacerdote que iba a asistirlo debió esperar unos minutos para ingresar a la habitación del enfermo, al cabo de los cuales su médico le comunicó que no ya podría ver vivo al paciente, simplemente porque había fallecido.

En efecto, a las 2.15 horas del 11 de septiembre de 1888, a los 78 años de edad, dejaba este mundo Domingo Faustino Quiroga Sarmiento, quien vivió sus últimos instantes acompañado de su médico de cabecera, el Dr. Andreussi, de su entrañable hija Ana Faustina, y de sus dos nietos (María Luisa y Julio).

 Por esas extrañas ironías de la vida, Sarmiento fallecía en el mismo mes en el que veintidós años antes muriera su único hijo varón (adoptivo), Domingo Fidel Sarmiento (Dominguito), de quien estuviera distanciado a raíz de la separación de sus padres (Benita y Domingo).

 Cincuenta y cinco años después de su fallecimiento, concretamente en 1943, durante la primera Conferencia Interamericana de Educación reunida en Panamá, se estableció que el 11 de septiembre sería el Día Panamericano del Maestro, en homenaje al día en el que Domingo Faustino Quiroga Sarmiento pasaba a la inmortalidad:

         “Considerando que es actividad fundamental de la Escuela la educación de los sentimientos, por cuyo motivo no debe olvidarse que entre ellos figura en primer plano la gratitud y devoción debidas al maestro de la escuela primaria, que su abnegación y sacrificio guía los primeros pasos de nuestras generaciones y orienta el porvenir espiritual y cultural de nuestros pueblos; que ninguna fecha ha de ser más oportuna para celebrar el día del maestro que el 11 de septiembre, día que pasó a la inmortalidad, en el año 1888, el prócer argentino Domingo Faustino Sarmiento”.

 Diez días más tarde, el 21 de septiembre de 1888, los restos del polémico Sarmiento llegaban a Buenos Aires repatriados por el gobierno de Miguel Ángel Juárez Célman.

 En el año 1902, un joven de 18 años de edad, Salvador Debenedetti, presidente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras, tomando en cuenta esta fecha de repatriación de los restos del hasta ahora único expresidente sanjuanino, propuso que, en su Facultad, se celebrase el “día de los estudiantes” el 21 de septiembre de cada año.La idea se impuso en la Facultad de Filosofía y Letras, y luego se extendió a otras, hasta que,  en enero de 1908, el Primer Congreso de Estudiantes Sudamericanos reunido en Montevideo, estableció esa fecha para celebrar su día.

Salvador Debenedetti, quien con los años se convirtió en un famoso arqueólogo argentino (a tal punto que fue director del Museo Etnográfico Nacional), falleció prematuramente en 1930, a los 46 años de edad.

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