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Nostalgia. Y tengo nostalgia de…

Miguel Montoya Jamed

POR Miguel Montoya Jamed
19 de febrero de 2021

19 de febrero de 2021

Nostalgia

Nostalgia es un sentimiento, constructivo de nuestra Subjetividad, fortalece nuestra humanidad. Es una continuidad, que es temporal, entre lo inextenso del Presente y un lugar que define en el Pasado, donde hay Vida. Sólo en ese lugar del Pasado, “hay Vida”, que la hay como una asociación con el Presente. Donde dudamos, pensamos y luego somos. O sea: “Nostalgia”, es esa, aun, asociación con el Presente, de un lugar que esta define, y donde hay Sujetos, Sucederes, Situaciones en el placer, Situaciones en el gozo, estados de Salubridad, al que le continuamos “necesidad”, cariño y sensaciones de placer. La “necesidad” es esencial, en la Nostalgia, es fundante. Tenemos, en el presente que habitamos, una representación de todo aquello que nos hace bien, aun… que, aun, nos hace bien. Ahí, esta “la Nostalgia”, que es, entonces, una sensación que contiene a aquellas sensaciones de placer, de gozo, de salubridad, de estar bien, reconociendo los Sujetos y los Sucederes que nos las provocaron.

Nostalgia, es: “por una representación que perdura”.

Entonces: me remito con mi duda a Schopenhauer, que dice: “El mundo es mi representación”. “No hay verdad más cierta… que la de que todo lo que puede ser conocido… no es objeto más que para un sujeto, percepción del que percibe: en una palabra: representación. Y esto es aplicable con toda verdad tanto a lo presente como a lo pasado y a lo porvenir, a lo remoto como a lo próximo, puesto que es aplicable al tiempo y al espacio, en los cuales se dan separadas las cosas…….El mundo es representación.”

Puedo decir, entonces: Nostalgia, es: ““una sensación continente”, por una representación que perdura”.

 

Tengo nostalgia: De llevar en mi cartera mi cuaderno de tapas amarillas

de llevar en mi cartera lo indispensable que son mi lapicera con pluma que no presto y los pañuelos. De asegurarme que llevo en mi cartera el libro que estoy leyendo los lentes de leer y la billetera. De llevar mi cartera colgada en el hombro izquierdo. De esta cotidianeidad siento nostalgia. De colgarme mi cartera y salir a las calles. De la tranquilidad que sentía cuando salgo y cuando no salgo. De mis veintiocho años. De la sensación de Identidad en mi Identidad cuando camino por las calles.

Del método de los Mínimos Cuadrados y del Anteojo de Pasos. De mirar el cielo y una a una las estrellas. De leer mis poemas y mis prosas por la radio. De que la multitud esporádica en las calles sea sólo un comentario sobre la urbanidad multiplicada. De los encuentros con mis alumnos en el aula. Del ejercicio pedagógico tengo nostalgia, de la transferencia de juventud por los conceptos. De pararme en los puestos de revistas. Del regreso a mi casa después de la última clase del día. De los estantes repletos y del olor de las librerías. De mis treinta y tantos y del beso y de la mirada próxima con una amiga que camina mis mismas calles. Del beso y de la mirada próxima con un amigo que camina mis mismas calles.

De las idas a Zonda en bicicleta con mi hija. De la expresión en cada rostro. De gritar tu nombre desde la veredera de enfrente con la calle repleta de gente. De que me grites desde la vereda de enfrente y crucemos juntos al café de siempre de mis cuarenta y tantos. Del mundo que hicimos que habitamos que tuvimos que extendimos que hicimos rondar por las calles que pintábamos de azul que le metíamos el Sol y corríamos las cortinas que tiene tu silueta tu inteligencia tus ojos tu seguridad y nuestros sueños que tiene un boleto de colectivo y la recomendación del día jueves que tiene mi locura y que guardamos para siempre. De mi tiempo y de tu tiempo en la misma mesa del café de siempre. De bajar las escaleras de la Facultad hacia el estacionamiento, de noche, después de la última clase de la semana. De nosotros dos, solos, en ese mundo que construimos a media. De mis ratos de lectura en el café de siempre. De que el café de siempre sea el café de siempre. De volver de la verdulería y no tener que lavar con jabón las naranjas las manzanas el melón y las bananas. De ir a buscarte. De la mesa que da contra el vidrio hacia la calle en el café de siempre y convertirme por un rato en el voyeur clandestino del trajín de la ciudad. Del entusiasmo por las Ecuaciones Diferenciales. De esperar el turno en el banco leyendo un libro. De la conversación en voz alta con el cajero del banco. Del encuentro con un ex-alumno repetir su nombre y al mirar su rostro ir juntos por un pasillo o estar en el aula o en el bar o en la discusión de algún concepto. Del encuentro con una ex-alumna repetir su nombre y al mirar su rostro ir juntos por un pasillo o estar en el aula o en el bar o en la discusión de algún concepto. De que lleguen a la casa sin avisar a visitarnos. De mis clases de Psicología Social. De que mientras camino por las calles alguien me grite “Profesor”.

De entrar a comprar los quesos al mismo negocio de siempre aunque esté lleno de clientes y recibirle sin pudor al dependiente la feta de jamón crudo para probarla. De esa amabilidad. De ese juego. De esa relación tengo nostalgia. De estrecharnos las manos de pasada y prometernos un encuentro, porque es posible. De pensar en todo esto y no tener un nudo en la garganta. De sentirme bien si te acercas y me acompañas cuatro pasos tocándome o tocándote la espalada. De mis clases de Psicoanálisis en una universidad muy lejos de mi casa. De mis días sin pastillas para la presión. De comprar un libro y no pasarle la toallita sanitizante por las tapas y después sentir como rezongan los tipos a los que estorbo en las veredas porque voy leyendo el prólogo y la contratapa. De repartir en la calle al que me plazca fotocopias de mis críticas al sistema o de sentencias de mi Filosofía. De la comodidad de tener dónde ir al baño cuando caminaba por la ciudad. De no ser una amenaza si te abrazo. De no sentir una amenaza si me abrazas. De reírnos juntos sin simular “no pasa nada”… porque pasa. De ponerme de cluquillas en el paño de un artesano a elegir unas pulseras. De quedarme en la peatonal entre la gente escuchando a un músico callejero. Del Geoide y del Elipsoide de Revolución, siento nostalgia. De pararme a tomar más de un jugo en los carritos de Bonano. De las siestas después de rendir una materia y despertarme sin saber si es de noche o de día o si es el día siguiente o el día anterior. De los almuerzos y las cenas antes que descubrieran el colesterol. De “la normalidad” de mis obsesiones. De la “Formación en Red” con Mario y con Elena. De la inocencia de mis miedos. Del sanguche de salame con pan francés. De La espacialidad de Sujeto como ser en el mundo. De alguna que otra clandestinidad. De alguna que otra clandestinidad. De alguna que otra clandestinidad. De mi boleto de nacimiento donde está mi nombre propio y mi apellido propio. De la casa con patios y palmeras. De llorar por un poema o por alguna ocurrencia de mis nietos pequeños o por una anécdota o por alguna melodía y no de tener cada tanto un nudo en la garganta por tanta mierda incomprensible. De tener nostalgia como antes o parecido.

 

Siento nostalgia

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