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El efecto Wembanyama y la nueva era de los pívots totales

POR REDACCIÓN

08 de febrero de 2026

Durante décadas, el arquetipo del pívot en el baloncesto profesional fue monolítico, corpulento e imponente. Hablar del cinco era imaginarse a Shaquille O'Neal o Patrick Ewing, moles que dominaban exclusivamente en un rectángulo de pintura. 

Su labor era conquistar la posición física en el choque, sumergir al oponente con la espalda y defender con fiereza controlada su tablero. Salir de la zona prohibida era pecado y tirar de lejos era herejía táctica que les costaba el puesto. El juego actual ha hecho estallar ese libro de instrucciones. 

La llegada y explosión de Victor Wembanyama a la liga no solo confirmó una tendencia que ya se venía gestando, sino que abrió un nuevo paradigma evolutivo en el que la altura extrema ya no está reñida con la agilidad y habilidad de un base.

El cambio no se produjo de la noche a la mañana, pero la aceleración en el último quinquenio ha sido vertiginosa. El baloncesto actual mata a los unidimensionales con saña matemática. Un jugador que solo sabe jugar de espaldas al aro y no puede defender a un exterior tras un cambio de marca se convierte en una losa para su equipo. El juego de hoy en día, tan enfocado en la velocidad y el espacio, exige que los cinco jugadores del quinteto sean amenazas legítimas desde cualquier distancia.

Este cambio revolucionario ha alterado la forma en que se evalúa el rendimiento y se arman las plantillas. Antes se podía adivinar lo que iba a hacer un tipo grande por sus números alrededor del aro. Hoy la ecuación es mucho más compleja y rica en dimensiones. 

Para los analistas que siguen las apuestas NBA, analizar a estos nuevos híbridos pasa por mirar porcentajes de tiro desde fuera, capacidad de pase en movimiento y velocidad lateral. Un pívot en 2026 te puede resolver un partido con un triple desde ocho metros o comenzando un contraataque tras robo, algo impensable en los años noventa.

Lo que hoy presenciamos en la cancha con jugadores como Wembanyama, Chet Holmgren o Giannis Antetokounmpo es fruto de los avances de la medicina deportiva y la preparación física. El cuerpo humano de tal tamaño solía ser muy delicado. Las rodillas de alguien de más de 2,20 m sufrían con los cambios de dirección y el ritmo salvaje de la competición. La ciencia deportiva ha reescrito la biomecánica de estos atletas para hacerlos perdurables.

Los entrenamientos en la actualidad se enfocan con obsesión en la propiocepción, el core y la elasticidad muscular profunda. Ya no se entrena para hipertrofiar el músculo y así ganar duelos estáticos. Se refuerza la estabilidad de los ligamentos y la neurociencia para la coordinación ojo-mano. Esto hace que un cuerpo enorme se mueva con la gracia de alguien mucho más pequeño. 

La longevidad de estos “unicornios” es el gran logro de los preparadores físicos actuales, que han comprendido que menos peso muchas veces es más vida.

La evolución ofensiva es clara, pero la revolución defensiva es quizás mayor. El concepto de protección de aro ha evolucionado. El gigante moderno no espera bajo la red. Su tamaño le permite marcar el perímetro, clavar triples y recuperarse para el rebote. 

Es una saturación del espacio. Wembanyama ya ha demostrado poder estar defendiendo a un alero en la línea de tres y, dos segundos después, taponando un tiro en la pintura gracias a una zancada que devora metros de parqué en un abrir y cerrar de ojos.

Esta habilidad de cerrar la visión del oponente causa un daño psicológico enorme. Los atacantes tienen que ajustar sus parábolas de tiro y sus penetraciones al ver brazos interminables por todos lados. Es la pesadilla de cualquier atacante, porque niega las ventajas que se buscaban al alejar al pívot de la zona.

La designación de pívot se ha convertido en una formalidad administrativa en las hojas de alineación. En la cancha se vive el baloncesto total o sin posiciones. El más alto del equipo suele ser el que sube el balón, organiza el ataque y distribuye el juego. 

Esto crea desajustes defensivos constantes en el oponente. Un defensor clásico pesado no puede alejarse a ocho metros del aro sin dejar la pintura desguarnecida, pero si no sale, el gigante moderno le clava un triple con mecánica fluida.

Esta adaptabilidad ha democratizado el talento desde abajo. Ser alto ya no te asegura ser de élite ni mucho menos profesional. Ahora se le pide un arsenal técnico (dribling, visión de juego, tiro…) que antes solo se le exigía a escoltas o aleros. Las escuelas de negocios de todo el mundo están captando esta tendencia. Ya no les coartan a los chicos altos tirar de fuera ni les obligan a jugar debajo del aro; al contrario, les dan libertad. 

Y aunque Victor Wembanyama es la cara más llamativa de esta revolución, apenas está empezando a mostrar lo que está por venir. Estamos viviendo una generación de deportistas creados, mimados y entrenados para desafiar las leyes de la física que gobernaron el deporte durante un siglo. El futuro es de los que saben hacer de todo en la pista, midan lo que midan.

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