Deportes > Pequeños pilotos
La escuela en el Aeroclub que enseña a chicos a construir modelos de aviones
Cada sábado, familias y chicos llegan al Aeroclub San Juan para construir aviones, aprender a volar y compartir una pasión que lleva 51 años.
Por Giuliana Díaz
El olor a madera, pegamento y barniz invade el salón mientras pequeñas manos lijan piezas diminutas que, con paciencia, terminarán convirtiéndose en aviones. Sobre las mesas hay alas, fuselajes y planos abiertos. Afuera, el cielo despejado espera el momento más deseado por todos: ver despegar aquello que durante semanas construyeron pieza por pieza.
Cada sábado, en calle Mendoza entre calles 6 y 7, en Pocito, funciona una de las actividades más particulares y apasionantes del Aeroclub San Juan: la histórica escuelita de aeromodelismo donde chicos, adolescentes y familias enteras aprenden a construir y volar modelos a escala. DIARIO HUARPE llegó hasta el lugar donde la pasión por los aviones se mezcla con paciencia, aprendizaje y encuentros que, desde hace más de cinco décadas, forman pequeños pilotos sanjuaninos.
Allí, desde hace 51 años, la escuelita de aeromodelismo resiste y mantiene viva una tradición que atraviesa generaciones. Nació de la mano de Juancito Stankov, uno de los grandes referentes del aeromodelismo sanjuanino, reconocido por hacer volar su histórica “Brujita” de Bélgica en varios eventos de la provincia, un modelo que todavía sigue sorprendiendo en cada exhibición.
Actualmente, el espacio está a cargo de Orlando Blanchero y Gustavo Álvarez, dos apasionados que llevan más de medio siglo dentro del hobby y que, cada fin de semana, transforman el taller en una verdadera escuela de paciencia, precisión y compañerismo.
Mientras algunos chicos pegan cuidadosamente las alas de sus modelos, Orlando explicó que el aeromodelismo va mucho más allá de un simple entretenimiento. “No son juguetes. Son pequeñas máquinas voladoras que tienen una finalidad muy precisa: desarrollar capacidades psicomotrices, paciencia y resiliencia”, dijo.
En el taller participan chicos desde los seis años en adelante. Algunos recién comienzan con pequeños planeadores de madera balsa y otros avanzan hacia modelos más complejos con radiocontrol y componentes electrónicos. “Hay modelos que tardan cuatro días, otros meses e incluso años en construirse. Cuando un chico rompe un avión y vuelve a empezar, aprende a superar la frustración”, agregó Blanchero.
A pocos metros, Gustavo Álvarez acompaña a los alumnos más avanzados. Lleva años dentro del aeromodelismo y todavía conserva intacta la emoción de cada vuelo. “Es un vicio saludable. El que cae acá, no se va más”, dijo entre risas.
Según explicó, muchos chicos llegan acompañados por sus padres y terminan convirtiendo la actividad en una tradición familiar que se comparte cada sábado. “De acá han salido pilotos civiles, militares, paracaidistas y personas vinculadas a la aviación”, destacó.
Cada sábado el verdadero valor parece estar en el tiempo compartido, la dedicación y la emoción de ver volar algo construido con las propias manos.
Pequeños pilotos y grandes sueños
Sobre una de las mesas trabajan Marcos Litvak, de 16 años, y su hermano Nahuel, de 13, quienes comenzaron hace apenas tres meses en la escuelita y ya avanzan en la construcción de su segundo modelo. “Este sería como el esqueleto. Es más complejo que el anterior porque hay que tener precisión y lijar mucho”, explicó el mayor mientras acomodaba cuidadosamente una de las alas.
Nahuel contó que le “fascina venir a la escuelita” porque allí aprende sobre fuselajes, estabilizadores y estructuras mientras, poco a poco, va dando forma a sus propios aviones.
Más allá, Rafael Otiñano, de apenas 7 años, mostraba orgulloso un pequeño modelo llamado “Pinky”. “Este es mi lugar favorito”, dijo sonriente mientras sostenía el avión que pintó con sus propias manos.
Con total naturalidad, Rafael explicó cada una de las partes del modelo y nombró algunos de los aviones que más le gustan, entre ellos el Antonov 225 y el Concorde.
En otra de las salas, rodeado de modelos más avanzados, estaba Marcos Cortez, de 9 años, acompañado por sus padres, quienes comparten el hobby como una actividad familiar. Sobre la mesa ya comenzaba a tomar forma un planeador de mayor tamaño en el que trabaja desde hace varias clases. “Nos demoramos mucho en armarlo. Me da miedo que se trabe en el primer intento”, confesó tímidamente sobre el momento más esperado: el primer vuelo.
A unos metros, Benjamín Poggi, de 11 años, ajustaba un modelo con radiocontrol junto a su papá. Hace cuatro años comenzó en el taller y aseguró que la actividad terminó convirtiéndose en un ritual familiar. “Con mi papá queríamos hacer una actividad juntos. Vimos un flyer y pensamos que íbamos a venir un año, pero seguimos viniendo”, relató.
Mientras los chicos ensamblan piezas, lijan alas y aprenden a equilibrar estructuras, los profesores recorren las mesas corrigiendo detalles y acompañando cada paso. Afuera, el cielo del Aeroclub San Juan vuelve a llenarse de pequeños aviones que despegan después de semanas de trabajo, paciencia y aprendizaje.