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Entre paellas y empanadas de vigilia, el clásico de Viernes Santo en San Juan
Desde temprano, vecinos de San Juan hacen fila para cumplir con la tradición de no comer carne y optar por platos de mar.
La postal de cada Viernes Santo en San Juan no se limita a un solo punto: se expande por distintos rincones donde el pescado reemplaza a la carne y la vigilia marca el ritmo de la jornada. Desde temprano, largas filas, pedidos anticipados y locales desbordados reflejan una costumbre profundamente arraigada.
En Paellas Manolo, la escena es la habitual: gente esperando desde antes de la apertura de las 11, una producción intensa que ronda los 20 discos de paella —unas 400 porciones en total— y una demanda que no da tregua. La espera se hace parte de la experiencia, con clientes que reciben churros y empanadas mientras aguardan su turno.
Pero el fenómeno no termina ahí. A pocas cuadras o en otros puntos de la ciudad, la situación se replica con matices distintos. En la Pescadería Prividera, sobre Libertador, el panorama es otro: el pescado fresco se agotó el jueves por la tarde y este Viernes Santo no hubo venta al público.
“Se lo llevaron todo ayer”, comentan en el lugar. El tradicional “Pepe”, referente del comercio, trabaja únicamente con pedidos de paella que ya habían sido encargados con anticipación. Sin stock disponible, el local no volverá a abrir hasta la próxima semana, cuando logren reponer mercadería.
Allí, la lógica también fue clara: previsión o quedarse sin. Las porciones de paella encargadas se venden a $14.000, en un esquema más cerrado, sin filas extensas pero con producción ya comprometida.
Una tradición que desborda
El contraste entre ambos puntos muestra el mismo fenómeno: la fuerte demanda de productos de vigilia. Ya sea con espera en la vereda o con encargos previos, los sanjuaninos sostienen la tradición de evitar la carne y volcarse a opciones de mar.
En Paellas Manolo, el menú incluye desde filet de pescado a $20.000 el kilo hasta paella a $13.000 la porción, además de rabas, cornalitos y empanadas de vigilia. En paralelo, pescaderías como Pescadería Prividera evidencian otra cara del fenómeno: la falta de stock ante una demanda que se anticipa y arrasa.
Más que comida, un ritual
La escena se repite año tras año, con sus variantes. Filas largas, pedidos anticipados, locales colapsados o directamente sin mercadería. Todo forma parte de una misma postal: la de una ciudad que, más allá de precios o demoras, sigue fiel a una tradición.
El Viernes Santo en San Juan no solo se cocina: se espera, se organiza y, sobre todo, se comparte.