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Señorita tiza

Leticia Victorio

POR Leticia Victorio SEGUIR
09 de septiembre de 2020

09 de septiembre de 2020

En un rincón de un aula de la escuela, habían quedado perdidos un lápiz y un pedacito de tiza blanca. Como era de noche, en la escuela no había nadie.  De pronto con vocecita de tiza, el lápiz escuchó que la tiza se quejaba, se acercó a ella pues la conocía desde hace algún tiempo, trabajaban juntos. Con mucha delicadeza y respeto le preguntó que le pasaba.

La tiza era muy frágil, podía quebrarse en cualquier momento. Fue así que Blanquita, la tiza, le contó que no sabía cuanto tiempo hacía que se había caído allí, que estaba muy triste porque nadie la buscaba.

¡Bueno! Le dijo el lápiz, que era morocha, es decir un lápiz negro. Estaba más informado de lo que pasaba, ya que podía moverse por todos lados.

A la escuela ha llegado material nuevo para enseñar. Nosotros tendremos que tomar unas largas vacaciones o jubilarnos. ¡No entiendo! Dijo Blanquita, la tiza. ¡Y si! ¡Llegaron celulares, computadoras y punteros láser!

Blanquita se sacudió, dejando polvo blanco como ella en el piso. Cerró los ojos y se volvió a dormir. El lápiz rodó hasta la puerta y se quedó allí por un tiempo más, pero no llegaba nadie... ¿Qué pasará? Se preguntaba.

Por fin empezaron a llegar los chicos, pero no los maestros, rodando y rodando llegó una puerta donde vio a unos cuantos hombres llevando cajas y más le sorprendía que dejarán en cada aula una de esas cajas. Escuché a uno de ellos que decían: ¡Vamos a probar!, abrieron las cajas y sacaron de ellas otras cajas que se abrían. Tenían teclas, como la máquina de escribir que había visto en la dirección.

De pronto escucho que la máquina decía: ¡Buenos días, chicos! Tomen asiento y saquen sus   tablets.

Se asustó mucho y escondiéndose detrás de un banco. Escuchó a los hombres decir: ¡Bueno ahora todos tendrán que aprender sin todas, sin lápiz, sin tinta ni pizarrón!

Eso fue lo que escuchó y como era un lápiz que ya sabía todo, pensó, bueno.

Pero el aroma de los cuadernos nuevos, los colores de los libros en las aulas, las manos calentitas de las seños, sus sonrisas, ¿También las guardarán?

En eso llegó la señora que limpia, levantó el lápiz en una pala, pero al verlo dijo: ¡Qué bueno! Un lápiz para mi nieto... y de la tiza no supo más nada.

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