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Opinión > Arturo Illia

Un ejemplo de decencia en la política

Este 18 de enero de 2020 se cumplen treinta y siete años del fallecimiento de un hombre cuya figura sigue constituyendo un ejemplo a seguir. 

Félix V Lonigro

POR Félix V Lonigro SEGUIR
18 de enero de 2020

18 de enero de 2020

Novecientos treinta y tres kilómetros separan a la ciudad de San Juan de la localidad de Pergamino, ubicada en la provincia de Buenos Aires. En ésta última ciudad bonaerense nació, el 4 de agosto de 1900, quien fuera uno de los grandes ejemplos de virtud cívica y de ética en el ejercicio de la función pública en la República Argentina: Arturo Umberto Illia,.

Fue el vigésimo sexto presidente constitucional de nuestro país, y el único médico que llegó a ocupar ese cargo. Ejerció la primera magistratura entre el 12 de octubre de 1963 y el 28 de junio de 1966, día en el que fue inexplicable e injustificadamente derrocado por un golpe de Estado militar encabezado por el Gral. Juan Carlos Onganía.

A pesar de haber sido un gobernante ejemplar, honesto y humilde, cuyo recuerdo pone al descubierto las miserias de muchos de quienes lo sucedieron, tuvo el temple para soportar la humillación de haber sido echado por la fuerza de la Casa Rosada. Cuando el día del golpe militar, el general insurrecto Julio Rodolfo Alsogaray ingresó al despacho del noble presidente, le dijo insolentemente:

“En representación de las Fuerzas Armadas, vengo a pedirle que abandone este despacho”.

Illia le contestó:

“El comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas soy yo; mi autoridad emana de esa Constitución que nosotros hemos cumplido y que usted ha jurado cumplir. Como comandante en jefe le ordeno que se retire!”

Acto seguido, los rebeldes bloquearon el despacho presidencial y ordenaron la salida de líder radical por la fuerza. Allí, entonces, el presidente derrocado dijo angustiadamente:

“Sus conciencias les van a reprochar lo que están haciendo a muchos de Uds; les dará vergüenza cumplir estas órdenes indignas; sentirán vergüenza cuando cuenten a sus hijos lo que hoy están haciendo”.

El gran Don Arturo había estudiado medicina en la Universidad Nacional de La Plata y se había graduado de médico en el año 1927, cuando la Argentina era gobernada por Juan Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús Yrigoyen, a quién, entonces el joven galeno recién recibido ofreció sus servicios profesionales. En ese contexto se produjo la primera y única entrevista que Illia tuvo con el presidente y caudillo radical, en la que éste le propuso trabajar como médico ferroviario. A tal efecto le señaló cuáles eran los pueblos en los que se necesitaban médicos, y Don Arturo eligió uno de ellos: Cruz del Eje, provincia de Córdoba, lugar en el que se radicó, ejerció su profesión e inició su vida política.

Desde entonces, y hasta 1963, año en el que asumió la presidencia de la Nación, Illia ejerció su profesión de médico, interrumpiéndola solamente entre los años 1940 y 1943, en los que desempeñó el cargo de vicegobernador de Córdoba.

Como profesional, Illia comenzó a mostrar las características que luego lo identificaron como presidente de los argentinos: responsabilidad, humildad y austeridad. En su consultorio privado se desempeñaba como si fuera un médico de un hospital público, ya que atendía por igual a quienes podían pagarle sus honorarios, como a quienes no podían hacerlo por carecer de recursos suficientes. Tal era su vocación de servicio que visitaba a sus pacientes a caballo o trasladándose en bicicleta.

Cuenta el escritor cordobés Marcos Aguinis quien tuvo la oportunidad de conocer el humilde consultorio de Illia, que no salió de su asombro cuando sobre una especie de trípode, vio una palangana cuyo objetivo era que los pacientes que tuvieran la posibilidad, colocaran allí el dinero que desearan, para que luego pudiera ser utilizado por otros pacientes que eventualmente le confesaran que no tenían dinero para pagar remedios.

Sin embargo este humilde y eficiente mandatario fue echado indignamente de la Casa de Gobierno, y como si eso no fuera suficiente, setenta y un día más tarde debió soportar una desgracia personal: una cruel ironía del destino hizo que el 6 de septiembre de 1966 (cuando se cumplían treinta y seis años del golpe de Estado que había derrocado a Yrigoyen), falleciera su querida esposa Silvia Elvira Martorell, una cordobesa con quien había contraído matrimonio el 15 de febrero de 1939, y con quien tuvo a sus tres hijos (Emma, Martín y Leandro).

Al día siguiente de su vergonzosa destitución por las Fuerzas Armadas, apoyadas a tal fin por empresarios, sindicalistas y algún sector de la dirigencia política opositora, el presidente derrocado convocó al escribano general del Gobierno y le pidió que realizara un registro de los bienes que tenía a ese momento. Al asumir la presidencia de la Nación en el año 1963, Arturo Umberto Illia tenía una propiedad en Cruz del Eje que le habían obsequiado sus vecinos para que la utilice como consultorio, un automóvil Fiat 1500 y un depósito bancario de $ 300.000. Al momento de sus destitución solo le quedaba la propiedad en Córdoba, porque tanto el dinero en efectivo como el que obtuvo por la venta de su automóvil, debió utilizarlo para afrontar los gastos que demandaba la enfermedad de su esposa.

Queda claro que la situación económica del ejemplar Arturo Illia, no solo no mejoró durante su gestión presidencial, sino que empeoró. Y aun así, en ese contexto de limitación económica, rechazó utilizar los fondos reservados que durante la gestión presidencial tenía a su disposición, por considerar que ello constituía un robo al erario público.

Se cumplen hoy, 18 de enero de 2020, treinta y siete años, del fallecimiento de un hombre cuya figura sigue constituyendo un ejemplo a seguir. No en vano murió a los ochenta y tres de años de edad reconocido por todos los argentinos. Con funcionarios de la talla de Arturo Umberto Illia, se pone de relieve aquel concepto que Mariano Moreno esbozaba en 1810, en los primeros ejemplares de La Gaceta de Buenos Aires, cuando decía que el gobernante, al culminar su gestión, no puede pretender lograr otra cosa que no sea, a lo sumo, reconocimiento popular.

                                           

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