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Opinión > Historia

La muerte de Güemes

Cuenta una fábula que hace mucho tiempo el caballo era el señor de la pradera. Gozaba del pasto sin que nadie lo molestase. Un día, un ciervo de cuernos ramosos intentó usurpar su territorio. Indignado, el caballo juró vengarse y le pidió al hombre que fuese su aliado.

Vanesa Téllez

POR Vanesa Téllez SEGUIR
17 de junio de 2019

17 de junio de 2019

Cuenta una fábula que hace mucho tiempo el caballo era el señor de la pradera. Gozaba del pasto sin que nadie lo molestase. Un día, un ciervo de cuernos ramosos intentó usurpar su territorio. Indignado, el caballo juró vengarse y le pidió al hombre que fuese su aliado. “Acepto –respondió el hombre- pero entonces tu tendrás que dejarte poner el freno en la boca y permitir que yo salte sobre tu lomo, empuñando la lanza”. Enceguecido por el deseo de venganza, el caballo asintió. Cuando el hombre se montó y ciñó las riendas, el caballo se convirtió en esclavo del astuto socio.

Hacia 1821 el panorama argentino era incierto. Aún más difícil para Martín Miguel de Güemes en el Norte. Debía enfrentar la invasión realista, la indiferencia porteña y la oligarquía de Salta y Jujuy. Como pocos había recogido demasiados enemigos dentro y fuera del país. Gran parte del encono se debía a la prohibición de comerciar con el adversario realista y al hastío de los hacendados, obligados contribuyentes a la campaña independentista. Para los encumbrados norteños ya no había haciendas ni minas ni gobierno. Todo lo había dado Don Martín a sus gauchos. Según aquellos había que volver al orden, y para eso había que matar a Güemes. Algunos ofuscados vecinos y otros tantos terratenientes fueron a parlamentar con los realistas, concluyendo en un plan mancomunado: una emboscada.

Todos los días, al caer la tarde, Güemes acostumbraba llegarse hasta la ciudad para despachar las últimas novedades y pasar por la casa de su hermana Magdalena (“Macacha”). Allí escuchó movimientos de armas provenientes de la plaza. Palpitó otra asonada de los “nuevos patriotas” y tomó rumbo al Oeste. Encontró la primera barricada, volvió sobre sus pasos y en la siguiente bocacalle le dieron también el “¿Quién vive?”. Entonces, contestó “¡La Patria!”. Desenvainó el sable y metió espuelas a su caballo. Le hicieron una descarga cerrada sin que lo tocase un proyectil. Cuando iba ya a salvo, una bala perdida le atravesó la cadera izquierda, alojándose en la ingle derecha, sin orificio de salida. Herido continuó hasta el paraje de la Higuera o Higuerilla. Pronto se supo la noticia. El general español que mandó la partida, enterado, le ofreció un médico que lo salvara. Mas Güemes no aceptó. Diez días sostuvo la agonía hasta el domingo 17 de junio que falleció a los 36 años.

Mucho después Juan Carlos Dávalos le cantó sus versos: “Y te sorprende el enemigo artero/no en descampado ni a la luz del día/sino en la noche lloviznosa y fría/en que un Judas te vende por dinero…” Mariano Benítez, uno de los entregadores, no había actuado por ideales ni siquiera por enemistad con el caudillo, su acción había sido pagada.

Casi sin advertirlo a los patrioteros de ocasión les pasó como al caballo de la fábula. Al buscar alianzas inútiles favorecieron peligrosamente el deseo de poder de otros. Pero para cuando las cosas se mostraron claras, la tierra de Salta cubría los despojos de Güemes.

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