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Cultura y Espectáculos > Edición histórica

Melissa Aldana cerró el Festival Nacional de Jazz con una muestra de calidad que puso el cuerpo al límite

Cerró del Festival Nacional de Jazz con Melissa Aldana. Cuatro músicos ofreciendo sus cuerpos al servicio del sonido, deformándose por el instrumento, guardando aire donde no cabe. El jazz como resistencia física en tiempos de algoritmos.

Hace 2 horas
 Melissa Aldana cerró una edición histórica del festival nacional de Jazz en San Juan. FOTO: Federico Rodriguez

El Teatro del Bicentenario se convirtió anoche en el escenario de algo que cada vez parece más escaso en tiempos de inteligencia artificial: la presencia absoluta del cuerpo humano al servicio del sonido. Melissa Aldana y su cuarteto cerraron el Festival Nacional de Jazz con una actuación que fue, antes que nada, un recordatorio físico de lo que significa vivir la música.

Si la apertura en el Chalet Cantoni había sido una celebración desbordante —jóvenes descubriendo el género junto a melómanos de toda la vida, ritmos andinos cruzando la cordillera con Cutus Clan, la maestría intacta de Ricardo Pellican después de 20 años sin pisar San Juan—, el cierre fue otra cosa: una muestra de calidad llevada al límite de lo corporal. Un milagro maldito, como quien paga con el cuerpo lo que el sonido exige.

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Porque lo que ocurrió sobre el escenario del Bicentenario no fue simplemente un concierto. Fue una exhibición de cuerpos que se deforman, que se estiran y contraen, que se ponen literalmente al servicio del instrumento. Los dedos de Glenn Zaleski sobre el piano trazaban geometrías imposibles. Pablo Menares recorría el contrabajo con todo su cuerpo volcado sobre las cuerdas, como si el instrumento fuera un territorio que hubiera que conquistar centímetro a centímetro. Kush Abadey en la batería desplegaba movimientos minuciosos y explosivos a la vez. Era un tren pasándote por encima.

Y Melissa, claro. Melissa guardando aire donde no debería caber más, sosteniendo notas que parecen desafiar la anatomía humana. No son solo los pulmones o el diafragma: es todo el cuerpo que se ofrece, que se consume por el jazz.

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Uno piensa entonces en la historia del género y sus mártires físicos: los mofletes deformados de Dizzy Gillespie, la vida acelerada y breve de Charlie Parker. El jazz siempre ha pedido cuerpo. Siempre ha exigido ese tipo de entrega.

Filin cubano: el puente sonoro

El cuarteto presentó el nuevo disco de Aldana, un trabajo que celebra el filin cubano, ese género que en los años cuarenta y cincuenta combinó el bolero mexicano con el jazz estadounidense —el cool jazz, el bebop— y creó algo completamente nuevo. Otro puente cultural, como el que había tendido Rodrigo Cuturrufo noches atrás al traer los bailes chinos y las festividades de la Virgen de Andacollo al lenguaje del jazz.

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Porque si algo demostró este Festival Nacional de Jazz es que el género nació siempre desde los márgenes, desde la mezcla, desde el cruce de fronteras que parecían infranqueables.

"Vivirla" en tiempos de algoritmos

Hubo un momento en la noche en que alguien murmuró esa expresión tan nuestra: "la están viviendo". Y era cierto. Los músicos no estaban ejecutando partituras: estaban viviendo cada nota, cada silencio, cada improvisación como si en ello se les fuera la vida.

Y quizás ahí radica la potencia más radical de lo que ocurrió en el Bicentenario. En plena era de la inteligencia artificial, de la música generada por algoritmos, de la perfección digital, lo que se ofreció fue exactamente lo contrario: cuerpos incómodos, pelo que se recogía y se soltaba, baquetas que se escapaban, errores que eran parte constitutiva de lo humano. Todo por y para que cada pieza de jazz sonara como debe sonar: llena de vida, perfecta, con sentimiento, consumiendo energía que solo un cuerpo puede dar.

El jazz como resistencia

Al final, cuando el último acorde se apagó en el Teatro del Bicentenario y previo al inicio de la décima temporada de este ícono cultural sanjuanino, quedó flotando una certeza: el Festival Nacional de Jazz, organizado por el Circuito Argentino de Jazz, no solo consolidó a San Juan como referencia ineludible del género a nivel nacional e internacional. También dejó en claro que en un mundo cada vez más digital, más automatizado, más "perfecto", el jazz sigue siendo un acto de resistencia profundamente humano.

Una resistencia que se escribe con cuerpos que se deforman, con aire que se guarda donde no cabe, con dedos que recorren cuerdas hasta el límite, que convoca la presencia, que demanda cuerpo. Una resistencia que se vive, que se consume, que se ofrece sin garantías.

Como debe ser el jazz: hecho con el corazón, como había dicho Pellican. Pero también con los pulmones, los dedos, la espalda, el sudor. Con todo el cuerpo puesto ahí, vulnerable y potente, efímero e inolvidable.

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