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Santos en camino

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.

Mons. Jorge Lozano

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01 de noviembre de 2020

01 de noviembre de 2020

Cuando nos toca programar una fiesta importante (un casamiento, por ejemplo), o un viaje prolongado por trabajo que implica mudarse, nos lleva tiempo la preparación. Algunas decisiones que enfrentamos en la vida también.

Dios nunca improviso sus decisiones. A todos nosotros “nos ha elegido en Cristo, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia” (Ef. 1, 4).

Todos tenemos esta gran vocación a la santidad desde el día del Bautismo, cuando somos incorporados a la familia de los hijos de Dios. Y así como hay rasgos físicos que dan cuenta del origen de una persona, esos rasgos en los cristianos tienen que ver con el Evangelio.

Expresa el dicho popular “de tal palo, tal astilla”. Y lo mismo podemos afirmar de nuestro vínculo con Dios: “sean santos, porque yo soy santo”. (I Pe 1, 16)

Unas cuantas veces me preguntaron: “Padre, ¿yo también tengo ese llamado a la santidad? Mire que mi vida es un desastre”. No hay que desalentarse a causa de las debilidades y pecados. El encuentro con Jesús hace maravillas en el corazón humano. Recordemos tantos momentos relatados en los Evangelios: la Samaritana, Mateo, Zaqueo, Pedro en la traición, Pablo… Y una larga lista que la carta a los Hebreos menciona así: “nosotros, rodeados de una nube tan densa de testigos, desprendámonos de cualquier carga y del pecado que nos acorrala” (Hb 12, 1).

El libro del Apocalipsis que hoy se lee en las misas describe el cielo con la presencia de “una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas” (Ap 7, 9). Se nos invita a no limitar el llamado a la santidad a unos pocos. Francisco nos abre su corazón y comenta: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad»” (GE 7).

La santidad es una vocación que alcanza su realización plena en el cielo. Este es un tiempo de estar en camino. La santidad es un don de Dios y una respuesta humana que se va fortaleciendo aun en medio de caídas. Francisco, en su Exhortación Apostólica sobre el llamado a la santidad en el mundo actual nos recuerda que “En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad. El Señor la ha llenado de dones con la Palabra, los sacramentos, los santuarios, la vida de las comunidades, el testimonio de sus santos, y una múltiple belleza que procede del amor del Señor, «como novia que se adorna con sus joyas»” (Is 61,10) (GE 15).

“Reconozcamos nuestra fragilidad pero dejemos que Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban. La audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión.” (GE 131)

No estamos “solos contra el mundo”, Dios nos da una familia para vivir la fe: “Compartir la Palabra y celebrar juntos la Eucaristía nos hace más hermanos y nos va convirtiendo en comunidad santa y misionera”. (GE 142).

La Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina ha brindado algunas reflexiones acerca de la toma de tierras. Te invito a leer el texto completo y comparto unos párrafos:

“En estos días de extrema vulnerabilidad para el cuerpo social que conformamos, se repite con dolorosa frecuencia la toma de tierras, un fenómeno conocido en la Argentina desde los orígenes mismos de nuestra historia”.

En estas últimas décadas, las distintas ocupaciones de tierras evidenciaron la precaria situación de tantas familias, que han debido procurarse un lugar para vivir. En este sentido, como cristianos nos sentimos interpelados ante toda forma de exclusión que deja a hombres y mujeres sin un techo digno.

La pérdida de la concepción de la tierra como don de Dios para el bienestar de todos está en la raíz de toda concentración, apropiación indebida y depredación de los recursos naturales. (Una tierra para todos, Comisión Episcopal de Pastoral Social, CEA, 2005).

Es lamentable e indignante que ante este drama se introduzcan intereses espurios que busquen réditos políticos o de sector.

Sí a los derechos básicos de Tierra, Techo y Trabajo. No a la prepotencia de ningún grupo o sector.

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