Jueves 02 de Abril
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Cultura > Cine

Proyecto Fin del Mundo: Nadie se salva solo en el cosmos

Hay películas que te sacuden y hay películas que te abrazan. Proyecto Fin del Mundo hace las dos cosas al mismo tiempo, y eso, en el cine de ciencia ficción contemporáneo, no es poca cosa.

Hace 2 horas
Proyecto Fin del Mundo es una misión cumplida. FOTO: Gentileza

El profesor de ciencias Ryland Grace se despierta en una nave espacial a años luz de casa sin recordar quién es ni cómo ha llegado hasta allí. A medida que recupera la memoria, empieza a descubrir su misión: resolver el enigma de la misteriosa sustancia que provoca la extinción del sol. Desde esa premisa, aparentemente sencilla, la película deja en claro cuál es su apuesta: no se trata de naves explosivas ni de batallas estelares, sino de algo bastante más difícil de filmar y de sostener. Se trata del alma humana encerrada en una lata de metal flotando en el vacío. Y en ese juego aparentemente menor, Proyecto Fin del Mundo encuentra su mayor grandeza.

La película es una adaptación de la novela homónima de Andy Weir, el mismo autor de The Martian, publicada en 2021 y convertida rápidamente en un fenómeno de la ciencia ficción. La dirección está a cargo de Phil Lord y Christopher Miller, la dupla detrás de Spider-Man: Un Nuevo Universo, con guion de Drew Goddard, quien curiosamente también adaptó The Martian para la pantalla. Una cadena de talentos que, en este caso, suma y no divide.

El hombre solo que no está solo

Ryan Gosling carga sobre sus hombros una película de encierro y sale no solo airoso, sino brillante. Con el espacio como único paisaje, una nave científica y con la muerte como única certeza en el horizonte, Gosling despliega un abanico emocional que recorre la alegría, la nostalgia por la tierra, la tristeza, la ansiedad, el tedio aplastante de la rutina, la incertidumbre ante la muerte y, finalmente, la esperanza. Todo eso sin estridencias, con la sutileza de quien sabe que la cámara registra hasta lo que uno intenta esconder. Gosling a través de su ingenio y encanto, sin mencionar su afinado sentido de la comedia física, mantiene las cosas en movimiento. Es, sin dudas, una de sus actuaciones más completas.

Lo que pocos saben es que parte de esa química que irradia Gosling frente a Rocky tuvo un origen completamente inesperado: las hijas de Gosling, Esmeralda y Amada, ocasionalmente le hablaban a través de su auricular en el set, prestándole su voz al alien. El propio Gosling lo reconoció: "Hay momentos en la película donde me río o estoy tan encantado por Rocky, y en realidad son mis hijas hablándome y ayudándome". Esa ternura verdadera se cuela en la pantalla.

Pero la película no sería lo que es si se quedara en el lucimiento individual. Ahí está precisamente su mensaje más profundo: nadie se salva solo. En esto, Proyecto Fin del Mundo dialoga con algo que el cine y la ficción latinoamericana viene diciendo hace tiempo. Como en El Eternauta, esa obra maestra de Héctor Germán Oesterheld, que adaptó Netflix, que también convirtió la ciencia ficción en un manifiesto humanista, aquí la supervivencia no es un acto heroico individual sino un gesto colectivo, imperfecto y necesario. La cooperación no como virtud abstracta sino como única salida posible.

Sandra Hüller: la mano que empuja al héroe

Hay un personaje que no está en el espacio y aun así define todo lo que sucede en él. Eva Stratt, la fría agente gubernamental interpretada por la alemana Sandra Hüller —nominada al Oscar por Anatomía de una Caída— es quien convence a Grace de formar parte del Proyecto Hail Mary: una alianza entre Estados Unidos, China, Rusia y otros países que pretende encontrar una solución al problema. Hüller construye a Eva desde la contención: una mujer que carga con el peso del mundo, literalmente, y que no puede darse el lujo de derrumbarse. Su personaje va bajando sus defensas conforme se encariña con el despistado científico, y en ese arco silencioso, casi imperceptible, Hüller demuestra por qué es una de las actrices más interesantes del cine mundial hoy. Tiene poco tiempo en pantalla, pero cada vez que aparece, lo llena todo. Y hay un momento suyo, hacia el final, que merece párrafo aparte —al que volveremos.

A cara de piedra

Uno de los hallazgos más entrañables del film es Rocky, el alien de roca sin rostro cuya voz fue interpretada por James Ortiz, que logra transmitir más con el cuerpo y el sonido que muchos personajes humanos del cine reciente. Rocky se convierte en un amigo, y que uno lo sienta así habla del trabajo cuidadoso de los realizadores para construir presencia sin recurrir al artificio fácil. Es el tipo de creación que te recuerda por qué el cine de ciencia ficción, cuando se lo propone, puede ensanchar la idea misma de lo humano.

El color como lenguaje, no como decoración

La fotografía estuvo a cargo de Greig Fraser, uno de los directores de fotografía más interesantes del cine actual, responsable de la imagen de Dune y El poder del perro. Su trabajo aquí es un ejercicio de cinematografía consciente y elocuente, y conviene detenerse en él porque la película hace algo cinematográficamente notable: usa el color como mapa emocional.

El espacio, cuando la película lo muestra en su estado puro, es lo que es: negro, abismal, sin piedad. No hay romanticismo falso en esas tomas. La oscuridad del cosmos pesa, y Fraser no la disimula. Pero cuando la nave llega a Tau Ceti, el sistema estelar de destino, algo cambia. Aparecen texturas, hay un verde que invade la imagen y que uno no puede evitar leer como una pregunta que la película lanza y no responde del todo: ¿es eso la esperanza? ¿O simplemente lo desconocido, que puede ser las dos cosas al mismo tiempo? En contraste, la escena de los astrofagos —esos microorganismos que devoran la energía del sol— está bañada en rojo, un rojo visceral, casi orgánico, que remite al peligro y a algo más primitivo, más animal. Es color que narra sin palabras.

En esa misma lógica, la remera y el piloto amarillo de Grace funcionan como un faro constante dentro de la paleta fría de la nave. La producción fue filmada en formatos como IMAX, y en la pantalla grande esos contrastes cromáticos cobran una dimensión que no admite indiferencia. Es cine que confía en la imagen.

El tango en el espacio y Mercedes Sosa como compás del alma

Hay dos momentos musicales que merecen capítulo aparte. El primero: el tango sonando mientras las naves se acoplan en el espacio. Se trata de "El Amanecer", del compositor argentino Roberto Firpo. Hay algo profundamente emocionante y también algo de humor cósmico en ese instante, como si la película dijera que incluso en el fin del mundo, la cultura y la belleza se cuelan por las grietas.

El segundo, y quizás el más poderoso: Gracias a la vida, de Violeta Parra en la voz inconfundible de Mercedes Sosa. Esa canción, que es en sí misma un testamento humanista, encuentra en la película el contexto perfecto para volver a golpear con toda su fuerza.

Estas elecciones no fueron casuales: el director Phil Lord fue criado en un hogar con raíces cubanas, donde se escuchaban artistas de origen argentino, y tienen además un carácter simbólico, ya que la amenaza de la película afecta a toda la humanidad y no solo a Estados Unidos. Es uno de esos momentos en que el cine y la música se potencian mutuamente y uno en la butaca simplemente se rinde. La banda sonora fue compuesta por Daniel Pemberton, colaborador habitual de Lord y Miller desde Spider-Man: Un Nuevo Universo. Wikipedia

A partir de aquí, spoilers.

El karaoke: cuando el cine te rompe sin avisarte

Hay escenas que uno no ve venir. Escenas que la película no anuncia con música triste ni con primeros planos lacrimosos, sino que llegan de costado, con la guardia de uno completamente baja, y entonces hacen lo suyo. La escena del karaoke es eso.

Sandra Hüller, como Eva Stratt, canta "Sign of the Times" de Harry Styles —"They told me that the end is near"— con una letra que resulta sorprendentemente atinada para el suceso que aterra a la Tierra. Pero lo que hace que la escena trascienda no es la canción en sí, sino el contexto: es Eva Stratt, la mujer de hielo, la que carga con la responsabilidad de la humanidad entera sobre sus hombros, la que no se permite titubear, la que eligió enviar a Grace a una misión sin regreso. Y la vemos cantar. Vulnerable, presente, humana. En ese instante, todo el peso dramático de la película se condensa en unos pocos minutos, y uno entiende de golpe todo lo que ese personaje calló durante el resto del film. Hüller hace algo extraordinario: con una canción pop, en un karaoke, dice lo que ningún diálogo podría decir. Eva Stratt es la líder de la coalición multinacional que envió a Ryland a su misión, sí, pero también es alguien que sabe, en lo más profundo, que quizás no haya vuelta. Y lo canta. Y duele.

Es uno de esos momentos que justifican por qué seguimos yendo al cine.

Un idealismo que no avergüenza

Proyecto Fin del Mundo es una película idealista. Y lo dice sin vergüenza, sin cinismo protector, sin la coartada irónica que tanto abunda en el cine de género. Cree en la humanidad. Cree en la cooperación. Cree que vale la pena seguir adelante incluso cuando los números no dan, incluso cuando la lógica fría indicaría otra cosa.

Eso puede sonar ingenuo. Probablemente lo sea. Pero hay una diferencia entre la ingenuidad que cierra los ojos ante la realidad y la ingenuidad que los abre de par en par y elige, de todas formas, seguir creyendo. El propio Gosling lo resumió con la honestidad de quien cree en lo que hace: "Es una historia increíblemente ambiciosa, de gran envergadura, y parecía muy difícil de hacer, y eso es algo que nos gusta. Por eso vamos al cine". Paloma y Nacho Proyecto Fin del Mundo pertenece a esa categoría de películas que recuerdan por qué el cine importa, y por eso, cuando termina, uno sale con algo parecido a la esperanza.

Y eso, hoy, no es poco.

★★★★☆

Project Hail Mary (Proyecto Fin del Mundo). Dirección: Phil Lord y Christopher Miller. Guion: Drew Goddard, basado en la novela de Andy Weir. Fotografía: Greig Fraser. Música: Daniel Pemberton. Elenco: Ryan Gosling, Sandra Hüller, James Ortiz, Milana Vayntrub, Lionel Boyce, Ken Leung. Producción: Amazon MGM Studios. 2026. Duración: 2h 36m.

En San Juan

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