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Creencias y costumbres sanjuaninas: la leyenda de Calingasta

Leticia Victorio

POR Leticia Victorio SEGUIR
28 de julio de 2020

28 de julio de 2020

En los valles precordilleranos que eran habitados y cultivados por huarpes con sus llamas, alpacas y vicuñas a las que pastoreaban, según el clima, en los valles dónde sobraba el pasto. 

Sus viviendas de piedra y paja. 

El cobijo del cerro les proporcionaba respaldo, en los días de frío cuando nevaba. 

Sus caciques que gobernaban con justicia eran respetados y queridos. 

Los chasqui traían noticias de los demás pueblos que ya habían sido incaizados por lo tanto estaban organizados. 

Sus percas, sus corrales eran una forma de mantener juntos el ganado. 

Los caciques de cada tribu eran consultados así como sus consejeros ancianos. 

Cuando dos jóvenes se atraían como para formar una pareja habían padrinos y madrinas que se ocupaban para ello con la seguridad de que funcionaba esta pareja como familia. 

 

–Haremos coviñacus pa' ver si vos me querís, cuando bajes a juntar leña silvame como perdiz–. 

 

El coviñacus era casamiento a prueba. 

Cuando el matrimonio se realizaba participaba todo el pueblo que colaboraba en la construcción de la casa. 

Corría la chicha y la aloja. Una era refresco y la otra alcohol. La minka era un regalo adicional que lo daba quien podía. 

Fue así que dos tribus, una Calinka, la otra Gaska que a pesar de ser vecinos con problemas políticos o económicos, por pastoreo de rebaños tenían diferencias. 

A veces, con gresca pero a pesar de todo no era con gravedad. 

 

Calinka tenía una hermosa hija muy joven de la que se suponía se casaría con alguien que la mereciera. 

Un día que la niña bajo a juntar leña perdió el camino que la llevaba de camino de vuelta a su pilca. 

Estaba en un lugar que no conocía y sola esperando que alguien fuese a buscarla. Se sentó en una piedra, cada vez pasaba más tiempo y no venía nadie. 

De pronto en una vuelta del sendero apareció un guapo muchacho. Ella se incorporó asustada pues no le conocía y por la ropa que llevaba no era de su tribu. 

El muchacho levantó su mano para decirle que no tuviese miedo, ella le contó lo que le había pasado y él con una sonrisa de ocupó de acompañarla. 

Y ahí, fueron puesta abajo conversando alegremente. 

Pero esa no fue la única vez que se vieron y nació entre ellos un amor puro y verdadero. 

Ninguno de los dos había dicho su nombre pero un día lo hicieron, querían casarse y estar siempre juntos. Pero ninguno en la tribu sabía nada, ni los padres ni los consejeros. 

 

Se habían dado cuenta de la enemistad de sus padres, advirtiendo que no los dejarían unirse. 

Decididos a todos trataron en primer lugar de hablar, por miedo a las disputas y grescas de las tribus se silenciaron. 

Una noche a oscuras con la complicidad de unos amigos se escaparon. Fueron perseguidos. Caminaron buscando una salida. Solo piedras y  espinos se quedaron. 

Llegaron a la cumbre más alta. No se podía más. Debajo, solo un negro precipicio. 

De la mano, mirándose a los ojos se arrojaron sin dudar desde allí. 

Y dicen, que algunos pastores que estaban en el valle vieron volar muy juntas a dos torcacitas muy, muy alto hasta desaparecer. 

Los caciques con un dolor infinito, juntos fueron a buscar a sus hijos. Entendieron lo vano de sus disputas. 

Así se formó una nueva tribu. Una Calinka y la otra Gaska. Uniendo sus nombres para siempre. 

Calingasta, la cumbre, el Alkazar. 

El Alkazar con sus cumbres de cielo y sol. 

Un amor infinito que llega hasta nosotros como la fiesta de las Américas. 

Con concurrencia de los pueblos vecinos recordando el amor eterno de dos chicos calingastinos y por ende sanjuaninos. 

Alkazar, el alcázar de ensueños.

 

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