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Fanatismo mágico

Miguel Ángel Garcés

POR Miguel Ángel Garcés SEGUIR
26 de octubre de 2020

26 de octubre de 2020

Las ideologías son conjuntos de principios racionales que intentan interpretar la realidad y su objetivo es el bien común de una sociedad. Estas ideas son consideradas como auténticas verdades, las cuales son compartidas voluntariamente por un grupo social cuyos miembros presentan un fuerte rasgo de identidad y se reservan el derecho de admisión de nuevos integrantes. Las ideologías justifican los actos grupales acordes a los intereses de una realidad entendida de manera relajada y absuelta. En ocasiones, puede producirse una dicotomía entre la interpretación previa de la realidad y las circunstancias reales, esto dificulta llevarla a la práctica.

La política es inherente al ser humano, es una ciencia aplicada y un arte del que es imposible aislarse o pretender vivir al margen porque todo lo abarca, todo es política. Tristemente, la gran mayoría de los políticos contemporáneos han degenerado el término de una manera escandalosa y subversiva utilizándola para su beneficio personal y familiar cubriendo exageradamente las necesidades económicas de varias generaciones descendientes futuras.

La ideología extrema y mal entendida traspasa y anula el pensamiento crítico de la objetividad y se transforma en fundamentalismo. Sus adeptos para todo tienen una explicación lógica y a flor de labios porque el fanático es ciego y sordo, pero conserva y alza su voz para que todos sepan la verdad absoluta que solo él conoce. El enamoramiento por sus líderes obnubila la razón justificando mecánicamente sus pecados capitales, suavizando con inocente ternura sus actos siniestros y macabros. La contradicción permanente es considerada una virtud y junto a la mediocridad y verborragia conforman tres “conditio sine qua non” para la unción de sus máximos líderes. En los fanáticos existe un convencimiento pleno y total de sus ideas (palabras) por encima de los hechos, pero sin una maldad intrínseca. Sin embargo, sus líderes sí son perversos, su maldad es ínclita. La ambición desmedida es requerida para perpetuarse indefinidamente en el poder a cualquier precio “el fin justifica los medios”. La búsqueda incansable de la igualdad para los miembros de la “secta” donde los pensamientos individuales considerados subliminalmente una contradicción ideológica son erradicados para garantizar la seguridad y supervivencia de la población elegida.

El pensamiento mágico es un denominador común en los seguidores y quizás sea el origen de la desorientación y la pérdida de la percepción de la realidad, de lo concreto, de la vida misma.

Locuacidad, dialéctica y discursiva son consideradas manifestaciones de inteligencia magna y pura para adoctrinar y disciplinar. Las palabras son su arma y también su escudo de supervivencia frente al embate de la realidad, usadas por voluntades literarias mediocres para cambiar el sentido de los hechos: contado de otra manera el hecho cambia y se hace diferente, la realidad ya es otra.

En el pensamiento mágico las obras están subestimadas, las palabras importan más que los hechos y tienen un poder transformador de la realidad. Las bases sólidas de su doble moral se cimentan en que el culpable de todo lo que pasa siempre es el otro, el otro es el causal, el que se equivoca, es el enemigo, debo enfrentarlo y refutar uno por uno cada pensamiento errado. A esta altura de la lectura el fanático ya respira con dificultad, una zona intocable de su cerebro está siendo atacada con violencia recibiendo menos oxígeno. Es imposible franquear esa barrera creada durante años en su inconsciente, construida con horas y horas de debate de la única verdad existente, la pura verdad, la realidad auténtica que está grabada a fuego en su cabeza donde no hay lugar para tibiezas.

Existe una cuasi barrera idiomática que impide establecer un diálogo con los sectarios, sembrar una duda en estas mentes privilegiadas es una utopía, lo mágico y lo místico controversia con el trabajo y el esfuerzo. Históricamente las sobredosis de ideologías extremas que degeneraron en fanatismo fueron nefastas para la humanidad. Todos los humanos pensamos erróneamente que nuestra realidad es la auténtica, nuestra situación y nuestro medio de vida son los verdaderos, porque es lo único que apenas conocemos.

Entender la realidad del otro, del distinto, es salir de la zona de confort y supone un tremendo esfuerzo adicional de la mente. Además de la claridad, el fanatismo hace perder la empatía, lo que dificulta establecer relaciones de igualdad con la otra persona, con el diferente, porque el fanático verdaderamente se siente superior y está convencido de la inferioridad del otro y así, progresivamente anestesiados por su realidad virtual y engañándose todos los días de a poco, quedan atrapados en su propia trampa literaria, lentamente y tristes, sin darse cuenta van perdiendo hasta el sentido del humor.

Si bien los políticos históricamente se vienen adueñando de la cosa pública para su propio beneficio, el enojo contra nuestros gobernantes hace que nuestras emociones bloqueen nuestra razón para soslayar lo político. Eso es la antipolítica y habitar esa emocionalidad (mucho antes que la racionalidad) es precisamente lo que ellos quieren: que les dejemos la zona liberada para que puedan seguir saqueando.

Una mirada esperanzadora pero racional de la vida en sociedad es fundamental, participar e involucrarse y aportar de alguna manera, porque las ideas mueven el mundo, las ideologías no son malas, son necesarias en tanto conjunto de ideas y principios que deben guiar un programa de acción en beneficio de la comunidad. Nuestro aporte ciudadano requiere hoy ser genuino y completo para jugarse entero por nuestra nación y aunque no todos deben transitar por los caminos políticos partidarios, es claro que al menos debemos alzar la voz, desde la verdadera preocupación por la causa común. 

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