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Lenguaje infantil: claves para estimularlo desde el nacimiento
Una fonoaudióloga explica por qué el lenguaje empieza antes de nacer y cómo la familia influye en su desarrollo día a día.
Por Brenda Uñate Hace 2 horas
“El lenguaje es una función superior. Es aquello que nos hace únicos en el planeta Tierra”, afirmó Ramirez, al tiempo que subrayó que su desarrollo depende tanto de factores biológicos como del entorno. Es decir, no se trata solo de poder hablar, sino de un complejo proceso que involucra audición, pensamiento, movimiento y vínculo con otros.
Desde esta perspectiva, el lenguaje no aparece de manera espontánea ni comienza con el clásico “mamá” o “papá”. Muy por el contrario, es el resultado de múltiples etapas previas que empiezan incluso durante la gestación.
Un proceso que comienza antes de nacer
Uno de los datos más llamativos que compartió la especialista es que el lenguaje empieza a construirse en el vientre materno. “A las 20 semanas el bebé puede percibir la melodía de la voz de su mamá”, explicó. Ese primer contacto sonoro marca el inicio de un proceso que continuará luego del nacimiento a través de la comunicación.
El llanto es, en este sentido, la primera forma de expresión. Luego aparecen otros hitos fundamentales: el balbuceo, la mirada compartida, la imitación y los gestos. “Son protoconversaciones, conductas comunicativas que nos llevan a construir esas primeras palabras”, detalló.
Este recorrido, muchas veces invisible para los adultos, es esencial. Antes de hablar, el niño aprende a comunicarse. Y ese aprendizaje ocurre en interacción constante con su entorno más cercano.
La familia, clave en el desarrollo
En ese camino, la familia ocupa un lugar central. Sin embargo, Ramirez propone alejarse de la culpa y pensar en el rol desde un lugar constructivo. “El lenguaje se da de manera incidental”, explicó, y agregó: “La familia se traza como un contexto significativo”.
En la práctica, esto significa que no hacen falta grandes recursos ni actividades complejas. Las rutinas diarias pueden convertirse en verdaderos “baños lingüísticos”. Desde cocinar juntos hasta el momento del baño o el ritual antes de dormir, cada instancia es una oportunidad para estimular el lenguaje.
“Tenemos que aprender a ver el mundo con sus ojos”, señaló. Y remarcó la importancia de compartir tiempo de calidad: conversar, nombrar objetos, cantar o simplemente relatar cómo fue el día.
Pantallas: un desafío para la comunicación
Uno de los puntos más contundentes de la entrevista fue el impacto de las pantallas en el desarrollo del lenguaje. “Hablar se aprende hablando”, sintetizó la fonoaudióloga, destacando que ninguna tecnología puede reemplazar la interacción humana.
En ese sentido, citó estudios que muestran que cuando el televisor está encendido, la comunicación familiar disminuye hasta un 85%. “Si el desafío del niño es conquistar el lenguaje y su entorno está mediado por pantallas, ¿cómo hacemos para ayudarlo?”, planteó.
Las recomendaciones son claras: evitar el uso de pantallas antes de los 2 años y limitarlo luego, siempre con la presencia de un adulto. Incluso, mencionó posturas más estrictas que sugieren postergar su uso hasta los 6 años.
Señales de alerta y consulta temprana
Ramirez también hizo hincapié en la importancia de detectar posibles dificultades a tiempo. La falta de contacto visual, ausencia de balbuceo o escaso vocabulario según la edad son algunas de las señales que ameritan una consulta profesional.
“La intervención temprana es fundante”, aseguró. Y aclaró que no todos los casos requieren tratamiento, pero sí evaluación y seguimiento.
Volver a lo esencial
Hacia el cierre, la especialista dejó un mensaje que resume el espíritu de la charla: “No nos conectemos al wifi, conectémonos a los ojos de nuestros hijos”. En un contexto atravesado por la tecnología y las exigencias cotidianas, recuperar el valor del vínculo humano aparece como la clave para un desarrollo saludable.
Porque, como concluyó, “el lenguaje nos une, nos permite pensar, vincularnos y acceder al mundo”. Y ese poder comienza, simplemente, con una mirada, una palabra y el tiempo compartido.