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Te necesito como a mí mismo

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

Foto: gentileza.
Mons. Jorge Lozano

POR Mons. Jorge Lozano
18 de julio de 2021

18 de julio de 2021

Para vivir necesitamos del aire, el agua, los alimentos, el abrigo y cobijo para no quedar a la intemperie. Sin ellos morimos. Si son escasos, se deteriora nuestra salud y también somos empujados a la muerte.

Pero aun teniendo esas necesidades garantizadas, la vida no es plena sin los afectos. Varias veces hemos escuchado decir que alguien “se murió de tristeza”; yo he conocido unas cuantas situaciones así.

Uno de los efectos nocivos de la pandemia afecta de modo especial a los vínculos personales. Se potencia la “desconfianza” y la duda sobre si es bueno encontrarnos; nos distanciamos de la compañía por miedo. Como consecuencia se fortalece la “soledad” abandonando la cercanía que tanto bien nos hace. Se instala el “aislamiento” y no encontramos momentos para bajar la guardia y mostrarnos tal cual somos, y compartir luces y sombras desde el corazón.

El martes 20 de julio celebramos a nuestros amigos y amigas. Te comparto estas reflexiones que contienen aportes muy valiosos que me entregó una amiga.

Ella me dijo que “Amistad es libertad. Amistad es amor, es encuentro y gracia”. Es curioso, decimos que la amistad se construye, y a la vez somos construidos por ella. Nos alienta en nuestros valores y conforta ante los fracasos e incoherencias.

“Amistad es una experiencia que necesita tiempo, calma y sensibilidad.” La ansiedad conspira contra ella, no la deja madurar.

Me confió: “Para mí la amistad es un regalo, un don, una gracia, es encontrar el tono donde vibra la tierra y resonar con él. Amistad es hacer melodía con mi amigo, aunque lo que se escuche sea solo el silencio. Para mí la amistad trasciende planos y es presencia amorosa. El amigo es el abrazo que me hace escuchar que mi corazón aún late cuando solo puedo pensar que ya he muerto”.

Qué bueno reconocer que “para mí el amigo es el hogar, es la patria, es una pizca del reino que disfruto mientras piso este suelo”. El cielo lo podemos imaginar como el lugar en el cual estaremos rodeados de los amigos para siempre.

Un par de autores nos ayudan a arrimarnos a la hondura de la amistad.

Para Platón la amistad es un regalo de Dios. “En la amistad resplandece una chispa del misterio divino.” No es exagerado decir que la amistad es una gracia de Dios.

Para Epicuro es lo más importante de todo. “La amistad baila una danza en torno al mundo en el que vivimos y nos apremia, igual que a un heraldo, a que despertemos a una vida plenamente feliz.”

Jesús en la Última Cena dijo a sus discípulos “a ustedes los llamo amigos, porque les revelé todo lo que oí de mi Padre” (Jn 15). Él nos abrió el corazón y “nos dijo todo”, como hacemos con los amigos, aunque a veces nos lleve tiempo.

Jesús siempre tiene disponibilidad para recibirnos y acogernos con las heridas del camino. Aunque lo olvidemos, Él siempre está. Es modelo de amistad.

Te invito a ampliar la mirada, para que seamos capaces de anhelar “un nuevo sueño de fraternidad y amistad social” (Papa Francisco) capaz de abrazar a la humanidad entera. Recemos especialmente por Cuba en esta situación compleja, para que puedan construir un presente y un futuro de libertad y justicia.

Este domingo 18 de julio se cumple un nuevo aniversario del atentado a la AMIA, perpetrado en la ciudad de Buenos Aires en 1994. Recemos por las 85 víctimas y sus familias, por toda la sociedad, porque seguimos esperando justicia.

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