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Un sí a la vida que cambió el mundo

La Navidad nos ayuda a hacer memoria del nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios

Foto: gentileza.
Mons. Jorge Lozano

POR Mons. Jorge Lozano
20 de diciembre de 2020

20 de diciembre de 2020

Los grandes cambios comienzan con decisiones firmes e importantes que nos mueven a modificar el rumbo de la vida.

La Navidad nos ayuda a hacer memoria del nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios. Este acontecimiento no fue producto de la suerte o la improvisación. San Pablo nos enseña que “cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer” (Gal 4, 4).

Siglos de expectativas mesiánicas, de espera atenta y por momentos tensa. Por eso Jesús dirá a sus discípulos: “Felices los ojos de ustedes, porque ven, felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”  (Mt 13, 16-17).

Y este reconocimiento de felicidad se refiere también a nosotros, que vivimos después de la Navidad y la Pascua. El Dios hecho Niño será también crucificado y resucitará para darnos vida nueva. Derramará el Espíritu Santo en la Iglesia y en el mundo, nos hace familia y discípulos misioneros.

El despunte del alba de este nuevo tiempo comenzó con el anuncio del Ángel Gabriel: “Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús (…) El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 31-35). La respuesta de la Virgen no se hizo esperar.

Sin vueltas dijo: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc 1, 38).

Este momento tan breve significó un gran cambio en los planes de María y de José. Su proyecto de vida familiar se vio plenificado por la presencia del Amor de Dios en la historia de ambos.

El Sí de María fue el inicio de la cercanía de Dios con su Pueblo.

En la Navidad que se aproxima también nosotros estamos llamados a decir Sí a la vida. Recemos particularmente por los Senadores a quienes les toca ahora la grave responsabilidad de cuidar la vida desde la concepción. Son muchas las presiones políticas y económicas que se están operando. Algunos funcionarios ven en esta ley como una batalla para afianzar el poder de un sector, sin tener en cuenta que los niños por nacer pueden perderlo todo.

En estos días he visto por internet a personas del origen más variado como deportistas, artistas, religiosos, que dan gracias a Dios por haber sido dados en adopción y no haber sido abortados, en medio de situaciones duras de sus mamás.

Desde que soy sacerdote he recibido varios testimonios en este sentido. Una vez una mujer me dijo “doy gracias a mi mamá biológica por dejarme elegir a mí acerca de cómo vivir la vida”. Ella no era “un fenómeno”, ni una parte del cuerpo de la mamá. Venía en camino con derecho a la vida.

De una manera sencilla en estos días acercate a contemplar el pesebre. Allí se “manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida” (Francisco).

Siempre que quedan pocos días para la Navidad hago memoria de la Virgen embarazada llegando a Belén junto a San José. A punto de dar a luz al Salvador del mundo buscan un lugar para ese momento tan especial, y lo disponen entre los últimos y descartados. Esa cueva de animales es cobijo de ternura por el amor de la Sagrada Familia.

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