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La Procesión va por dentro

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.

Mons. Jorge Lozano

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05 de abril de 2020

05 de abril de 2020

Los árboles de olivo están más tupidos que de costumbre a esta altura del año. Las manos no agitan las ramas, ni solicitan su bendición. Las calles están vacías y no hay cantos ni alabanzas. El otoño recién iniciado vuelve aún más tristes a nuestras plazas vacías.

Hoy no podemos hacer la procesión del Domingo de Ramos, pero podemos aclamar a Cristo como Rey de nuestra vida. Como expresa el dicho, jamás mejor aplicado, “la procesión va por dentro”. Tampoco podemos participar juntos de la Misa que le sigue.

Los templos tienen sus puertas cerradas, pero no la Iglesia. Ella está en cada uno de sus hijos. La Iglesia está “en salida” en cada familia que reza, cada comunidad que se hace presente en el mundo digital. Los sacerdotes están celebrando y asumiendo las intenciones de todos; lo hacen en privado, pero con la comunidad en el corazón puesto delante de Jesús.

La Iglesia está “en la calle”, más que nunca, cuando hermanos nuestros asisten enfermos y se ponen junto a los pobres. Cristo doliente es visitado, adorado y ungido, en el consuelo derramado a quienes sufren.

Estamos en la puerta de entrada de una Semana Santa que viviremos de modo distinto, quizás —Dios quiera—  por única vez en la vida. Sentiremos algo parecido a lo que otros cristianos en muchos lugares del mundo, en los cuales está prohibido manifestar la fe en la calle, e incluso dentro de los templos. Sociedades que están bajo regímenes ateos que prohíben la religión; otros en los cuales el Estado es confesional y permite sólo una expresión cultural.

Los primeros siglos los cristianos celebraban las misas en sus casas, con la familia y unos pocos vecinos. Cuando arreciaba la persecución, se reunían en las catacumbas.

La Iglesia es familia y la familia es Iglesia. Recordemos que la Pascua Judía es una celebración familiar que hace memoria de la obra de Dios.

No estamos impedidos para rezar y vivir esta Semana Santa en las circunstancias actuales. Las ceremonias serán transmitidas por televisión, radio y medios digitales. Estaremos unidos en la oración y un mismo amor. Por el bautismo el Espíritu Santo está en cada uno de nosotros, miembros del Cuerpo de Cristo. La Iglesia es madre, casa, pueblo, comunidad.

En este domingo celebramos que Jesús entra en Jerusalén no como un guerrero o rey triunfador, que despliega poder y despierta miedo. Viene como humilde servidor para dar la vida. Por eso aclaman “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Mt 21, 9)

En la Lectura de la Pasión, tomada del Evangelio de San Mateo, que se proclama en las misas de hoy, aparece un personaje que es mencionado solamente esta vez en toda la Biblia, pero que marca una dimensión importante de nuestra fe: Simón, más conocido como “el Cireneo”. Él ayuda a Jesús a cargar la cruz. En esta escena podemos reconocer a tantos hombres y mujeres que hoy están al servicio de los más desprotegidos, e intentan aliviar su dolor.

Por más que hayamos leído varias veces el relato de la Pasión de Jesús, es bueno detenernos en algunos pasajes más significativos para cada uno: la oración en el huerto, la traición de Judas, las negaciones de Pedro, la soledad expresada en las últimas palabras de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46).

Acompañemos a Jesús en estos días santos, sabiendo que Él está cerca de nosotros. Te deseo de corazón mucho fruto espiritual.

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