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Juan Carlos Burgoa, el hombre que le puso voz al Safari tras las Sierras
Con 30 años detrás del micrófono, Juan Carlos Burgoa repasó su historia junto al Safari tras las Sierras, el crecimiento del evento y la emoción intacta de ser la voz que acompaña llegadas, sueños y familias enteras en Valle Fértil.
POR REDACCIÓN
Durante más de tres décadas, una voz se volvió inseparable del Safari tras las Sierras de Valle Fértil. No aparece en las planillas ni se sube a los vehículos, pero está presente en cada llegada, en cada espera y en cada emoción. Juan Carlos Burgoa es parte de la historia viva de la competencia y, después de 30 años, su rol de locutor y su presencia ya son un símbolo inconfundible de una carrera que creció hasta convertirse en un clásico del automovilismo sanjuanino y nacional.
“Esto empezó como una pequeña aventura”, recuerda Burgoa en diálogo con DIARIO HUARPE. Corría 1996 y el Safari era apenas un sueño en construcción. El parque era chico: unas 15 motos y menos de 20 autos. Nadie imaginaba que aquel evento rústico, nacido con esfuerzo y pasión, se transformaría en una carrera que hoy convoca pilotos de todo el país.
Convocado por la comisión de Apiva, que por entonces estaba integrada por muy pocas personas, Burgoa fue parte de aquella primera edición. Ya tenía experiencia en el motociclismo y en competencias desarrolladas en el autódromo, pero Valle Fértil marcó un antes y un después. “Con orgullo puedo decir hasta dónde hemos llegado hoy”, confiesa.
El crecimiento fue sostenido. Las competencias se expandieron por distintos departamentos y, con el impulso del histórico programa televisivo Fierros, el Safari empezó a cruzar fronteras. Pilotos de Mendoza, Córdoba, La Rioja, Catamarca y Buenos Aires comenzaron a llegar atraídos por el desafío y por una carrera que se hizo fuerte de boca en boca.
Burgoa siempre estuvo en el mismo lugar: la llegada. Ese punto donde la adrenalina se mezcla con la angustia, donde las familias esperan noticias y cada aparición es un alivio. “Uno observa permanentemente, anuncia si se quedó y si llegó, mejor todavía. Y felicitar a cada piloto cuando aparece”, cuenta. Allí se acumulan miles de historias y anécdotas que se renuevan año tras año.
La carrera también se volvió una cuestión familiar. Sus hijos crecieron entre transmisiones, polvo y motores. Su hijo menor, Héctor Noel, pasó por todas las categorías: bicicross, moto, cuatriciclo y ahora auto. En esta edición también corre su yerno. “No hay diferencias, son todos iguales, pero por dentro la sensación es distinta”, admite, con emoción.
Aunque nunca fue piloto, Burgoa siente que vive la competencia desde adentro. “Es como estar en la butaca. Uno transmite para que el piloto y la familia se sientan acompañados”, explica. Esa cercanía con el público y con los protagonistas lo convirtió, con el tiempo, en una referencia inevitable del Safari.
Las condiciones nunca fueron fáciles: lluvias, piedras, tormentas, crecientes y calor extremo. Pero hay algo que no cambió en tres décadas: la presencia. “Nunca fallamos, nunca llegamos tarde”, dice con orgullo. Para él, la constancia y el respeto por el público son parte esencial del oficio.
Hoy, con 33 ediciones del Safari y 30 años de trabajo ininterrumpido, Burgoa resume su vínculo con una sola palabra: pasión. “Transmitir lo que uno siente, lo que sienten los pilotos y las familias, es espectacular”, asegura. Y mientras haya una llegada en Valle Fértil, su voz, su locución seguirá ahí, esperando.