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10 años del derrame en Veladero: una herida que no cierra en la cordillera sanjuanina
Una década después del derrame de cianuro en la mina Veladero, uno de los episodios de contaminación minera más importantes registrados en Argentina, DIARIO HUARPE hace memoria y recorre Iglesia y Jáchal para reconstruir, junto a sus habitantes, cómo vivieron aquel momento, qué consecuencias dejó y qué esperan de cara al futuro.
El 13 de septiembre de 2015 quedó marcado como una fecha negra en la historia ambiental argentina. Ese día, el derrame de más de un millón de litros de solución cianurada en la mina Veladero, operada por Barrick Gold, modificó para siempre la relación de miles de sanjuaninos con la minería, el agua y las instituciones.
A diez años, la herida continúa abierta. En Iglesia y Jáchal persisten reclamos por respuestas, controles, información y garantías para el cuidado de los recursos naturales.
La voz que despertó a un pueblo
El primer aviso del derrame no surgió de un comunicado oficial, sino de una cadena de mensajes de WhatsApp que comenzó a circular la noche del domingo 13 de septiembre. Un trabajador de Veladero alertó a familiares y amigos:
“No tomen agua. No bañen a los niños. Hubo un derrame en la mina”.
La alarma se propagó de teléfono en teléfono. Inicialmente se habló de 15.000 litros de solución cianurada, una cifra muy inferior a la magnitud que luego sería reconocida oficialmente.
Una falla técnica y más de un millón de litros derramados
Según la investigación judicial, una válvula del sistema que transportaba solución cianurada “rica” hacia el valle de lixiviación falló. El líquido encontró una vía de escape a través de una compuerta que debía permanecer cerrada y alcanzó la cuenca del río Jáchal, uno de los principales sistemas hídricos del norte sanjuanino.
La reacción social fue inmediata. En Jáchal e Iglesia, los vecinos salieron a exigir respuestas ante una incertidumbre básica: nadie podía asegurar si el agua de los hogares era segura para beber, cocinar o bañar a los niños. Ese miedo quedó grabado en la memoria de miles de familias.
El nacimiento de una resistencia socioambiental
En los días siguientes comenzaron las movilizaciones, los cortes de ruta y el reclamo para que Barrick Gold abandonara la provincia. En ese contexto nació la Asamblea Jáchal No Se Toca, que con los años se convirtió en uno de los principales referentes de la resistencia socioambiental sanjuanina.
La respuesta inicial de la empresa y del Gobierno provincial fue cuestionada por distintos sectores. Barrick reconoció la rotura de una válvula, pero calificó como “versiones infundadas” las denuncias sobre una posible contaminación de los ríos.
Se abrió entonces una disputa por la información: mientras empresa y Gobierno defendían sus reportes, los vecinos exigían conocer qué había ocurrido y cuál era el verdadero alcance del derrame.
De los 15.000 litros iniciales a más de un millón
Con el avance de la investigación judicial y la presión social y mediática, la dimensión del episodio comenzó a conocerse. Los 15.000 litros iniciales dieron paso a una admisión empresarial de 224.000 litros.
Finalmente, tras la intervención judicial encabezada por el juez de la Segunda Circunscripción de Jáchal, Pablo Oritja, Barrick Gold reconoció que se habían derramado 1.072 metros cúbicos de solución cianurada, equivalentes a más de un millón de litros.
La cifra, unas cincuenta veces superior a la informada inicialmente, dimensionó la magnitud del incidente y lo convirtió en uno de los episodios de contaminación minera más relevantes registrados en Argentina.
La Justicia, los procesamientos y las consecuencias
La investigación judicial procesó a Leandro Poblete, Segundo Álvarez, Carlos Cabanillas, Ángel Escudero, Osvaldo Brocca, David Sánchez, Ricardo Cortéz, Walter Pizarro y Antonio Adames, todos vinculados a distintos cargos jerárquicos y operativos de Veladero.
Posteriormente, la Cámara Penal y Correccional de San Juan confirmó el procesamiento de los ocho primeros y desvinculó a Adames, al considerar que se encontraba en Buenos Aires al momento del incidente.
Antes del juicio oral, los imputados accedieron a la suspensión del juicio a prueba (probation), que incluyó medidas judiciales y el pago de multas. Barrick Gold debió, además, restablecer el valle de lixiviación a condiciones seguras, mantener paralizadas las operaciones hasta completar las tareas e incorporar un sistema permanente de videovigilancia.
Un punto de quiebre para la minería en San Juan
El derrame marcó un antes y un después en San Juan. El episodio modificó los estándares de control sobre la actividad minera y abrió un profundo debate sobre la política minera provincial, la fiscalización, la respuesta judicial, la licencia social, la protección de los recursos hídricos y la confianza en las instituciones.
Cuando ocurrió, la provincia era gobernada por José Luis Gioja y el Ministerio de Minería estaba a cargo de Felipe Saavedra. Las primeras respuestas oficiales fueron consideradas insuficientes por amplios sectores de la sociedad, que reclamaban información clara, medidas urgentes y transparencia.
En ese contexto intervinieron el Ministerio de Minería, la Secretaría de Control y Gestión Minera, el Departamento de Hidráulica y la Oficina de las Naciones Unidas de Servicios para Proyectos (UNOPS), convocada para realizar una evaluación técnica independiente.
El cambio de gobierno y la sanción histórica
El 10 de diciembre de 2015 asumió la gobernación Sergio Uñac. El nuevo mandatario expresó su malestar con Barrick Gold y ordenó la suspensión preventiva de las operaciones hasta contar con garantías ambientales para su reanudación.
Posteriormente, el Ministerio de Minería, ya bajo la conducción de Alberto Hensel, impuso a Barrick Gold una multa de 145.696.000 pesos, equivalente entonces a unos 9,3 millones de dólares y considerada en ese momento la sanción económica más alta aplicada a la minería argentina.
La empresa abonó la multa y expresó en un comunicado: “Lamentamos profundamente este incidente y esperamos, desde este punto, reconstruir un camino de confianza con la comunidad”.
Más de una década después, Veladero continúa siendo una marca profunda en la memoria de San Juan. No solo por el volumen del derrame, sino porque aquel episodio transformó para siempre la relación entre la minería, el Estado y una sociedad que desde aquella noche de septiembre de 2015 comenzó a mirar la actividad extractiva con otros ojos.
La memoria diez años después: miedo, bronca y desencanto
En este marco, DIARIO HUARPE viajó hasta el corazón de Iglesia y Jáchal para escuchar a vecinos, productores, referentes sociales y trabajadores que, a pesar del paso del tiempo, aseguran no haber olvidado lo que vivieron aquel septiembre de 2015.
Sus testimonios reconstruyen una memoria atravesada por el miedo y la incertidumbre de aquel momento, la bronca por las respuestas recibidas y el desencanto frente a un modelo de desarrollo que, según sus relatos, no cumplió las expectativas que durante años se habían depositado en la actividad minera.
"Con el cianuro no se juega"
Marcio Espejo tenía apenas 12 años cuando ocurrió el derrame. Hoy, con 22 años y viviendo en Rodeo, Iglesia, recuerda con claridad el miedo que se instaló en su familia y en toda la comunidad.
“Ese día no sabíamos si podíamos bañarnos o tomar agua”, relató.
Para Marcio, aquel episodio modificó la manera en que muchos vecinos comenzaron a observar su entorno: “Nos volvimos más incrédulos, más precavidos, más conscientes de la realidad. Empezamos a prestar más atención a lo que estaba pasando a nuestro alrededor”.
Actualmente Marcio integra un grupo de 357 personas que, desde hace cinco años, reclaman trabajo digno y cuestionan la precariedad laboral en el departamento.
“Estamos en el pueblo del oro y todavía hay gente en mi departamento que tiene letrina”, sostiene con indignación.
Sus palabras reflejan una de las principales contradicciones que atraviesan a Iglesia: una economía vinculada históricamente a la minería, pero donde muchos habitantes aseguran que los beneficios no alcanzaron a transformar las condiciones de vida de gran parte de la población.
Derrames, enfermedades y una confianza quebrada
Milton Brizuela, también vecino de Rodeo, recuerda que el derrame generó un profundo impacto en la comunidad.
“En el pueblo causó mucho revuelo, mucho miedo, y creo que desde ese momento ya nada fue lo mismo”, expresó.
Según su mirada, la actividad minera transformó no solo la economía local, sino también la relación de los habitantes con su territorio.
“Sentimos que cambió el clima y el aire de Iglesia. Hoy no llueve como antes, estamos sintiendo calor cuando antes no lo sentíamos. Tenemos desconfianza de la calidad del agua que baja por los ríos, del agua que tomamos e incluso de nuestra salud”, afirmó.
Milton asegura percibir un aumento de enfermedades que, según su experiencia personal y la de otros vecinos, antes no eran habituales. Entre ellas mencionó el cáncer, aunque esa relación no está determinada por estudios epidemiológicos públicos que establezcan una vinculación directa con la actividad minera.
Más allá de esa percepción, su principal cuestionamiento apunta al desarrollo económico del departamento.
“¿Por qué Iglesia no es más rico si es el corazón de la minería? ¿Por qué algunos tienen tanto y otros nada?”, se pregunta.
Y agrega: “Acá hay gente viviendo todavía en casas precarias. Hay personas que no pueden ni siquiera comprar medicamentos. Hay gente que vive el día a día y no puede pensar en el futuro”.
En sus palabras aparece una preocupación repetida entre varios entrevistados: la desigualdad.
“Hay mucha diferencia de clases sociales y muchos niños que no tienen qué comer”, sostiene.
Campo seco, ganado perdido
Oscar Varela preside la Asociación Agrícola Ganadera Buena Esperanza y representa a pequeños productores que sostienen actividades vinculadas al cultivo y la cría de animales, dos sectores que, según afirma, atraviesan una situación crítica en el norte sanjuanino.
Para él, una década después del derrame, la preocupación continúa presente.
“Creo que la contaminación no terminó. Es como que no se cerró, como que está ahí, al igual que el temor de que vuelva a pasar”, expresó.
Varela cuestiona que localidades cercanas a grandes proyectos mineros, como Veladero y Vicuña, continúen teniendo problemas vinculados al acceso al agua potable.
“Me parece increíble estar al lado de un yacimiento como Veladero y que Buena Esperanza y otras localidades de Iglesia no tengan agua potable”, afirmó.
Según su mirada, las empresas mineras deberían comenzar por comprender las necesidades de las comunidades antes de avanzar con sus proyectos.
“Primero tienen que ver qué necesita la comunidad, cómo pueden ayudar, cómo la pueden desarrollar, y después armar su proyecto minero. Pero hasta ahora hemos visto muy poco de eso”, señaló.
Su pedido, asegura, no es contra la actividad minera, sino por un modelo que genere oportunidades reales para quienes habitan el territorio.
“Nos quitaron el agua y la esperanza”
Jorge Olivares, productor y albañil de Jáchal, asegura que el derrame tuvo consecuencias profundas sobre la agricultura del departamento.
“La cebolla y el membrillo, que eran los productos fuertes de Jáchal, se volvieron inviables económicamente porque nadie los quería comprar por temor a que estuvieran contaminados”, explicó.
Según relató, muchos productores debieron abandonar la actividad porque los costos de producción dejaron de ser sostenibles.
“La bolsa este año se vendió a 800 pesos, cuando producirla vale aproximadamente 3.200”, ejemplificó.
Olivares pudo reinventarse como albañil, pero asegura que muchos productores no tuvieron esa posibilidad.
“¿Qué hace la gente que solo sabe sembrar? Se queda sin nada”, planteó.
Además, cuestionó el funcionamiento de los controles estatales y denunció, desde su perspectiva, que los beneficios económicos de la actividad extractiva no se distribuyen de manera equitativa.
“La ayuda no llega a quien la necesita, las riquezas quedan en círculos cerrados”, afirmó.
Su enojo aparece también al hablar del acceso al agua.
“Iglesia y Jáchal están sentados sobre el oro y hay mucha gente sin trabajo. La verdad, no entiendo eso. Además, por seguridad nos obligaron a comprar el agua para tomar y cocinar a 4.000 pesos el bidón. ¿Cómo puede ser eso?”, cuestionó.
“Jugaron con la vida de nuestros hijos”
Saúl Zeballos, integrante de la Asamblea “Jáchal No Se Toca”, fue uno de los primeros vecinos en alzar la voz en su departamento después del derrame.
Para él, aquel episodio marcó un antes y un después en la relación entre la comunidad, la minería y el Estado.
“Fue el principio del fin. Teníamos nuestros hijos chicos y no sabíamos si les habíamos dado agua contaminada, si los habíamos bañado. La desazón de no saber qué era lo que había pasado era terrible. Fue un desconcierto y una agonía total”, recordó.
Zeballos cuestiona la respuesta institucional durante las primeras horas y sostiene que la falta de información oficial profundizó el temor de los vecinos.
“Durante semanas nadie nos informó nada. El Gobierno provincial y nacional desapareció, nunca emitió un comunicado oficial para llevar tranquilidad a las comunidades”, afirmó.
El referente de la Asamblea considera que aquel primer derrame fue apenas el inicio de una etapa de mayor desconfianza. También menciona los incidentes reconocidos posteriormente por la empresa, ocurridos en septiembre de 2016 y marzo de 2017, y sostiene que hubo otros episodios que, según análisis realizados por distintos actores, generaron preocupación por la presencia de metales en la cuenca del río Jáchal.
“El mercurio entra en la cadena alimentaria. Es decir, están jugando con la salud de generaciones futuras”, advierte.
Para Zeballos, el problema central sigue siendo la falta de controles y acceso público a la información.
“No hay controles, no hay datos públicos, solo hay más pobreza y menos agua”, sentencia.
Una comunidad dividida, un futuro incierto
Roque Poblete, vecino de Las Flores, resume la situación de su comunidad con una frase cargada de nostalgia:
“Hace 30 años Iglesia exportaba a otras partes del mundo productos del campo. Ahora todo está seco”.
Según su mirada, el departamento perdió parte de sus actividades tradicionales y la confianza en que la minería pudiera generar un desarrollo equilibrado.
“Ya no tenemos miedo por nosotros, sino por los jóvenes”, afirma.
En la misma línea, Violeta Díaz, madre y vecina de Angualasto, recuerda el impacto emocional que tuvo aquel 13 de septiembre de 2015.
“Sentí terror por mis hijos”, expresa.
Díaz asegura que la ayuda oficial llegó durante un período breve, pero que muchos problemas estructurales permanecieron.
“Las vegas y el campo están secos, los animales se mueren. Y los jóvenes de Angualasto y de localidades como la nuestra se están yendo porque no hay futuro”, sostiene.
“La minería no es para vivir, es solo pan para hoy”
Analía Espejo, artesana de Bella Vista, fue desde un comienzo crítica del modelo de desarrollo asociado a la minería.
“La minera nos va a desaparecer. Estamos perdiendo las raíces por querer vivir mejor”, reflexiona.
Para ella, la respuesta está en fortalecer las actividades tradicionales y el vínculo de las nuevas generaciones con el territorio.
“Hay que enseñarles a los niños a defender lo nuestro. La minería es pan para hoy y hambre para mañana”, afirma.
Lucas Benito Guevara, artista y pequeño productor de Angualasto, comparte esa preocupación.
“Nos dieron apoyo al principio, después nada. Las cooperativas quedaron en manos de vivos. No hay agua, no hay trabajo y los jóvenes se van”, sostiene.
Los números no cierran
Víctor Alberto Grau, propietario de Estancia Guañizuil y presidente de la Cámara de Turismo, Industria y Comercio de Iglesia, también cuestiona el impacto económico de la actividad minera en el departamento.
“En Iglesia entraron 200 millones de dólares en 20 años y nadie sabe dónde están”, denuncia.
Además, asegura que la situación social del departamento contradice el discurso de progreso asociado a la minería.
“De 8.700 habitantes que tiene Iglesia, 7.000 personas están bajo la línea de pobreza”, afirma.
Grau sostiene que, en este contexto, la licencia social de la minería atraviesa un momento crítico.
“En la Cámara somos 150 socios y más de 70 son comerciantes. Hablo permanentemente con ellos y todos viven en un océano de queja y reclamo. Y es real, no es que están llorando en un Ferrari. Están llorando en una bicicleta. Tienen un almacén, una despensa, un restaurante, pero hay gente que no tiene plata ni para cargar nafta al auto. La situación es crítica”, describe.
Un turismo que quedó relegado
Rodrigo Gómez, operador turístico de Las Flores, asegura que el derrame también tuvo consecuencias sobre esa actividad.
“La gente dejó de venir. El turismo se cayó y todos se volcaron a la minería. Hoy nadie invierte en turismo”, lamenta.
Sin embargo, mantiene expectativas de que los futuros proyectos mineros puedan generar beneficios concretos para las comunidades.
“Ojalá algún día las empresas mineras se sienten y digan: vamos a invertir en Iglesia, vamos a acompañar al pueblo, porque se lo merecen, porque el oro es de ellos”, expresa.
A diez años, la herida sigue abierta
El aniversario del derrame de Veladero no representa solamente una fecha en el calendario. Es la memoria de un episodio que modificó la relación de miles de sanjuaninos con el agua, la minería y las instituciones.
Las voces recogidas por DIARIO HUARPE muestran una comunidad atravesada por sentimientos contradictorios: dolor, bronca, desconfianza y frustración, pero también por la necesidad de construir un futuro diferente.
Diez años después, el debate continúa abierto. Para algunos, el desafío es recuperar la confianza y demostrar que la minería puede convivir con el territorio. Para otros, la experiencia de Veladero dejó una advertencia sobre los límites de un modelo basado en la extracción de recursos naturales.
En el norte sanjuanino, la discusión sigue siendo la misma que nació aquella noche de septiembre de 2015: qué tipo de desarrollo quiere una comunidad y quiénes deben beneficiarse de las riquezas que existen bajo sus montañas.
“Para mí, la clave está en la unión de los iglesianos, de los jachalleros y todos los sanjuaninos en defensa de lo que nos corresponde como pueblo. Porque, en definitiva, las riquezas son nuestras y están en nuestras tierras”, concluyó Oscar Varela, presidente de la Asociación Agrícola Ganadera de Buena Esperanza.