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La Antártida perdió 13.000 km² de hielo en 30 años
Un estudio revela que el retroceso en la línea de apoyo equivale a 64 veces la Ciudad de Buenos Aires y vincula el fenómeno al cambio climático.
POR REDACCIÓN
La costa de la Antártida perdió más de 12.800 kilómetros cuadrados de hielo en los últimos 30 años, en un retroceso concentrado en el 23 % de su superficie. La magnitud de la pérdida —equivalente a 64 veces el tamaño de la Ciudad de Buenos Aires— enciende alertas científicas sobre la estabilidad futura de la capa de hielo y su impacto en el nivel del mar.
El dato surge de una investigación encabezada por la Universidad de California y publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), que mapeó la evolución de la llamada “línea de apoyo”, la frontera entre el hielo que descansa sobre tierra firme y el que flota en el océano.
Una señal clave de estabilidad
En glaciología, la línea de apoyo es un indicador central para medir la estabilidad de un glaciar. Cuando esta línea retrocede, significa que el hielo pierde anclaje en el continente y se vuelve más vulnerable a la influencia del océano.
El estudio concluye que en el 77 % de la costa antártica no se registraron cambios significativos desde 1992. Sin embargo, en el 23 % restante, el retroceso fue rápido y profundo. “La Antártida es muy estable, pero en algunos lugares, donde el cambio climático ha afectado duramente, ha respondido de forma drástica, como un castillo de naipes”, explicó el investigador principal, Eric Rignot.
En algunas zonas de la Antártida Occidental se observaron retrocesos de entre 10 y más de 40 kilómetros. Entre los glaciares más afectados se encuentran el Glaciar Thwaites, con 26 kilómetros de retroceso; el Glaciar Smith, con 42 kilómetros; y sectores cercanos al mar de Amundsen y la plataforma de hielo Getz.
El rol del cambio climático y los vientos
El equipo analizó datos de 15 misiones satelitales entre 1992 y 2025 para construir un registro a escala continental. El retroceso promedio fue de 442 kilómetros cuadrados por año, concentrado en regiones particularmente expuestas a corrientes oceánicas más cálidas.
Según los investigadores, la mayoría de los patrones de retroceso se explican por la intrusión de agua oceánica cálida bajo las plataformas de hielo. Este fenómeno está asociado a cambios en los vientos circumpolares, alterados por el calentamiento global, que empujan aguas profundas hacia la base de los glaciares.
“Los cambios en los vientos provocados por el cambio climático han afectado primero y más intensamente a los glaciares cercanos a fuentes de agua cálida”, sostuvo Rignot, quien también se desempeña como científico en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA.
Sin embargo, no todos los retrocesos tienen una explicación completa. La importante migración de la línea de apoyo en el noreste de la península antártica aún presenta interrogantes que la comunidad científica busca esclarecer.
Satélites y datos comerciales: un cambio de paradigma
Para elaborar el mapa continental, el equipo combinó información de misiones espaciales públicas y datos de radar de apertura sintética provistos por el sector comercial. Según Rignot, este último experimentó un “auge” que ofrece hoy capacidades de observación más flexibles y detalladas que en el pasado.
El uso de estas herramientas permitió detectar con precisión milimétrica la migración de la línea de apoyo y establecer patrones de cambio a largo plazo. “En algunos casos, estos datos suponen un salto cualitativo en lo que podemos hacer desde el espacio”, afirmó el investigador.
Impacto global
Aunque el retroceso no es uniforme, los resultados funcionan como referencia clave para proyectar la pérdida futura de la capa de hielo antártica y su contribución al aumento del nivel del mar.
La Antártida concentra la mayor reserva de agua dulce congelada del planeta. Si bien la estabilidad en el 77 % de la costa es una señal alentadora, el comportamiento acelerado en zonas vulnerables demuestra que el continente blanco no es inmune al calentamiento global.
La pérdida de 13.000 kilómetros cuadrados en tres décadas no solo equivale a decenas de veces el tamaño de Buenos Aires: representa una advertencia concreta sobre cómo el sistema climático está alterando uno de los equilibrios más sensibles de la Tierra.