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José y Atilio, los zapateros dueños de un particular local en la escalera de su hogar

Son padre e hijo y están hace casi 20 años atendiendo ahí. 

El taller de calzados comenzó en una escalera y después lo fueron expandiendo hacia las habitaciones de la casa. Foto: Sergio Leiva / DIARIO HUARPE.
Foto: Sergio Leiva / DIARIO HUARPE.
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POR Eliana Ruiz
25 de octubre de 2021

25 de octubre de 2021

En plena General Acha y Santa Fe, una puerta y un pequeño cartel que se asoma desde adentro capta la atención de los curiosos circulan por ahí. “Taller de calzado Pepe”, dice. Pero a simple vista no hay mucho más que un mostrador y dos sillas. Cuando las personas se acercan y, si prestan atención, pueden ver que en los escalones de más arriba hay un mueble repleto de calzados reparados y listos para entregar. Mientras que, al final del pasillo y en la junta de las paredes hay un espejo estratégicamente ubicado para que cada cliente que llegue y se acerque al mostrador pueda ser visto por los zapateros que generalmente trabajan en las habitaciones de arriba.

Los zapateros son José “Pepe” González y su hijo Atilio, que es profesor de Educación Especial, pero en las mañanas trabaja con su padre.

Foto: Sergio Leiva / DIARIO HUARPE.

José comenzó con el negocio en la escalera de su hogar hace casi 20 años, cuando se mudó con sus padres para cuidarlos ya que ambos debían movilizarse en sillas de ruedas lo cual era algo complejo porque no podían subir ni bajar al hogar por su cuenta.

No obstante, sus primeros aprendizajes en el tema fueron a los 14 años cuando empezó a trabajar en un taller de calzado para ganar algo de dinero y poder salir con sus amigos. Ahí fue aprendiendo el oficio, después trabajó durante al menos diez años en el comercio y posteriormente se fue a Canadá a buscar una mejor vida, pero volvió al poco tiempo.

“Cuando volví, en el ’92, la Argentina era un desastre, había desocupación, hiperinflación. No tenía muchos recursos y no tenía dinero para alquilar un salón, como ya sabía arreglar calzados decidí largarme en la entrada a casa”, contó en diálogo con DIARIO HUARPE.

Foto: Sergio Leiva / DIARIO HUARPE.

Y así fueron sus comienzos en la escalera de lo que hace años supo ser la Escuela de Comercio Pentimalli que fundó su abuelo y en la cual su madre fue profesora y enseñaba perito mercantil, contabilidad, mecanografía, entre otros temas. Incluso, al alzar la vista aún se puede leer el cartel con el nombre de la institución educativa.

Foto: Sergio Leiva / DIARIO HUARPE.

Apenas inició compró un mueble que aún en la actualidad sirve para que los clientes se apoyen y le muestren el calzado que llevan a arreglar. Después sumó una pulidora y una máquina de coser Singer, que son sus herramientas principales.

Foto: Sergio Leiva / DIARIO HUARPE.

Cada día fue aprendiendo más y es ahí que hace casi 20 años vive de ese trabajo de forma exclusiva. Aunque admitió que actualmente bajó la ganancia y los materiales subieron, pero afortunadamente tiene clientes desde hace años y cada vez se van sumando más gracias a el boca a boca.

Las clientas más frecuentes son mujeres que trabajan en oficinas, adultas mayores, comerciantes y trabajadores del Poder Judicial. Aunque tanto en ellas como en la mayoría de las personas que les llevan calzado para arreglar, notó que son pocos los que compran zapatos de cuero y de calidad. Ahora, José observa que se invierte poco en calzado y que la mayoría compra los de simil cuero que generalmente se les suelen romper al poco tiempo. “No alcanza el dinero para pagar otra cosa”, dijo.

Foto: Sergio Leiva / DIARIO HUARPE.

Incluso, son muchos los que les llevan calzado para que los arreglen y después no los retiran. Ya hasta crearon el “cementerio de zapatos”, como le llaman a una habitación en la que guardan al menos 200 pares que nunca fueron a buscar. Es por ello que ahora piden seña para asegurarse que vayan a retirar los encargues.

El zapatero tiene muchas anécdotas, aunque hay una que pasó hace bastante y aún la recuerda. “Una vez una mujer trajo a arreglar una campera porque estaba rota, tenía un bolsillo interno con mucha plata que guardaba el esposo sin avisarle así que al rato vino desesperado a buscarla”, contó. También, una gran cantidad de veces hallaron dinero en los zapatos, principalmente en las botas largas que mujeres usaban de escondite y después se olvidaban.

Así, entre un centenar de zapatos, pocas zapatillas y algunos bolsos y carteras, que también arregla, pasa sus días José cuyo trabajo cada tanto es interrumpido por alguna anciana vecina de años que pasa y se queda a conversar. El calzado ya no está sólo en la escalera, sino que también ocupa dos habitaciones, una es el cementerio de zapatos, mientras que, en la otra tiene la máquina de coser que utiliza diariamente. “Mi casa parece un taller, hay zapatos por todos lados”, cierra.

Foto: Sergio Leiva / DIARIO HUARPE.

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