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Mons. Jorge Lozano

POR Mons. Jorge Lozano SEGUIR
29 de diciembre de 2019

29 de diciembre de 2019

En estas semanas he recibido muchas tarjetas de navideñas, por correo postal unas y por las redes sociales otras, que intentan reflejar algún aspecto de la grandeza del contenido navideño. La mayoría centraban la atención en la Sagrada Familia de Jesús, María y José en la noche del Nacimiento del Niño Dios. En algunas se sumaban los Pastores sorprendidos por la alegría, y no faltaban los sabios venidos de lejos (los Reyes Magos) trayendo obsequios y adorando al recién nacido.

Hubo además un par de saludos navideños que reflejaron la situación de la huida a Egipto.

Herodes, ante la noticia del nacimiento de un rey, tiene miedo de perder el poder y desata una violencia irracional ordenando matar a todos los niños nacidos en los últimos dos años. (Mt. 2, 16) ¡Cuánta violencia! ¡Cuánto ensañamiento! El relato muestra la ambición de poder del corazón humano enfermo de deseos de dominación y prepotencia.

Nos cuenta el Evangelio que “el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: ‘Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo’. José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto”. (Mt. 2, 13-14)

Contemplemos e imaginemos ese momento. Pocos días habían pasado del largo camino de Nazareth a Belén. También escaso fue el tiempo de estadía en esa cueva del nacimiento que significó como el consuelo de Dios… y ya había que salir escapando del poder y la violencia.

Un viaje “no programado” con tiempo suficiente como para prever lo necesario.

La frontera con Egipto estaba a unos 125 km de Belén y desde allí lo que hiciera falta recorrer para llegar a otro poblado. Tal vez el oro ofrecido por los magos les ayudó a costear algunos gastos. La huida era urgente. Tuvieron que partir de noche, sin descansar lo suficiente. Salieron a un camino amenazante e incierto. Sin un mapa, sin indicaciones precisas. Sin seguridades más que la confianza que da la fe y la misión.    

Al llegar tuvieron que convivir con un pueblo que hablaba otro idioma, una cultura diversa, otra religión. Es probable que se hayan encontrado con otros judíos también escapados de su patria. Imaginamos también las dificultades para conseguir trabajo, un lugar para vivir…

Se me vienen a la mente imágenes muy recientes de familias migrantes con sus niños en brazos, expulsadas de su tierra por razones políticas, religiosas, étnicas, o desastres ecológicos. En cualquiera de ellas está la Sagrada Familia de Nazareth vagando en busca de un refugio y condiciones de vida digna.

Jesús, José y María recorren el camino de los pobres que andan a la intemperie y el desamparo. Dios envió a su Hijo a un pueblo marginal y compartió la suerte de los humildes y desheredados. El sueño de una Patria que acoja está lejos. Las condiciones mínimas para una vida en paz no están a la alcance de ellos en este tiempo. Hay que salvar al Niño, protegerlo del odio y el rencor, de la muerte que lo busca.

Este domingo celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia y proclamamos el Evangelio de la Huida a Egipto (Mt 2, 13-15. 19-23) que nos muestra esta condición de fragilidad que experimentó Jesús ya desde sus primeros días de vida.

El próximo miércoles comenzamos un nuevo año y, como cada 1 de enero, se celebra la Jornada Mundial de la Paz. El título del mensaje de Francisco para esta oportunidad es “La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica”. Te invito a leerlo y reflexionarlo*.

La paz es un don valioso que se alcanza con esfuerzo constante; por eso se vincula con la esperanza que “es la virtud que nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso cuando los obstáculos parecen insuperables”. (Francisco).

Te deseo que empieces un muy buen año 2020.

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