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Puto mercado y puta sobremodernidad

Miguel Montoya Jamed

POR Miguel Montoya Jamed
11 de febrero de 2021

11 de febrero de 2021

¡Hasta donde llega el positivismo!  Esencia de este sistema de convivencia en el que estamos… y estaremos. La soberbia y la indiferencia le son inherentes, son fundantes de su muestreo existencial, y el exhibicionismo define a su cotidianeidad. Donde luce más absurdo y grotesco es en los horarios de la televisión, donde hombres y mujeres “del ambiente artístico” comen en mesas “bien servidas” por sirvientes “bien vestidos”, que cuando les llevan los platos a la mesa recitan el menú en francés o anuncian los bichos que se van a comer, que la mayoría de los voyeurs, desde sus casas, con otros tonos de mantel, nunca habían escuchado nombrar.  

Esto es sólo “un detalle” del puto capitalismo en que vivimos. Y a esa hora, tal vez, haya televisores encendidos, para entretener en los comedores de los infelices que hace este sistema de convivencia, y que les hace hacer cola por un plato de arroz o de fideos, tal vez con algún “hueso blanco” en el plato, para que al menos les manifieste algunas aureolas de grasa, que se combinan… aunque no llenen, pero entretrienen. Los cocineros, en la televisión, son más requeridos que los actores y actrices que hacen ficción. Bueno, lo que hacen esos personajes no es ficción, para el mundo en que se tienden las mesas del “bon appetit”. A los pobres que comen en “los piletones” o en cualquier merendero o comedor de la desgracia, nadie les dice provecho… ¡que le va a ser provecho a un hombre o a una mujer ir todos los días a pedir de limosna un plato de comida!. En mi pueblo y en otros tantos un objeto esencial en las mesas del desayuno, del almuerzo y de la cena, es el pan.

Los pobres comen mucho pan para saciarse, ese elemento es indispensable en la mesa de los que menos tienen, de los que no hacen la carta para el almuerzo ni la cena. De niño, la mamá de un amigo, a media mañana nos hacía unas rebanadas de pan casero fritas, era una delicia que esperábamos. Y para no desperdiciar lo que sobraba, un postre especial es aquel budín de pan mojado en leche, que debía ser generoso para que no tuviese reclamos. Paul Feyerabend, es un Filósofo austriaco, Epistemólogo, que muere luchando sólo contra el cientificismo, proclamando que la Ciencia no debe ser la única reina. Él decía: “No hay ciencias, hay humanidades”.

Feyerabend, lucha contra el totalitarismo de la ciencia. Pero el pensamiento calculador que obnubila al Hombre y que es el único que practica, para darle relevancia a su propuesta de desarraigo, y de vulneración de las Subjetividades, promociona hasta como entretenimiento, consignas, propuestas, novedades de la Ciencia. Por televisión, en programas para niños, en programas para adultos que admiren y que necesiten un “aire de cultos”. Hay canales que sólo hablan de ciencia…  “esa bendición que nos ampara”, “los científicos no son como los hombres y las mujeres” que no habitan los laboratorios. Una ´publicidad de mierda para debilitar las Subjetividades. Entonces desde cerca, en esos escenarios que levantan los famosos, hay una comunidad de cocineros y científicos que hacen la televisión, que tiene en los hogares, para conjurar la soledad, encendido el día y encendida la noche, ahí está “la verdad”, ahí, en sus guardapolvos y en sus delantales tienen la receta de la felicidad.

Y Feyerabend, sigue diciendo: “La ciencia es fundamentalmente una interpretación del Mundo”. Y dice, que “la Ciencia es una tradición entre muchas”. Se me ocurre preguntarte: ¿has visto curar “el empacho” o “la ojeadura”, en tu vecindario? Ahora aquellos dos “tipos” de “indispensables” elegidos están muy próximos, la Ciencia le tiende un mantel de fino tejido a la cocina y los cocineros lo arrastran hasta la mesa de los pobres, hasta aquella mesa que necesita mucho pan. Y los cocineros, aun, con sus gorros vistosos, pueden y deben medir como un químico en su laboratorio y señalar tensiones y fuerzas como lo hace un físico, en el suyo. Y después, con un entusiasmo contra el mal, arrastraron el mantel hasta la mesa del pobrerío y le hacen una cuidada locución del “pan con masa madre”… un nuevo pan… otro pan.

El que no lo comió, ya sabe lo que es. En mi casa y en las casas de mis vecinos, cuando compraban “pan francés” era una particularidad de la semana. En cada casa se amasaba. Una bateíta de madera, un horno de adobes que se cargaba con los sarmientos de la poda y después de calentarlo lo barrían con una escoba de pichanas o de bolsa arpillera mojada. Ese era un ritual de cada semana. Una semana duraba el amasijo de cinco kilos de harina. Y la levadura, se hacía con “un pancito” (obviamente, sin hornear), que se guardaba en un plato, rociado con harina, en el aparador, para el próximo amasijo, “levadura casera”. Eso no estaba en los diarios ni en la incipiente televisión en blanco y negro, que sólo se encendía después de media tarde. “Pan casero, hecho con levadura casera”.

Ni mi madre ni las vecinas sabían dónde quedaban los laboratorios de los estudiosos. Ahora los cocineros, debajo del mantel con que los cobijó la ciencia, tal vez para que los adoren en la televisión, hacen, “pan con masa madre”. Entre sus utensilios llevan un libro de “Babor Ibarz”, para sus explicaciones de química y alguno de Física cuántica, por si no se les levanta la masa. Escuché a uno de estos “especialistas” contar que estuvo estudiando en Bélgica en la biblioteca de masa madre,… ¡la mierda!, pensé, ¡que rebanas de pan fritos que se comerán esos gringos!, supongo que con el calculado cuidado de no mancharse el guardapolvo, claro. Y luego, con alguna, seguramente importada, estrategia pedagógica dio la receta, para la audiencia que esperábamos. “Tres, dos, uno”… la clave más sencilla, para echar el agua y la harina en el fuentón, (me hizo acordar de aquel: cinco por uno, no va a quedar ninguno… la revolución estaba cerca… por una sociedad mejor)  después, aconsejó “sal del Himalaya”… después bajó del atril, y dijo que si no tenían, podría ser de la que les dan en el bolsón municipal. Habló de la magia de la “autolisis”, sin recomendar algún diccionario de la lengua… ¡la puta!, como no…. si estuvo en la “Biblioteca belga de la masa madre”… ¿dónde irían, a leer, estos tipos si tuviesen curiosidad por los sueños, o por el Inconsciente… o por la soledad que tienen los triángulos esféricos, o el origen del dolor de muelas, o la sexualidad de las Ecuaciones Diferenciales?

¿Quién mierda les dijo que hay que abrigarse con el supuesto, “tejido fino” de la ciencia para hacer un pan, una tortilla o un tomaticán como lo hacían mis vecinos?

Puto mercado y puta sobremodernidad.

 

                                                                                            

                                                                                             Por Miguel Montoya Jamed

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