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Detox digital: la estrategia para tratar la ansiedad adolescente por las pantallas
Lejos de la prohibición absoluta, se trata de un trabajo consensuado que busca que los chicos registren el malestar que les generan las pantallas y aprendan a convivir con ellas sin que la tecnología domine sus vidas.
POR REDACCIÓN
Desde hace unos meses, cerca de las siete de la tarde, Lola, de 17 años, deja el celular en un cajón de la cocina. No lo apaga ni lo silencia. Simplemente lo guarda. "Si lo tengo cerca, lo miro. Aunque no tenga nada. Es como un reflejo", explica. Hace seis meses, en medio de una crisis de ansiedad que la llevó a iniciar una terapia, su psicóloga le propuso un desafío concreto: reducir el uso del teléfono a una hora diaria. "Me dijo que probara como si fuera un experimento, que registrara qué me pasaba", recuerda. Al principio fue un infierno. Sentía que se perdía de algo todo el tiempo, que sus amigas organizarían planes sin que ella se enterara o que subirían historias a las redes sin que pudiera reaccionar. Pero algo cambió con los días. A la semana estaba más tranquila, dormía mejor y, cuando volvía a entrar a las aplicaciones, descubría que no había ocurrido nada tan importante. Hoy utiliza el teléfono con más libertad, aunque se autoimpuso no superar las tres horas diarias, una meta que no siempre logra cumplir pero que se ha convertido en uno de los primeros temas que conversa con su terapeuta en cada sesión.
El celular como parte activa de la terapia
Escenas como esta se repiten con frecuencia creciente en los consultorios de salud mental. Los especialistas confirman que el vínculo entre pantallas, redes sociales y adolescentes dejó de ser una preocupación exclusiva de los padres para instalarse en congresos científicos y debates públicos. Aprender a limitar el uso del teléfono, pautar horarios, dejarlo fuera de la habitación o desinstalar aquellas aplicaciones que los propios chicos identifican como nocivas forma parte, hoy, de muchas estrategias terapéuticas. La psiquiatra infantojuvenil Juana Poulisis explica que se trata de un trabajo consensuado. Salvo en casos muy extremos, no se opta por sacar o prohibir, sino por hacer un trabajo reflexivo, autocrítico, de autoregreso sobre lo que genera todo lo que está en el celular. Y observa que en los adolescentes hay una actitud más permeable, como si identificaran el daño que les producen todas esas horas de exposición a las pantallas.
Pantallas que enferman
Liliana Mato, psiquiatra y psicoanalista, autora del libro Anorexias y bulimias. Clínica del desamor y presidenta honoraria del capítulo Trastornos de la Alimentación de la Asociación de Psiquiatras de Argentina (APSA), señala que el tema se viene abordando con mucha preocupación en los últimos encuentros académicos. Presentó un trabajo en el último Congreso Argentino de Psiquiatría y afirma que existen investigaciones internacionales que dan cuenta de que las pantallas son generadoras de trastornos de la alimentación, ansiedad y otros cuadros. No es solo una opinión, aclara. Explica que las redes, las pantallas, las series, los juegos y las plataformas generan adicciones comportamentales. No son a sustancias, pero a nivel psicológico y neurobiológico se comportan de manera parecida. Estimulan ciertos centros cerebrales que generan alivio y se asemejan a las toxicomanías. En su práctica clínica observa que cuando un adolescente ya cursa un trastorno de la alimentación o un cuadro de ansiedad, el abordaje debe intensificarse e incluir a la familia. Allí, las redes pueden convertirse en un amplificador de síntomas.
Sin embargo, Mato no está a favor de la prohibición del celular, sino de acompañar al adolescente a hacer un registro. Comparte la idea de que hay que aprender y enseñar a usarlo. Una prohibición tajante no sirve. Lo importante es que el adolescente registre la ansiedad que le produce. El trabajo, explica, es elaborativo y crítico, se trata de poder pensar qué les pasa con las pantallas. No es lo mismo el sueño si están enganchados con una serie que si se quedan leyendo un libro. Pero para esto, advierte, los adultos también tienen que repensar la forma en que usan la tecnología.
En el caso de los trastornos de la alimentación, la conexión con las redes adquiere un matiz particular. En situaciones extremas puede indicarse una suspensión temporal, pero siempre como medida de autoprotección y no como una prohibición. El trastorno es la punta de un iceberg de algo más profundo. En el fondo hay una enorme necesidad de ser aceptado por los otros, una gran necesidad de amor y aceptación. Y las redes amplifican la idea de que para que eso ocurra hay que tener un cuerpo hegemónico.
Medidas concretas y pequeños experimentos
Poulisis coincide en la necesidad de matices. No se suspenden las pantallas, sino que se acota su uso. Cuando el paciente tiene un trastorno de ansiedad muy severo, problemas de sueño o de imagen corporal, se trata de que se saque determinadas cuentas, como Instagram o TikTok. Esto está consensuado. Una indicación de prohibición sin acompañamiento, en un adolescente de 17 años, no va a funcionar.
Describe medidas concretas. En la higiene del sueño, el celular se deja afuera de la habitación. Pero esto se conversa, se trabaja con los adolescentes y con los padres. Y con los más chicos, se trata de posponer lo máximo posible la llegada del primer celular. También plantea pequeños experimentos familiares, como preguntar qué pasaría si dos días dejan el celular a la noche y toman un libro. Una especie de laboratorio en el que los adultos tienen que empezar primero.
En contextos más graves, el encuadre cambia. Cuando se está frente a una patología complicada de abuso de pantallas con comorbilidades psiquiátricas, se hace detox con una indicación fuerte. Incluso en una internación psiquiátrica, se saca el celular la primera semana y después se habilita una hora. La pertenencia digital, advierte, impacta en la psiquis. Pertenecer o no pertenecer. Si todos están conectados a las dos de la mañana y a uno no lo incluyeron en el grupo, es complicado.
La patología de base
Débora Blanca, psicóloga especializada en ludopatía y tecnoadicciones y directora de Lazos en Juego, aporta otra mirada. Aunque no se trate de una adicción a una sustancia, cuando hay un consumo problemático los pacientes tienen que desintoxicarse. Es un tratamiento con el o la adolescente y con la familia. Pero subraya una precaución: hay que atender el diagnóstico que está debajo de la adicción. Antes de sacar el celular, es necesario conocer la patología de base, porque hay cuadros que reaccionan positivamente ante la abstinencia y otros que pueden descompensarse.
En casos de ludopatía, por ejemplo, el dispositivo familiar es central. Se pide que la familia maneje el dinero, que haga la autoexclusión. Los pacientes van a sentir abstinencia, ansiedad los primeros días. Pero después se sienten más calmos, vuelven a ver a sus amigos, a jugar al fútbol, a sentarse a comer con la familia. Al apagar las pantallas se recupera lo vital, pero siempre de la mano de un tratamiento.
Entrenar la regulación, no apagar
Desde la psicología cognitivo conductual y la neuropsicología, Diego Herrera, director de DMH Salud Mental & EICC, propone un abordaje diferente. Explica que hoy un celular tiene aproximadamente unas setenta aplicaciones y los estímulos que generan son constantes, porque demandan respuestas instantáneas. Hay que tener en cuenta que en la adolescencia existe una baja tolerancia a la incertidumbre. Las aplicaciones interfieren en las tareas cotidianas saturando los módulos de memoria de trabajo verbal y visual. Esa saturación no permite la codificación, el almacenamiento y la recuperación de información, que son los procesos de memoria necesarios para poder estudiar, evocar información ya almacenada, recordar. Esto genera olvidos, problemas atencionales y dificultades a la hora de planificar y organizar.
El abordaje con el que trabaja no implica la suspensión o el cese del uso de celulares, sino el entrenamiento en la regulación. Es importante estimular las funciones ejecutivas, que tienen que ver con la planificación, la flexibilidad y el control impulsivo verbal y motor en los adolescentes. Recuerda que en los adolescentes las rutas dopaminérgicas vinculadas al control inhibitorio no están desarrolladas, ya que maduran cerca de los 28 años. Por eso son más vulnerables. Es una edad en la que es importante entrenar la regulación. Si, en cambio, se saca el celular, no se les enseña a usarlo responsablemente.
Propone una analogía: es como si fuera el volumen de una radio. La idea no es que se apague o se prenda, que se aprenda al máximo o se apague, sino que se varíe el volumen. Por ejemplo, se establecen tiempos de uso. Trabaja mucho con adolescentes a los que les cuesta estudiar para que utilicen aplicaciones donde se bloquea y se desbloquea a determinado horario. Esto funciona como refuerzo positivo, es decir, premio o gratificación. Que lo puedan utilizar después de estudiar. Esto genera estímulos visuales verbales. Después de estudiar, a determinado tiempo, utilizan el celular diez minutos. Después dejan el celular y vuelven a estudiar y focalizar la atención veinte minutos. Esto se llama método Pomodoro: focalizar la atención en determinados estímulos, por ejemplo la lectura, y luego distender con otro tipo de estímulos más visuales, como el celular. Esto ha demostrado mayor eficacia que la suspensión del equipo, porque los adolescentes entrenan así habilidades para regularse. De esa manera se entrenan las funciones ejecutivas.